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El 11-M: ¿VICIOS O SERVICIOS INFORMATIVOS? (La Gaceta de los negocios 10 de Noviembre de 2006)

En el siglo XIX la prensa no era un medio de información. Era un arma de lucha política. Por eso, proliferaban los periódicos que se adherían públicamente a un partido político. Pero a finales del XIX, tuvo lugar un suceso que supuso una importante transformación en el mundo del periodismo: el crimen de la calle Fuencarral de Madrid, que motivó que los diarios postergaran el interés político en beneficio del interés informativo. Fueron muchos los ciudadanos que, por entonces, se convirtieron en asiduos e infatigables lectores de las noticias que daban cuenta del curso de las investigaciones en torno al asesinato. De esta forma, el periodista ya no se dedicaba al vicio de desprestigiar al adversario político. Su nueva tarea consistía en comunicar noticias prestando un servicio informativo al público. Con la prensa convertida, pues, en un medio de información, ésta pasó a ser considerada como un bien social de carácter universal. Y el periodismo comenzó a ser una profesión cargada de responsabilidad social y comprometida ante los ciudadanos. Años más tarde, en las Constituciones de los Estados liberales se proclamaría el derecho a la información como un derecho fundamental y hoy es un pilar básico de las sociedades democráticas.

El tratamiento tan diferenciado que algunos medios de comunicación están dando en España a las investigaciones sobre el atentado del 11-M lleva a preguntarnos si no hemos vuelto a un periodismo inmerso en el fragor de la batalla ideológica, desposeído del compromiso responsable con los ciudadanos y difusor de información viciada con imposibilidad de constituir un bien social. Cierto es que las implicaciones políticas que, desgraciadamente, derivan de la masacre terrorista son de notable envergadura. La misma tragedia operó como clave electoral tres días más tarde. Pero la gravedad reside en que las informaciones sobre el 11-M publicadas en la prensa se convierten en banderín de enganche para muchos ciudadanos que terminan por adherirse a posicionamientos de claro signo político. Asumir una u otra versión de los hechos supone estar a favor o en contra de las tesis del Gobierno. Debido al contagio mediático, la atmósfera que rodea a la opinión pública sobre el atentado y su autoría está enrarecida persistiendo un clima de clara confrontación entre quienes consideran que en el 11-M todo está muy claro y los que opinan lo contrario. Y ambas posturas son erróneas por precipitadas. Mientras no se pronuncie la Justicia no sabremos si es o no un caso resuelto.

Y en espera de sentencia judicial, los ciudadanos asisten, apasionados unos, inquietos otros, confundidos los más, a una pugna entre rotativas, canales y emisoras periodísticas por publicar la verdad, su verdad, sobre el 11-M. Unos medios insisten en certificar la autoría islamista con las pruebas practicadas. Otros cuestionan esa autoría alegando que las evidencias son erróneas e, incluso falsas. El escenario se complica todavía más con las informaciones que insinúan que ETA pudo participar en la comisión de los atentados. Algunas de estas informaciones han tenido especial trascendencia judicial: Varios funcionarios policiales han sido imputados como presuntos autores de un delito de falsedad en documento público por suprimir en un informe referencias a ETA. Queda la sensación de que ETA en el 11-M es como el toro de Osborne en las carreteras españolas. Aparece y desaparece en el horizonte sin ser un elemento extraño al paisaje. Pero al mismo tiempo es como la madre de Norman Bates en Psicosis. Hay un afán por ocultarla a toda costa en el sótano, corriendo el riesgo de que aparezca cuando nadie se lo espera.

