Educación y ejemplo

Lo cotidiano no cesa de movernos a la perplejidad aunque sea en espacios tan poco relevantes para la existencia humana como el apasionado mundo del fútbol. Reconocía un entrenador de las categorías inferiores de un laureadísimo equipo de primera división que hoy su función no consiste solo en enseñar a jugar al balón, sino también a ejercer una tutela a mitad de camino entre la paternidad y el magisterio. Explicaba que actualmente son muchos los chicos que, en lugar de motivarse y centrarse con el enorme sacrificio y la dedicación constante necesarios para alcanzar su sueño, suelen, en cambio, estar más fascinados con firmar algún día el gran contrato profesional de sus vidas. Y ya desde chavalines tratan de imitar a las estrellas del balompié imaginando ser propietarios de flamantes automóviles deportivos o reproduciendo en sus propias carnes un variadísimo sinfín de tatuajes. Lo triste, se lamentaba el entrenador, es que al advertir a los padres de esa desafortunada tendencia a la emulación por parte de los hijos, aquellos respondían enérgicamente: Tú dedícate a entrenar, haz de mi hijo un perfecto futbolista y olvídate de lo demás.  

El déficit de enseñanza y educación que padecen actualmente la escuela y la familia se ve agravado, en ocasiones fatalmente, con pésimos ejemplos que abundan en la sociedad. Los referentes sociales en ámbitos como el deporte o la música pop ejercen una enorme influencia sobre la infancia y la adolescencia condicionando sus actitudes y preferencias. Recientemente, al obtener uno de los más prestigiosos galardones del universo futbolístico, un magnífico jugador ha manifestado con sorprendente inmodestia: “no veo a nadie mejor que yo. No hay un jugador más completo que yo. Soy el mejor jugador de la historia, tanto en los buenos como en los malos momentos”. Palabras que en boca de un comentarista del fútbol hubieran sonado acertadísimas y merecidísimas pues el homenajeado practica dicho deporte de forma sobresaliente. Pero la acumulación de dosis excesivas de vanidad, jactancia y engreimiento en un magnífico futbolista siempre resultará letal en la cabeza y el corazón de un niño. Y es que la ley de la gravedad afecta también a los astros del esférico. Está escrito en El Quijote: Llaneza muchacho, no te encumbres.

Educación y familia

La Subcomisión para el Pacto Social y Político por la Educación creada en el Congreso de los Diputados al iniciarse la legislatura ha concluido su período de audiencia. Por ella han desfilado profesionales, expertos y representantes de la comunidad educativa aportando sus opiniones y visiones sobre la enseñanza. Se dispone ahora a elaborar un documento que enviará al Gobierno y a partir de ahí se gestará una nueva Ley de Educación. Entre los distintos Grupos parlamentarios hay cuestiones muy controvertidas sobre las cuales las opiniones son muy diferentes; la enseñanza concertada, la presencia de la religión en las aulas, el castellano como lengua vehicular en el sistema educativo, la distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas o el derecho de los padres a la educación de los hijos provocarán relevantes discusiones parlamentarias.

Un sólido sistema educativo debe estar al margen de visiones partidistas. En una sociedad, la formación de hombres de porvenir debe permanecer a cubierto de los delirios ideológicos con los riesgos que entrañan: adoctrinamiento, contenidos sesgados o manipulación de la realidad que tan funestos y trágicos perjuicios han causado a la humanidad. Inevitablemente, toda la vida humana es tanto más insegura e incierta cuanto más se la hace depender de los caprichos de la vida política. Quienes en nombre del progreso propugnan una creciente intervención del Estado en la vida del hombre están consiguiendo ciertamente que nadie tenga la menor sensación de seguridad. Si se destruye dicha sensación se destruye también la vida del propio individuo y en mayor grado la de la familia.

