Archivo por meses: noviembre 2015

El poder de la educación

“Cumplí los 29 años durante mi primer viaje a Etiopía, enfermo, con fiebre alta y diarrea. Aún no sabía que aquel sería mi hogar. Entonces yo era lo que llamaban ‘un abogado de éxito'”. Así arranca la primera página del viaje que llevó a un tipo con ‘la vida resuelta’, casa propia, BMW y reloj caro a abandonarlo todo y comenzar de cero en algún lugar de África.

Su nombre, Paco Moreno, autor del libro ‘Mi lugar en el mundo’, la novela autobiográfica ganadora del premio Feel Good que entregan la Obra social ‘La Caixa’ y Plataforma Editorial.

La primera vez que Moreno viajó a la tierra color ébano, lo hizo como voluntario. Mochila al hombro, marchó al país en el que nace el Nilo Azul. África se cruzó en su camino y nada volvió a ser lo mismo. “Por aquel entonces ganaba bastante dinero. Todo me iba viento en popa. Sentía que era un privilegiado y que tenía que hacer algo por los demás”, cuenta el escritor de la novela.

Y así fue. En 2005, después de varios aviones de ida y vuelta, Moreno fundó la ONG Amigos de Silva, una asociación que busca mejorar las condiciones de vida de las personas que habitan en países subdesarrollados y sensibilizar al primer mundo. “Realmente compensa. En los años que trabajé en España no di con nadie que mereciese la pena. En cambio, en Etiopía encuentro cada día gente maravillosa”, añade.

Los proyectos que Amigos de Silva tiene actualmente en marcha se desarrollan en la región de Afar, la más pobre y necesitada Etiopía. Allí, Moreno y su equipo trabajan en la construcción de hospitales y centros de salud, en proyectos nutricionales para los más pequeños, en la prevención de la malaria y en la creación de pozos de agua potable. “Nuestra meta es que los habitantes de estas tierras desérticas no tengan que recorrer kilómetros para beber agua. Entonces, tal vez puedan ir a la escuela. La educación es el único arma para escapar de la pobreza“.

Fuente: Diario El Mundo:

http://www.elmundo.es/vida-sana/2015/11/20/564df97346163f6c2c8b45a7.html

La fuerza de la voluntad

Un alumno inteligente llegará lejos. Uno voluntarioso llegará a donde se proponga. Nada se resiste ante una voluntad firme. Todo se doblega ante ella. La inteligencia es un grandioso talento que decrece y hasta desaparece si no se desarrolla ni vigoriza. Incurre en dispersión y acaba siendo algo estéril.

Dos inteligencias de igual alcance obtienen diferentes resultados según sea la voluntad que las dirige. Por ello, la capacidad intelectual depende enormemente de la fuerza de la voluntad; ésta fuerza se asienta en la decisión para emprender, en la resolución para ejecutar y en la perseverancia para llevar a término el camino emprendido. El dominio de la voluntad permite medir la cantidad y la calidad del esfuerzo, alentarlo en circunstancias de escasez y templarlo en momentos de abundancia.

Lo que empujó a Filípides a perseverar en su carrera anunciadora de victoria desde la llanura del Maratón hasta Atenas fue la fuerza de voluntad. Lo que sostuvo despierto a Rodrigo de Triana en lo alto de La Pinta permitiéndole avistar un nuevo Continente fue la fuerza de voluntad. Lo que propició que Henry Stanley culminara a orillas del Lago Tanganica una incansable búsqueda con aquella frase “Doctor Livingstone, me supongo”, fue la fuerza de voluntad. Y lo que facilitó que Amstrong pronunciara su histórica frase sobre la superficie lunar fue la fuerza de voluntad.

No hay educación posible sin la fuerza de la voluntad.