Las informaciones sobre una posible participación de la banda terrorista en los hechos ha suscitado una considerable controversia, ocasionando reacciones mediáticas en cadena. A la noticia de un diario, le responde el editorial de otro. La información emitida por un medio es contrarrestada con nuevas revelaciones difundidas por otro. ¿Qué creer? ¿A quién creer? Los interrogantes que debiera formularse cualquier ciudadano en su intento de ser objetivo y de resistirse a ser arrollado por el torbellino de informaciones y contrainformaciones publicadas son ¿por qué ahora y no antes? ¿Por qué se desata en los últimos meses esta polémica cuando algunos de los medios envueltos en ella llevan más de dos años publicando la misma cantinela sobre agujeros negros en la versión oficial del 11-M, sin que los demás les prestaran atención? ¿Por qué antes no y ahora sí se tacha de paranoicos y lunáticos a algunos periodistas por su insistencia en seguir investigando el atentado? ¿Es un bien social o es mercancía averiada la información que recibimos los españoles acerca del 11-M?

La educación superior

Las Universidades, como centros de alta cultura, deben afanarse en la investigación científica y en la instrucción humanista.

La formación de excelentes investigadores constituye una riqueza primordial para las naciones, pero también la alta ciencia produce efectos benefactores para el mundo empresarial. Son muchas las empresas que deben su viabilidad a la aplicación de lo que sus físicos, químicos, matemáticos, ingenieros…, y demás profesionales aprendieron en las instituciones de enseñanza superior.

La promoción y difusión de las disciplinas y ramas que constituyen el humanismo resulta asimismo de importancia capital. Los filósofos e intelectuales alumbran las ideas, que transmitidas a la política y concretadas en realizaciones sociales, mueven la Historia.

Ciencia y Humanismo deben colaborar mutuamente en sus avances y hacerlo de manera congruente con la moral. Así, las Universidades, como centros de educación superior, se erigen en un factor de progreso y prosperidad de los pueblos. Es, quizás, la primera y mas grave deficiencia de nuestro tiempo la ausencia de colaboración entre científicos y humanistas.

 

 

 

Educación: valor y valores.

Enseñar es algo más que una profesión; es una vocación. El verdadero educador no es un mero trabajador de la enseñanza. Ser maestro es una vocación para compartir el conocimiento, la verdad, con el discípulo. Es preciso ejercer y disfrutar de la vocación de maestro para dar lo que uno tiene, ofreciendo un servicio al otro. Así, la acción de educar se convierte en una aventura apasionante: para unos, enseñar; para otros aprender. Educar es el oficio que permite capacitar a las personas en todo su valor, no solo para ellas, sino también para los demás. Y el verdadero titular de ese oficio es el maestro, artesano de la enseñanza.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, amigo lector, conviene precisar: Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo. Enseñar y aprender estos valores tendría un inmenso valor en la hora presente.

 

La educación como derecho

Amigo lector, hablar de educación es referirse a la adquisición de conocimientos pero también a un derecho fundamental. En el primer concepto, la educación atraviesa hoy en España por una situación de emergencia. Por de pronto, es prioritario reducir los altos índices de fracaso escolar que presenta nuestro sistema educativo. De lo contrario, las consecuencias serán fatales pues con alumnos mal formados se resentirá el nivel académico de nuestros universitarios y la calidad de nuestros profesionales e investigadores no será la mejor posible sumiendo a España en la incertidumbre cuando no en la languidez.

La educación como derecho fundamental presenta asimismo un panorama nacional baldío. No existe una libertad real y efectiva en la elección por los padres del centro escolar al que desean llevar a sus hijos; también, las Administraciones públicas debieran facilitar a la sociedad civil el ejercicio de la libertad de creación de centros docentes. Estamos, pues, ante derechos ayunos de garantía y respeto en la sociedad española.

El primer deber de la unidad familiar es la educación de sus miembros. La primera tarea de un legislador ha de ser garantizar las libertades de los ciudadanos en materia educativa. Más en estos tiempos de decaimiento moral y de dificultades económicas. En las modernas sociedades democráticas, satisfechas las necesidades básicas del ciudadano, la educación es una cuestión crucial para todas las generaciones. Lo es para el óptimo desarrollo individual de cada hombre. Lo es, por tanto, para el porvenir de toda la sociedad.