Como advirtió el sociólogo Pierre Bourdieu la escuela no puede ser una reproducción de las creencias de la clase que ostenta el poder. Eso la convierte en un espacio de beligerancia y no de neutralidad. Y lo que es más grave, vulnera el derecho de los padres a dar a sus hijos una educación acorde con sus creencias. No se puede prescindir de la familia en la educación de los hijos. Debe favorecerse el acercamiento de los padres a la vida de los centros. No resulta razonable una escuela regida por la costumbre de separar al individuo de la familia. La escuela debiera concebirse como una cierta prolongación del hogar y no como una institución estatal en donde los niños no son instruidos por representantes de los padres y en lo que los padres quieren que sean instruidos, sino por agentes del Estado que les enseñan lo que al Estado interesa para hacer de ellos buenos ciudadanos y trabajadores productivos.

Educación en ciencia, no en conciencia.

En su novela Vida y destino, Vasili Grossman pone en boca de unos de sus personajes lo siguiente: antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia siente una alegría inmensa.

El derecho a educar a los hijos es de los padres, de la familia. Lo reconoce nuestra Constitución en su artículo 27 y es una exigencia del Derecho internacional y del Derecho natural. Ciertas ideologías son partidarias de erigir la descarada figura del Estado docente permitiendo a éste imponer su criterio y su doctrina en cuestiones morales y en asuntos más propios de la conciencia que de la ciencia, como si fuera un salvador para el cuerpo social. El resultado es el adoctrinamiento en las aulas, es decir, una clara intromisión ideológica en espacios propios de la personalidad provocando una usurpación de funciones estrictamente parentales. Se arrolla así el principio de subsidiariedad, al invadir un ente superior la esfera de acción de otro inferior. Pero lo más grave es que con las enseñanzas y contenidos impartidos se estaría vulnerando el derecho a la libertad de conciencia de los padres y del hijo en su condición de estudiante.

¿Quién es el Estado: una instancia neutral, objetiva, imparcial en lo ideológico y en lo filosófico, o un partido político o, acaso, una corriente de pensamiento que difunde su propia cosmovisión de la vida? Si el Estado es neutral nada hay de malo en establecer una asignatura que enseñe valores cívicos propios de las sociedades democráticas respetando la libertad y la dignidad de quien piensa de modo diferente. Pero cuando el Estado no es neutral, sino que persigue imponer sus propios puntos de vista, nos encontramos ante un Estado totalitario. Es entonces legítima la defensa de las libertades de educación y de conciencia contra formas abusivas de adoctrinamiento más que de conocimiento, impidiendo el monopolio e imposición de la enseñanza por una autoridad estatal. ¿De qué sirve declarar que el domicilio físico o geográfico de una persona es inviolable, si la conciencia, su domicilio espiritual o moral, no lo es?

Educación libre de odio

Si quien desea educar pretende hacerlo sembrando odios y discordias, entonces no habrá educación posible. Tampoco existirá sociedad libre. Educar tiene algo de solidario, acaso de caridad entendida como amor y entrega; enseñar al que no sabe es un acto de dedicación y ofrecimiento hacia los demás. Compartir el saber y la verdad con el otro, no la ignorancia ni la mentira, es la mejor forma de extinguir resentimientos y animadversión entre los hombres y no enturbiar la convivencia.

Con motivo de los atentados terroristas del yihadismo islámico en Barcelona y Cambrils, el consejero de Interior del gobierno autonómico de Cataluña, Joaquín Forn, ha diferenciado en sus extravagantes declaraciones entre víctimas catalanas y víctimas de nacionalidad española. Este impertinente gesto es un síntoma que denota la presencia de una enfermedad mayor: una política rencorosa hacia la idea de España, que como una infección social, se propaga a la educación y a la cultura ideologizándolas y, por tanto, manipulándolas para ser impuestas a los catalanes. Y en un clima hostil y de ofuscación como ese, en donde las aulas se han convertido en instrumentos ideológicos, no puede germinar ni la educación ni la cultura.

Recabar la singularidad y el reconocimiento de lo propio es uno de los mayores embrujos que ha hechizado a los nacionalismos y, en especial, a los movimientos independentistas que anidan en España. Los partidarios, tanto del separatismo vasco como del catalán, siempre han experimentado un pueril regodeo con sus alborotadores intentos de rivalizar contra lo hispánico dentro del hogar común que nos acoge.