ALCALDESA Y POETISA SIN ENCANTO (La Razón 19 de Febrero de 2016)

A orillas del mar de la cultura, que es el Mediterráneo, se inició una solemnidad para el reconocimiento cultural y se concluyó con un atentado a la cultura. A la cultura occidental y cristiana. Contra ella embistieron aquellos totalitarismos, que hoy creíamos fenecidos, y que siempre han instalado su bárbara tiranía sobre las cenizas de la cultura humana. Alrededor de una pira de libros siempre terminan danzando unos borrachos con camisas pardas. Los artistas críticos con el Presidium desaparecen en furgones  negros conducidos por la KGB. Cuando a mediados del siglo pasado, Ikeda, director de cine japonés, abrió una escuela de actores en Kyoto, colocando en su frontispicio la leyenda “El arte y la moral caminan dándose la mano”, ignoraba el cineasta que en el siglo XXI aún quedarían por ahí algunos retrasados corifeos de aquella vieja teoría del arte independiente de la moral. Estos nuevos comunistas de laboratorio, bolcheviques-probetas, nos asaetean con iguales tópicos de antaño: ¡hay que crear una cultura alternativa y comprometida! ¡hay que constituir vigorosos consejos culturales de resistencia! Son las formas de beatería progresista, las de siempre. Quienes reducen el ámbito del pensamiento y las ideas al círculo vicioso de lo puramente ideológico y estrechamente razonante, solo tienen una salida pantanosa y deprimente: la del sectarismo. Y terminan adorando a esos falsos ídolos como la nación, la raza, el partido y la clase maniqueamente lanzada contra las demás. ¡Pero si las consecuencias ya las conocimos en el siglo XX! una estela sangrienta de pluralidades irreductibles, discordias feroces y ruinas sin fin.

La alcaldesa de todos dice estar satisfecha por el alto momento creativo que vive Barcelona. ¡Qué prejuicio tan tenaz hay que tener para dar al arte irreverente y vulgar la excusa de obedecer a las exigencias del público! La poetisa, aspirante a sacerdotisa de Gaia, la diosa de la Tierra, ha declarado que su intención no era ofender. Y como la cultura educa el gusto del público, los testigos del disparate tuvieron ocasión de ser instruidos con palabras como coño o hijos de puta. Pero lo más bochornoso no resulta su lacayo sectarismo, tampoco su obsesivo deseo de blasfemar contra la religión católica, solo contra ésta. Lo que resulta una afrenta vergonzosa al arte y a la cultura es la diminuta originalidad temática, la insignificante sensibilidad artística y el exiguo encanto de la autora del poema. Una aficionada lo hubiera hecho mejor.

Peregrinos de la educación

El filósofo Ortega y Gasset en su libro España invertebrada narra la anécdota de un viajero inglés por tierras españolas que al llegar a una ciudad pregunta a un habitante por la localización de una calle cualquiera a la que debía dirigirse. El preguntado no sólo le dijo qué camino debía tomar, sino que, además, le acompañó hasta el mismísimo lugar. Quedó muy sorprendido el visitante preguntándose si es que los españoles no tienen nada mejor que hacer más que acompañar a la gente a encontrar su destino. A partir de esta anécdota, Ortega reflexiona sobre si los españoles tenemos o no destino, tenemos o no una misión.

Es muy conveniente que las personas, las instituciones o, incluso, las naciones, tengan un destino, una misión, un fin al que dirigirse y por el cual se afanen. Ello nos enseña, apreciado lector, la diferencia entre peregrino y vagabundo. El peregrino es hombre en camino, sabe a dónde va. Planifica su travesía. Al llegar a las encrucijadas sabe qué dirección tomar. Si la pendiente es dura, no se arredra. Continua adelante aunque le cueste. Sabe lo que quiere y quiere lo que sabe. El vagabundo da pasos sin norte, presa de la indiferencia o el desconcierto. Deambula, no camina; carece de plan de ruta. En las encrucijadas, o toma la dirección derecha o la izquierda, o retrocede si el terreno es arduo o enrevesado.

El camino de la educación lo es para peregrinos. Nunca para vagabundos. Por él vamos hacia el encuentro con lo mejor. Avanzar cada día por la senda trazada y acertada no nos convierte en los mejores, pero sí nos hace cada día mejores.

FALSA TOLERANCIA (ABC 4 de Noviembre de 2009)

Mucho me temo que los magistrados del Tribunal de Estrasburgo al dictaminar que el crucifijo en la escuela viola el derecho de los padres a educar a sus hijos y la libertad religiosa de los alumnos, acaso, no manejen con soltura el concepto clave para abordar la cuestión: la laicidad. Este término supone que el Estado no profesa ninguna religión y que el mismo Estado no puede reducir las creencias religiosas a la esfera privada. Si además de comprender esto, los juristas de la Corte de Estrasburgo se hubieran esforzado en entender que el laicismo no es una postura neutral hacia la religión, sino que es la negatividad de la religión al relegar ésta al interior de la conciencia, la resolución dictada hubiera tenido un contenido muy diferente. Pero la sentencia es la que es. Ahora cabe preguntarse si resultará aplicable solamente al crucifijo o a símbolos religiosos de otras confesiones.