NORMANDÍA Y EL PLAN MARSHALL (La Gaceta de los Negocios 6 de Junio de 2005)

Acaba de cumplirse el sexagésimo aniversario de la derrota del nazismo. El camino hacia la victoria sobre la barbarie hitleriana se inició con el desembarco de Normandía. La estrategia de los aliados era acorralar a los alemanes en su propio territorio, unos, americanos e ingleses, principalmente, por el Oeste, y otros, los soviéticos por el Este. Mucho se ha escrito y se está hablando en estos días sobre la capitulación de Alemania y sobre el papel que el Ejército rojo tuvo en ello. Estas líneas rememoran, sin embargo, el desembarco en Normandía, cuyo sexagésimo aniversario se celebró también hace casi un año. Y no sólo por su capital contribución al final de la guerra, sino también porque quienes lo hicieron posible se comprometerían después a garantizar la paz y la prosperidad en el continente europeo frente a aquellos que más tarde se revelarían como los nuevos totalitarios e igual de sanguinarios que los que portaron la esvástica por casi toda Europa.

Normandía es una pieza sin la que resulta imposible construir el puzzle de la Europa actual. El proyector de la memoria histórica nos muestra las imágenes de unos soldados que, con un pie en el mar, otro en tierra, y, probablemente, ya su alma en tránsito hacia el más allá, contribuyeron al éxito de una decisiva operación militar. En estos tiempos turbulentos, no hay que olvidar dos hechos de la historia: Que los EE.UU. ayudaron a Europa a ganar la guerra, derrotando al totalitarismo de derechas, y que los EE.UU. apoyaron a Europa para vencer en la posguerra, impidiendo que muchas naciones cayeran en las manos del totalitarismo de izquierdas, manos siempre resbaladizas, cuando se trata de acunar derechos y libertades. Si Normandía fue la victoria militar sobre el fascismo y el nazismo, el Plan Marshall sería el inicio del triunfo económico de la libertad sobre la opresión, triunfo que, años más tarde, acabó convirtiéndose en victoria política de la democracia sobre la dictadura. De ello, dieron fe en un histórico otoño de 1989, las piedras desmembradas del infamante muro clavado en pleno corazón de Europa.

Dos guerras mundiales sucesivas situaron a los EE.UU. en una atalaya. Desde allí, aún sin querer, se encontraron con que tenían que dominar el horizonte. Como diría por entonces el Presidente Truman, “los americanos deben restaurar la salud del mundo”. La Conferencia de Moscú, celebrada en la primavera de 1947 entre las cuatro potencias vencedoras en la II Guerra Mundial, confirmó que sobre la piel de Europa, la vieja y postrada Europa, debía aplicarse el esperanzador ungüento elaborado por la Casa Blanca. El balance arrojado por el encuentro cuatripartito en Moscú fue nítido: el empeño de la URSS en permanecer en los países europeos que ocupaba, y en impedir a toda costa que Norteamérica tuviese en los litigios europeos presencia y, menos aún, decisión. Ante tales circunstancias, los EE.UU., que ya habían evitado el colapso bélico, no podían consentir que el Viejo Continente, ese “asilo de indigentes”, terminara por despeñarse al precipicio de la decadencia económica y de la imposibilidad de recuperación, que era tanto como quedar inerme ante la amenaza comunista.

En junio de 1947, el general Marshall, Secretario de Estado norteamericano, ofrecía a las naciones europeas la ayuda económica y el apoyo financiero de EE.UU.. Posteriormente, la oferta se hacía extensiva a la URSS, si accedía a colaborar en la tarea de reconstrucción de Europa. Los rusos creyeron, desde el primer momento, que el Plan Marshall, “la lista para el tendero”, como la denominó irónica y despectivamente el Ministro de Exteriores soviético, Molotov, perseguía el objetivo de someter toda Europa al imperialismo del dólar. La postura del Kremlin contribuyó a la formulación, por parte de los partidos comunistas de Occidente, de todo tipo de advertencias y comentarios de feroz hostilidad hacia el Plan norteamericano. De esta forma, a la angustiosa espera de los europeos por la ayuda económica, se sumaron las artimañas soviéticas de quebrantar los escasos medios productivos existentes con el afán de acelerar la caída.