Las manipuladoras palabras del político catalán pertenecen al mismo lenguaje vengativo y de permanente desquite que ya emplearon los nacionalistas vascos en el exilio cuando en noviembre de 1949 tuvo lugar el trágico naufragio del vapor español Monte Gurugú frente a las costas británicas del Condado de Devon. En un chocante panfleto publicado por los separatistas al recogerse la lista de los fallecidos en el siniestro se decía así: “El tercer maquinista, don Juan Ibarrarán, de Guernica, de 49 años, casado; los agregados don Javier Gladis, de Bilbao, de 21 años, soltero, y don Sabino Zubieta Aldámiz, de Elanchove, de 20 años, soltero y dos fogoneros y dos marineros de Galicia y de Canarias”.

Al desposeer a las víctimas no vascas del derecho a una filiación, el humillante y cicatero texto venía a certificar la existencia de muertos de tercera. Y es que el odio contra lo español no respeta ni siquiera la demoledora igualdad que implacablemente asigna la muerte. Una muestra más de mala educación.

Rigor y vigor en la educación

En la educación no hay que conformarse con lo bueno cuando se puede alcanzar lo mejor. Aquí radica la clave de la excelencia. A la excelencia se llega mediante la disciplina y el esfuerzo. La mejora y la perfección se obtienen con tenacidad y constancia. En el proceso de aprendizaje ha de imperar el rigor y no la condescendencia; la exigencia y no el conformismo.

Hay padres empeñados en alejar a sus hijos de las dificultades y de los obstáculos. Gran error, porque si los maleducan mimándolos mientras son niños, cuando de adultos se topen con la adversidad difícilmente estarán preparados para afrontarla y superarla. Terminarán convertidos en personas inmaduras y dependientes en lugar de responsables y autosuficientes. El presidente de la Federación Alemana de Profesores, Josef Kraus, ha acuñado el concepto de pedagogía peluche, para referirse a ese modelo de enseñanza que mantiene entre algodones a los alumnos evitándoles escollos y problemas; y se refiere con el término de padres helicópteros, a esos progenitores siempre prestos a rescatar a sus hijos cuando se hallan en apuros.

Lo más nefasto del error es la persistencia en el mismo. Eso es lo que se vislumbra en el nuevo, pero ya viejo, sistema educativo de nuestra nación que propugna la poda de cualquier atisbo de exigencia académica en aras de un extraviado pacto de Estado en materia educativa. A la desaparición de las pruebas de reválida, justificada en el equivocado principio de que la escuela ha de ser una reunión de iguales (principio que se quiebra cuando se objeta: iguales como personas, pero no como estudiantes), se añade ahora la permisividad de aprobar la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO), suspendiendo dos asignaturas y con una nota media inferior al cinco. Lo que supone abocar a las aulas del Bachillerato a un acentuado desnivel de conocimientos y formación. Si vinculamos este hecho con el informe PISA, que indica que el 22% de los alumnos españoles de 15 años está más de seis horas diarias en internet tras salir del colegio, concluimos que el vigor y el rigor están ausentes en la escuela y en los hogares españoles.

El sacrificio de la educación

Educar cuesta. Esfuerzo y dinero. Dedicación y entrega en quien enseña y en quien aprende; gastos y recursos a cargo del erario público, de la iniciativa privada y, por supuesto, de las economías domésticas y familiares. Sí, la educación entraña sacrificios. Desde que un hijo llega al mundo, el fin principal de los padres es procurarle una buena educación. A ese logro, los progenitores dirigen sin excusas ni perdón todas sus energías, convencidos de que es la educación, más que la naturaleza, la causa de la gran diferencia que se advierte en los caracteres y conductas humanas.

El progreso educativo implica un trabajo constante por parte de quien pretende avanzar con diligencia y esmero. Aprender es una actividad grata y de resultados igualmente gratos, pero es, a la vez, una tarea costosa y voluntariosa por su perseverancia y tenacidad. Un estudiante sacrifica el descanso o la diversión en aras del estudio. Pero cuando obtiene el jugoso fruto de su esfuerzo se ve compensado de sus renuncias y desvelos y recompensado por su tesón y empeño. Se convierte, así, en un alumno aventajado, objeto de un merecido reconocimiento; en un estudiante brillante que goza de calificaciones notables y sobresalientes.