Cesare Mirabelli, ex presidente del Tribunal Constitucional de Italia, tiene escrito que la presencia de la religión en el ámbito público es un principio de libertad. Reflexiones como esta contribuyen a que la natural influencia de las religiones en lo temporal se perciba como un fenómeno enriquecedor y saludable. Sin embargo, va extendiéndose la tendencia a juzgar la fe católica como elemento pernicioso que debe catalogarse como un vago sentimiento íntimo del hombre, proclamándose, al mismo tiempo, una falsa tolerancia que termina por admitir el valor relativo de todas las religiones.

Lo sorprendente es que un tribunal europeo haya alumbrado una resolución tan huérfana de sintonía con la historia. El gran desenvolvimiento de Europa es obra del cristianismo. El poeta anglosajón T.S. Eliot nos apresuraba a hacer una Europa y hacerla bien pronto. Y sin el cristianismo, decía, no hay Europa.

EUROAMERICA: VALOR Y VALORES (ABC 16 de Junio de 2006)

En el curso de una notable intervención en la Cámara de los Comunes en 1948, David Eccles, diputado conservador, (posteriormente Ministro británico desde 1951 a 1962, bajo los gobiernos de Churchill, Eden y Macmillan), declaró que Europa necesitaba tres cosas fundamentales para su reconstrucción y seguridad: ayuda militar norteamericana, ayuda económica norteamericana también, y la existencia de una fe profunda en los destinos de la Europa occidental. Los dos primeros factores podían considerarse ya, por entonces, una realidad, pero el orador expresó sus dudas acerca de la fe de Occidente en su civilización. Justificó estas dudas por el hecho de que los socialistas europeos daban constantes pruebas de tener una mentalidad diferente y de no estar seguros con harta frecuencia de que la libertad personal merezca la pena alcanzarse a un alto e inevitable precio.

Eccles pronunció estas palabras cuando toda Europa se preparaba para la guerra fría. Un escenario erizado de alambradas, patrullas fronterizas, de bloques hostiles y hasta de telones de acero. Porque, en contra de lo narrado durante mucho tiempo, el primer muro que se levanta en Berlín no fue el de hormigón, sino el bloqueo terrestre que en 1949 impusieron los soviéticos a la capital alemana. Salvar dicho bloqueo por medio de la aviación aliada, especialmente, la norteamericana, fue una demostración de poderío, un alarde de eficacia que ni siquiera se produjo durante la II Guerra Mundial. El puente aéreo fue el primer fracaso grave de la URSS en el empleo de sus medios de coacción. Gracias a él se levantó el espíritu de los berlineses (ellos sí se erigieron en contrafuerte de la civilización occidental), hasta llevarles a desafiar abiertamente la terrorífica política soviética. El comunismo era, pues, vecino y enemigo de aquél Occidente europeo que no creía en sí mismo. Transcurridos más de cincuenta años, olvidada la guerra fría y derrotado el totalitarismo rojo, Europa está peor que entonces. Continúa sin una fe profunda en su civilización. Gran parte de la izquierda europea permanece anclada en su anacrónica mentalidad diferente como diría Eccles. Hoy esa mentalidad desemboca en una actitud timorata. Para agravar su indigencia moral, Europa muestra cierta animosidad contra Estados Unidos. El diagnóstico del mal europeo no puede ser más desolador: traición a sus convicciones y odio hacia sus aliados. Apaciguamiento y antiamericanismo. Descomposición, en suma.

