Archivo por meses: Diciembre 2015

La educación superior

Las Universidades, como centros de alta cultura, deben afanarse en la investigación científica y en la instrucción humanista.

La formación de excelentes investigadores constituye una riqueza primordial para las naciones, pero también la alta ciencia produce efectos benefactores para el mundo empresarial. Son muchas las empresas que deben su viabilidad a la aplicación de lo que sus físicos, químicos, matemáticos, ingenieros…, y demás profesionales aprendieron en las instituciones de enseñanza superior.

La promoción y difusión de las disciplinas y ramas que constituyen el humanismo resulta asimismo de importancia capital. Los filósofos e intelectuales alumbran las ideas, que transmitidas a la política y concretadas en realizaciones sociales, mueven la Historia.

Ciencia y Humanismo deben colaborar mutuamente en sus avances y hacerlo de manera congruente con la moral. Así, las Universidades, como centros de educación superior, se erigen en un factor de progreso y prosperidad de los pueblos. Es, quizás, la primera y mas grave deficiencia de nuestro tiempo la ausencia de colaboración entre científicos y humanistas.

 

 

 

Educación: valor y valores.

Enseñar es algo más que una profesión; es una vocación. El verdadero educador no es un mero trabajador de la enseñanza. Ser maestro es una vocación para compartir el conocimiento, la verdad, con el discípulo. Es preciso ejercer y disfrutar de la vocación de maestro para dar lo que uno tiene, ofreciendo un servicio al otro. Así, la acción de educar se convierte en una aventura apasionante: para unos, enseñar; para otros aprender. Educar es el oficio que permite capacitar a las personas en todo su valor, no solo para ellas, sino también para los demás. Y el verdadero titular de ese oficio es el maestro, artesano de la enseñanza.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, amigo lector, conviene precisar: Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo. Enseñar y aprender estos valores tendría un inmenso valor en la hora presente.

 

La educación como derecho

Amigo lector, hablar de educación es referirse a la adquisición de conocimientos pero también a un derecho fundamental. En el primer concepto, la educación atraviesa hoy en España por una situación de emergencia. Por de pronto, es prioritario reducir los altos índices de fracaso escolar que presenta nuestro sistema educativo. De lo contrario, las consecuencias serán fatales pues con alumnos mal formados se resentirá el nivel académico de nuestros universitarios y la calidad de nuestros profesionales e investigadores no será la mejor posible sumiendo a España en la incertidumbre cuando no en la languidez.

La educación como derecho fundamental presenta asimismo un panorama nacional baldío. No existe una libertad real y efectiva en la elección por los padres del centro escolar al que desean llevar a sus hijos; también, las Administraciones públicas debieran facilitar a la sociedad civil el ejercicio de la libertad de creación de centros docentes. Estamos, pues, ante derechos ayunos de garantía y respeto en la sociedad española.

El primer deber de la unidad familiar es la educación de sus miembros. La primera tarea de un legislador ha de ser garantizar las libertades de los ciudadanos en materia educativa. Más en estos tiempos de decaimiento moral y de dificultades económicas. En las modernas sociedades democráticas, satisfechas las necesidades básicas del ciudadano, la educación es una cuestión crucial para todas las generaciones. Lo es para el óptimo desarrollo individual de cada hombre. Lo es, por tanto, para el porvenir de toda la sociedad.

Siete reglas para ser estudiante de provecho

San Bernardino de Siena, Santo de la Iglesia Católica, escribió en 1427 siete reglas para que los estudiantes de la Universidad de Siena pudieran hacerse hombres de provecho. Hoy, casi seiscientos años después de su propuesta, aquellas siete reglas tienen plena vigencia.

La primera regla es el aprecio. Para estudiar en serio, primero hay que apreciar el estudio. Para formarse como una persona culta, hay que estimar la cultura, y aquí se incluyen los libros, la conversación, el trabajo en grupo, el intercambio de experiencias, pues así se favorece la atención respetuosa hacia el prójimo.

Le segunda regla es la separación, separación del mundanal ruido. Como los atletas de alta competición necesitan alejarse de la vida común para efectuar sus sacrificados entrenamientos, los estudiantes también deben apartarse del barullo y del bullicio. Así se evitan las malas compañías.

La regla tercera es la tranquilidad. Para el aprendizaje y la memoria se requiere tranquilizar y dejar reposar la mente. La mente del estudiante exige el silencio a su alrededor.

La cuarta regla es el orden, el equilibrio, el justo medio. El estudio necesita de un procedimiento, de un método. Mejor es aprender poca ciencia, y aprenderla bien, que mucha y mal.

Quinta regla: la perseverancia. La tenacidad, es imprescindible para un estudiante. La mayor desgracia de un estudiante no es una memoria frágil, sino una voluntad débil.

Sexta regla, la discreción, entendida como humildad. No hay que correr más de lo que te permitan tus piernas. O lo que es lo mismo, no comenzar demasiadas cosas a la vez. Quien mucho abarca poco aprieta.

Séptima y última regla. La delectación, es decir, estudiar con placer. No se puede perseverar en el estudio si no se le saca un poco de gusto. Al comenzar siempre hay algún obstáculo: la pereza que debe superarse, los entretenimientos más agradables que nos atraen, la propia dificultad de la materia, pero al final, vencidas todas estas pruebas, llega el placer por el esfuerzo realizado y por la superación de la materia.