Pero la buena educación no es solo ser un “grande” dentro del aula, entre pupitres y pizarras; Exige también ser grande fuera de ella, en el patio escolar, en las pistas deportivas; en suma, en el exterior de la escuela, en la calle. Y ser de los grandes es un don de Dios que no debe subirse a la cabeza, sino más bien impulsar a la modestia y a la virtud. Recientemente, ha saltado a los medios de comunicación la insólita noticia protagonizada por el director de un colegio madrileño que decidió retirar de la competición a su propio equipo de baloncesto porque los integrantes de éste insultaron y menospreciaron a través de las redes sociales a sus rivales, tras haberlos derrotado. Inmensa y admirable lección de respeto y humildad la que recibieron los colegiales a cambio de ver sacrificadas sus expectativas de triunfo en el campeonato. Una enseñanza obtenida, no precisamente sobre las clásicas disciplinas que se imparten en las aulas, sino sobre excelsos valores y virtudes señeras. Una notable victoria del sentido común. Porque el verdadero fracaso no es la derrota, sino el no saber ganar

La auctoritas de la educación

El maestro es la clave del arco del sistema educativo. Este se derrumba si la figura del maestro se debilita. La piedra angular del aula se está agrietando y amenaza ruina. Su solidez, su autoridad, su dignidad como docente se está perdiendo. Cuando falta el buen profesor, difícilmente sobresalen los buenos alumnos. El buen profesor no es aquél que sabe mucho, sino aquél que sabe enseñar y, además, lo hace contagiando en el alumno la pasión por aprender y la curiosidad por saber.

Hay quienes sostienen que la falta de autoridad en la escuela tiene origen en la falta de autoridad en el hogar y en la familia. Massimo Recalcati, autor de La hora de clase (Editorial Anagrama), explica que el pacto generacional entre docentes y padres se ha roto. El maestro como extensión de la paternidad en el aula suponía una soldadura de la alianza entre generaciones. Hoy, los padres se han aliado con los hijos y han abdicado de sus responsabilidades como padres. Son los profesores, quienes a veces humillados y en la soledad más absoluta, están haciendo de padres de los alumnos. La nueva alianza entre padres e hijos desactiva, según Recalcati, toda función educativa por parte de los adultos, que en vez de apoyar el trabajo del profesorado, se han convertido en sindicalistas de sus propios hijos. Con el fin de asegurar a éstos una vida sin traumas, fácil y exitosa, los padres exigen la abolición del obstáculo y de la dificultad que ponen a prueba a sus hijos. Denuncian la carga excesiva de deberes, culpan a los profesores de los fallos de los alumnos y ven en las sanciones e, incluso, en los suspensos ramalazos de autoritarismo, justificando su reclamación ante el claustro. Los padres, absorbidos por un falso igualitarismo, se confunden con sus hijos y acaban por aislar al cuerpo docente.

Hubo un tiempo en que se hacía el silencio en clase cuando un profesor asomaba por la puerta. La auctoritas de la educación se está disolviendo. Hoy no se tolera el fracaso como tampoco se tolera el pensamiento crítico. El uso masivo de la tecnología permite sin esfuerzo la adquisición de un saber siempre disponible de inmediato. ¿Hay reacción? Sí, la profesora del Instituto sevillano Isidro Arcenegui en Marchena, Eva Romero Valderas, ha dicho que está harta de aguantar la mala educación con la que llegan, cada vez en mayor porcentaje, los niños al Instituto; harta de la falta de consideración hacia su persona cuando entra en las clases, harta del proteccionismo de los padres, que quieren que sus hijos aprueben sin esfuerzo y sin sufrir, harta, en fin, de la falta de valoración del esfuerzo que sí hacen los maestros. Eva, que se llama como la primera mujer de la Humanidad, ha sido la primera profesora en rebelarse públicamente contra el actual estado de la enseñanza. A mí me gusta enseñar y transmitir. Me gusta el trato con los alumnos, los quiero y animo. Me considero un motor social de cambio, una fuerza generatriz. No soy un burro de carga dispuesto a aguantar hasta que reviente. De sus palabras se desprende la auctoritas de la educación. ¡ Salvémosla !