Los europeos estamos olvidando que Europa es algo más que la pura expresión geográfica. Europa y América en un sentido estricto de las palabras son meras designaciones más o menos convencionales para regiones geográficas definidas. Pero más allá de lo geográfico existe el término Europa como estilo de vida, como visión del mundo, como cuna de nuestra cultura común y como baluarte de los valores que se hallan indisolublemente unidos a la concepción cristiana de la vida. Europa, entendida en este sentido, pertenece a los americanos con tanta legitimidad como a los nacidos en España, en Suiza o en Hungría. Por lo tanto, la defensa de Europa y de lo que significa en el mundo es para los de aquí, como para los de allá una cuestión que atañe a su propio ser y a su propia sustancia. Porque América podrá darnos una nueva versión de Europa, pero jamás una antiEuropa, pues sería negarse a sí misma. La Europa así concebida, como concepto milenario de cultura, se convierte en la civilización occidental. No toda cultura crea una civilización. Europa sí. Bajo distintas formas y revestimientos Occidente se apoya siempre en el mismo núcleo central: el hombre. Y alrededor de ese núcleo gira todo un acervo de valores espirituales, de creencia religiosa, de cultura del pensamiento político, de recursos económicos, científicos y  técnicos eficaces, adquirido en centurias de historia común, de victorias, de trabajo e incluso de sangre y lágrimas.

Restablecer este ser colectivo de Europa, lograr que Occidente reconquiste su puesto en el mundo exige no seguir azuzando desde el viejo continente la hostilidad hacia los occidentales de más allá del Atlántico. Boris Suvarin, autor, en la década de los cuarenta, de uno de los mejores estudios rusos sobre el bolchevismo, señalaba la raíz del pensamiento de Lenin: el comunismo triunfará cuando los pueblos orientales: rusos, chinos, indios… venzan a las naciones occidentales, y esto sólo se conseguirá mediante la guerra en la que las naciones occidentales se destruyan entre sí. Afortunadamente, la profecía no se cumplió. Pero explica, en gran medida, el antiamericanismo de Europa agitado desde la propaganda comunista y con la avidez de provocar un enfrentamiento entre las dos orillas del Atlántico. Una de las mayores tareas del marxismo en la segunda mitad del siglo XX fue transformar aquél comunismo apátrida de los teóricos de la III Internacional en una especie de nacional-comunismo, que, cual semilla de la discordia, reivindicaba la independencia de cada país contra el imperialismo capitalista y más específicamente, contra la hegemonía de Estados Unidos, brindando a los pueblos presuntamente oprimidos una audaz ideología revolucionaria y hasta ciertos augurios de liberación económica. Sin embargo, la nación americana, que en un cuarto de siglo, de 1914 a 1939, pasó del aislamiento a ocupar la jefatura internacional, ha acudido con más o menos acierto, quizás en algunas circunstancias con algún retraso, pero siempre con generosidad en ayuda del mundo maltratado. Y por supuesto, en socorro de la vieja Europa. Aún hoy sigue ofreciéndose con sacrificio generoso como sólida barrera de la civilización contra la barbarie.

Hace tiempo que el centro de gravedad de la política mundial dejó de ser europeo. En las horas presentes debiera ser euroamericano. Cierto es que la civilización occidental, asentada sobre el principio de la dignidad humana, ha sobrevivido a dos tremendas guerras mundiales y a la diabólica tiranía del socialismo real. Pero ante los actuales enemigos de la paz como el terrorismo islámico y las autocracias populistas y totalitarias, siempre dispuestos a inflamar el mundo, Occidente ha de promover la disidencia frente al imperio del pensamiento débil, debe deshacerse de temores y complejos y proporcionar al género humano los grandes remedios, los de siempre: Democracia, libertad y prosperidad. Sólo así Occidente, Euroamérica, emergerá con todo su valor y con todos sus valores.

 

La educación como principio

Amigo lector: Si me preguntaran qué es la educación respondería que nada mejor para representar su esencia como la imagen de un puente sobre un río.

Aguas abajo discurre la formación del hombre. Un recorrido de adquisición de enseñanzas: saberes y conocimientos;  hábitos y prácticas. Río arriba supone una trayectoria colmada de experiencia. La realización del ser humano, que se sabe forjado a base de aciertos y fracasos, y la ofrece como enseñanza al principiante en travesía descendente. Da lo que uno tiene. Y por encima de la corriente, la útil construcción: el puente, que une, conecta y pone en relación al maestro y al discípulo. La educación es cosa de dos: el que enseña y el que aprende. Y entre ellos una correspondencia: de buen trato, atención y cariño. Testimonio y ejemplo. Imitación y seguimiento.