La educación y el cambio

En los azarosos tiempos que corren la palabra cambio ha adquirido valor de concepto talismán. Revestida con ropajes de ídolo ejerce una aparatosa fascinación sutilmente aprovechada por el universo de la propaganda tanto política como comercial. Cambio es poderosa voz atractiva y cuasi mágica que, enlazada a otra como progreso, pareciera contener la solución a todos los problemas humanos. La innovación es irresistible, el progreso es inevitable y la resistencia es inútil, postulaba The New York Times en un editorial. Pero no es así siempre, ni siquiera casi siempre. Sobre todo cuando se interpreta la novedad como ruptura expeditiva y total sin resquicio alguno para la graduación y la permanencia. Que el cambio y la continuidad no son incompatibles lo expresó con su habitual maestría el medievalista Jacques Le Goff: Los grandes acontecimientos históricos obedecen a una lógica muy singular: la continuidad y el cambio, si no hay continuidad, se fracasa; si no hay cambio, se muere de inanición.

Las sociedades requieren de cambios y transformaciones para progresar materialmente; pero también de principios sólidos de los que nutrirse para crecer moralmente. Principios perdurables, de siempre y en cualquier latitud geográfica: voluntad, tenacidad, esfuerzo y pasión por el buen hacer. Los cambios, antes que en las estructuras y procesos sociales, comienzan con una idea en la mente de una persona: el pionero, el emprendedor, el promotor, el precursor, el avanzado, el adelantado; el que es tachado por casi todos como loco, lunático, chalado, chiflado, grillado… Con el transcurrir del tiempo, la idea deja de ser percibida como ocurrencia y su autor pasa a ser reconocido como inventor, científico, descubridor, innovador, creador. Pronto, la fuerza y la eficacia de la idea se transmiten ampliamente por contagio, que no por adoctrinamiento ni por imposición, para acabar convertidas en ancha y universal corriente de pensamiento siendo base propicia para remplazar la duda por la afirmación y alumbrar una renovación histórica. Reconocimiento categórico de que en el origen está la inteligencia y la palabra, y no la acción. Según Indro Montanelli, este tipo de ideas brilla en la mente del hombre una vez cada tres siglos, siendo optimistas. Una idea así, la tuvo Cristóbal Colón, otra Copérnico, una tercera, acaso, Einstein. El italiano coincide con Alexis Carrel: jamás una obra de arte ha sido hecha por un comité de artistas ni un gran descubrimiento por un comité de sabios. La síntesis de que tenemos necesidad para el progreso del conocimiento de nosotros mismos debe elaborarse en un cerebro único.

Hoy quizás hayamos perdido la fe en esos cerebros únicos, en esas ideas claras y fuertemente amartilladas con que resolver los problemas que agobian a la Humanidad. Nunca ha sido más necesaria que en esta hora una educación que espolee el talento y la creatividad con su interesante rebullir de ideas, constantemente en movilidad y expansión, invariablemente generando y agitando el cambio.

El compromiso social de la Universidad

Hace un siglo, Ortega y Gasset en Misión de la Universidad identificó los dos retos que debía abordar la Universidad: Universalizarse, en el sentido de universalizar el saber, democratizarlo, a fin de que cualquiera pudiera acceder al conocimiento y a la ciencia. Este logro es hoy una realidad. Y su plenitud se ha alcanzado de la mano de las tecnologías digitales tanto de la información y la comunicación (TIC), como del aprendizaje y del conocimiento (TAC). Una persona dotada de un terminal digital puede acceder desde cualquier lugar del planeta a cursar los denominaos MOOC (Massive Online Open Courses = Cursos online masivos y abiertos).