Muchos de los males que nos aquejan en la hora presente tienen su raíz en la educación. El aire que respiramos es necesario para vivir. Lo mismo es la educación para convivir. Sin aire no hay vida. Sin educación no hay convivencia. Resultará necesario descender y ascender por los ríos y tender y cruzar puentes para la ingente tarea de ordenar nuestra existencia. Porque la educación es el remedio superior, el principio ordenador de las demás obras humanas.

http://www.abc.es/fotonoticias/fotos-opinion/20150909/raul-mayoral-benito-adjunto-1621923498928.html

INCOHERENCIAS PROGRESISTAS (La Razón 16 de febrero de 2005)

Los que llevaban el comité no sé cómo lo harían, pero yo me peleaba cada día con ellos. Porque les decía: había un burgués y os habéis puesto siete. Testimonios como este, de un trabajador durante la guerra civil española, en el fragor de la revolución del movimiento obrero, definen ese rasgo tan habitual en los políticos de la izquierda: la incoherencia, el decir o hacer hoy una cosa y mañana la contraria.

La incoherencia en la ideología izquierdista (comunismo, socialismo, anarquismo…), se constata con su primera experiencia de poder: los Soviets. En El Capital, Marx propugna la abolición del implacable capitalismo decimonónico que acumulaba tremendas injusticias para la clase obrera. La revolución bolchevique derriba el sistema burgués zarista para imponer la dictadura del proletariado. Pronto se revela que el remedio es peor que la enfermedad. Así, arranca la primera y más duradera de las incoherencias. El remedio, lleno de errores y horrores, se prolongaría hasta 1989. Sin embargo, los propios dirigentes soviéticos, la izquierda mundial y hasta los intelectuales entusiasmados por el sistema liberador de la hoz y el martillo no querían reconocerlo, o como dice Jean Francois Revel, no les importaba, a pesar de que los medios erigidos en principios sagrados por la izquierda daban resultados contrarios a los que se esperaban. No aceptaban, nunca lo han aceptado, que las democracias liberales proporcionaran a sus ciudadanos el progreso y la libertad que el socialismo había sido incapaz de engendrar. Reveladoras son, a este respecto, las palabras pronunciadas por Stalin cuando presentaba al VIII Congreso extraordinario de los Soviets, el proyecto de Constitución: “Se habla de democracia, pero ¿qué es la democracia?, la democracia en los países capitalistas, donde existen clases antagónicas, es, en definitiva, la democracia de los fuertes, la democracia para la minoría que posee. En cambio, la democracia de la URSS es una democracia para los trabajadores, es decir, para todos. Por consiguiente, los principios de la democracia resultan viciados no en el proyecto de nuestra Constitución de la URSS, sino en las Constituciones burguesas. Por eso yo pienso que la Constitución de la URSS es la única Constitución en el mundo que sea democrática de verdad”. Sin comentarios. Hay personas que al hablar ya se descalifican por sí mismas.

Con semejante lastre, la izquierda desfiló por el pasado siglo impedida para exponer sus argumentos con el imprescindible apoyo del razonamiento lógico. Tras el mayo del 68 francés, la izquierda protagoniza la apropiación indebida del término progreso. Se autoproclama exclusiva depositaria de las llaves del progreso e incapacita al liberalismo para alcanzarlo. Desde entonces, sectarismo y demagogia se convierten en inseparables compañeros de viaje del progresismo. La visión de la realidad con el doble rasero explica la hostilidad de la izquierda solo hacia determinadas dictaduras, y justifica el terrorismo desestabilizador contra las democracias occidentales. La democracia se degenera con la demagogia. La prensa empieza a escribir al dictado de Gramsci y acaba manipulando a la opinión pública.

El monopolio del progresismo quiebra con el derribo del muro. La destrucción del infamante hormigón deja al descubierto que izquierda y progreso son incompatibles. En su obra “Reflexiones sobre la Revolución en Europa”, Ralph Dahrendorf, tratando de desentrañar la denominada tercera vía, sostiene que “la tercera vía o vía intermedia, no existe, es una utopía porque, en teoría, pretende ser una mezcla de logros socialistas y oportunidades liberales”; el propio autor se pregunta qué logros ha tenido el socialismo, su  respuesta es contundente: ninguno. Dahrendorf escribe su libro a principios de los noventa, cuando comienzan a dar sus frutos las políticas conservadoras que Ronald Reegan y Margaret Thatcher habían iniciado años antes. Su eficacia permite lograr un verdadero progreso económico y político. Por entonces, los socialistas españoles ensayan desde el poder sus políticas progresistas. ¿Quién hacía más y mejor política social?. ¿Quién generaba más y mejor progreso? ¿Un gobierno que, incapaz de crear 800.000 puestos de trabajo prometidos electoralmente, aumentaba el número de desempleados y conducía al país a la bancarrota, o los gobiernos de Reegan o de Thatcher con sus políticas conservadoras que creaban empleo y saneaban la economía?.

Muestras de incoherencia como la anterior son hoy protagonizadas por la izquierda en España. Políticos, intelectuales y hasta periodistas de izquierda o progresistas, que tanto monta, monta tanto, resultan pródigos en abastecernos de continuos episodios de contradicción ideológica. No es coherente considerar el consumo de drogas como signo de modernidad y progresía y luego utilizarlo para difamar si quien ha consumido drogas es el candidato a presidente de EE.UU., un mal estudiante de Texas. Tampoco resulta coherente propalar que en el Iraq de Sadam, al menos, había seguridad, cuando en la transición española se denostaba como antidemócrata al nostálgico que aseveraba con Franco, vivíamos mejor. Pero la incoherencia del doble rasero siempre ha tenido una especial obsesión con la religión. Ahora, que no con cualquier religión, sino, únicamente, con la católica. Los voceros progresistas no respetan las creencias católicas y dedican constantemente a la Iglesia calificativos como intransigente, dogmática, tenebrosa y carca. Esos mismos progres son los que guardan silencio ante el trato humillante y vejatorio que algunos versículos del Corán otorgan a la mujer.

Un último ejemplo de incoherencia progresista. Al celebrarse el tercer centenario de la toma de Gibraltar por los británicos, cierto dirigente socialista de Andalucía, indignado pero con enorme ardor patrio, manifestó la españolidad de la roca: “Gibraltar es España y queremos que vuelva a España lo antes posible”. Lástima que ese patriotismo se quede corto para afirmar la españolidad de tierras catalanas o vascas. No obstante, hay quienes consideran necesario españolizar, incluso, a las entidades financieras. Había un presidente de banco y os habéis puesto siete que diría aquél trabajador harto de la farsa de la revolución obrera.

VIVIÓ LIBRE, MURIÓ DIGNO (La Razón 13 de abril de 2005)

Lo cuenta en sus Memorias el que fuera Secretario de Estado del Papa Pablo VI, Cardenal Villot. En plena guerra fría, y ante el arrollador empuje del comunismo en Europa, algunas voces del Vaticano concluyen que la única vía para la supervivencia de la Iglesia católica era la coexistencia condescendiente con los hijos de Marx. Pablo VI tiene la última palabra. Accedería a plegarse si la jerarquía eclesiástica de las naciones de más allá del telón de acero, consienten unánimemente la claudicación ante el materialismo ateo de la hoz y el martillo. Una voz en Cracovia se alza discrepante y resistente: No caben concesiones a quien te priva de libertad y te arrebata el alma. El tiempo le abastecería de razón. Ese mismo tiempo miniaturizó al dictador que ironizó sobre las divisiones del Papa. Para verdades, el tiempo, para justicia, Dios, pensó Woytila al presenciar los escombros y la polvareda tras el derribo de un infamante muro.

Marcado por el drama familiar y por la tragedia nacional, muerte y muerte en ambos casos, se forja como robusto valedor de la vida. Oprimido como polaco por Oeste y Este se erige en férreo defensor de la libertad. Fuertemente agarrado a asideros inquebrantables, su fe en Cristo y su esperanza en María, Totus Tuus, resulta victorioso en la contienda. En 1978, hora crucial para la Historia, llega con el diagnóstico ya escrito: Todo lo que se intente sin Dios o contra Dios es edificar sobre arena. Aplica la terapia: La fe no se propaga solo misionalmente, en extensión, también culturalmente, en profundidad. No tengáis miedo y abrid las puertas a Cristo. El efecto es sanador. Nos hace libres de temores y de necesidades. No hay mejor tesoro que la Verdad revelada.

Su magna tarea iba finalizando. Anciano, sedente y silente pero presente, sin renuncia y con dignidad. Se nos fue apagando con la satisfacción del deber cumplido, servir veloz y fielmente al mensaje de Cristo, pues la Verdad del Hombre no puede desviarse ni aplazarse. Para nosotros, agradecidos y orgullosos por habernos propuesto, no impuesto, el amor de y hacia el Altísimo, comienza la recogida de su imperecedero fruto. Que los católicos no se entierran, se siembran.