El segundo reto de la Universidad según Ortega era el de actualizarse, lo que exigía que los campus universitarios fueran permeables a una realidad cambiante. A diferencia del primer reto, éste sigue aún pendiente. Hoy las Universidades parecen ser meros edificios en donde impartir cursos y otorgar títulos universitarios. Como foros de debate cultural y focos de investigación no logran relevantes repercusiones sociales. Son pocos los universitarios que, al concluir sus estudios, se convierten en verdaderos agentes de dinamización y transformación social. Pero ¿Cómo se actualiza la Universidad? Abriéndose a la realidad, introduciéndose en el contexto social, sumergiéndose en los grandes asuntos del día. Es decir, situándose en medio de la vida para poder alumbrar soluciones a los desafíos de la sociedad. Si la Universidad logra actualizarse vivirá la realidad y ésta vivirá de la Universidad.

Hasta ahora la Universidad ha funcionado como espacio de conocimiento y de ciencia. Sin dejar de serlo, debe actuar, además, como un ecosistema favorable para el emprendimiento y  la innovación social. Y en esta nueva misión debiera contar con un buen aliado como es la empresa, que ha demostrado en las últimas décadas una portentosa capacidad de adaptación a los cambios. La Universidad, así, volvería a recuperar su compromiso social, ejerciendo plenamente su doble misión: por un lado, formar profesionales eficaces, pero también íntegros y honestos (según el Informe Universidad-Empresa de la Fundación Everis, la honestidad y el compromiso ético de los graduados son las cualidades más valoradas por los empleadores), y por otro, contribuir al desarrollo y mejora del tejido social. Es ese su reto para el siglo XXI: Una Universidad que se transforma y, a la vez, transforma la sociedad. Buena manera de actualizarse y de ser permeable a la realidad.

Educación para elegir

Decía Baltasar Gracián que vivir es saber elegir. Y para ello se necesitan buen gusto y un juicio rectísimo no siendo suficientes el estudio y la inteligencia. Muchos, con su inteligencia rica y sutil, con un juicio riguroso, estudiosos y de cultura amena, se pierden cuando tienen que elegir. Siempre se casan con lo peor, tanto que parecen hacer ostentación de equivocarse. Por ello, saber elegir es uno de los máximos dones del cielo.

Un presupuesto imprescindible de la elección es el orden. Según el catedrático de Psiquiatría, Enrique Rojas, en su libro “5 consejos para potenciar la inteligencia” el orden empieza en la cabeza, y sin él es imposible ser feliz porque quien no sabe lo que quiere, no puede serlo. El orden como herramienta potenciadora de la inteligencia es un sedante, una fuente de placer, y precursor de la armonía en la vida de una persona. En su libro, Rojas distingue varias inteligencias desde la teórica hasta la práctica, pasando por la analítica, la sintética, la matemática o la emocional, hoy tan actual y debatida, y cuya ausencia, según el escritor, está causando una epidemia de inmaduros sentimentales a los que el compromiso les causa pánico.

La inteligencia emocional como competencia personal está siendo elevada excesivamente a una especie de categoría premium entre las cualidades o habilidades de la persona. Incluso, en el ámbito de la enseñanza se han implantado con cierto afán de supremacía métodos pedagógicos basados en la teoría de Howard Gardner sobre las inteligencias múltiples. Y a buen seguro que la inteligencia emocional es un valioso recurso no sólo en ámbito educativo, sino también en el laboral y, en general, en cualquier experiencia humana. Pero no arrinconemos el valor del conocimiento; no posterguemos el impulso que nos proporcionan la constancia, la voluntad o la disciplina, igualmente necesarias para la educación, para la formación y, en suma, para abordar cualquier reto vital.

Enseñar estimulando la inteligencia emocional o reforzando las inteligencias múltiples aporta beneficios, pero ello no puede hacerse en detrimento de los modelos tradicionales de enseñanza y aprendizaje ni haciendo tabla rasa de la exigencia y del esfuerzo por el saber. Sería como echar a la papelera al genio de Roma o la sabiduría de Atenas por no destilar gotas de novedad en una sociedad tan rabiosamente moderna. Siguiendo la máxima de Gracián, hay que saber elegir lo mejor de la tradición y lo mejor de la vanguardia.