En la Conferencia de París en 1947, entre Molotov, Bevin, Jefe del Foreign Office, y Bidault, su homólogo francés, el diplomático soviético dejó claro que no asistía ni para admitir el Plan Marshall ni para debatir sobre el mismo. Al contrario, puso todo su esfuerzo en conseguir que fracasara. Allí se evidenció el fastidio de la URSS por la propuesta norteamericana, así como los temores y prejuicios que despertaban en Moscú las perspectivas de una Europa en recuperación, restañando en común sus heridas y trabajando de acuerdo con los EE.UU. Tras la Conferencia parisina, la URSS abandonó los trabajos y en un contundente acto de coacción exigió a sus satélites que renunciaran al Plan. Aquello puso de manifiesto dos cosas: la división de Europa en dos partes y la unión pétrea y hermética de la parte liderada por la URSS. El 12 de julio de 1947 comenzaba una nueva Conferencia de París, ausentes las naciones del este europeo. El informe final establecía las prioridades y demandas de la Europa Occidental y el montante de las aportaciones con que deberían ser provistas. Los fines a alcanzar eran el aumento de la producción industrial y agrícola ante la escasez de alimentos, materias primas y mercancías, la estabilidad monetaria, la ocupación total de la mano de obra y la expansión del intercambio comercial entre unos y otros países, procurando suprimir o reducir las restricciones y barreras que se interponen en el comercio. Un aspecto específico de este último y trascendental objetivo lo constituían las uniones aduaneras y las áreas de libre comercio estimuladas por el Plan como un factor decisivo para su eficacia.  El Plan Marshall presuponía, pues, un acuerdo entre las naciones europeas para recibir y distribuir todo aquello que llegase de América. Se dio paso, así, al Convenio de Cooperación Económica Europea, firmado en París de 16 de abril de 1948. La propia esencia del Plan propugnaba la unidad de Europa como una necesidad. Cierto es que el Plan tenía un contenido eminentemente económico. Pero no sería la primera vez en la historia que uniones con cariz económico sirvieran de comienzo a la unidad política.

El Plan Marshall fue una llamada a Europa a moverse decididamente por objetivos continentales y no meramente nacionales. Saint Simon, que junto a otros pensadores como Kant, vinculó su nombre a proyectos de unidad europea, propugnaba una mayor educación de los ciudadanos europeos como tales, hablaba de inculcarlos un “patriotismo europeo”, que se vieran, no como miembros de una nación determinada, sino de la gran familia europea. Aludía, pues, Saint Simon a un posible elemento aglutinante de índole espiritual. El Plan Marshall fue el esfuerzo y la oportunidad para restablecer la economía y rehacer la hacienda de Europa; oportunidad, que quizás no volviese a presentarse. Pero también fue una oportunidad para restaurar el espíritu de Europa. Y es que este acto de ayuda material de los EE.UU. hubiera sido inútil de no haber regenerado el espíritu de los pueblos europeos a los que iba destinado. Un espíritu de convivencia, pacífico y democrático, sabedor de que contra los totalitarismos la victoria no se alcanza solamente por la fuerza de las armas, sino, además, por el fomento de la prosperidad y el aseguramiento de la libertad.

DIOS EN LA VIDA PUBLICA (Diario de Avila 19 de Julio de 2010)

En Occidente asistimos hoy a un intento de crear un nuevo culto que alberga todo un proyecto sistemático de descristianización de la sociedad con el objeto de expulsar a Dios de la vida pública y sepultar a los pueblos bajo una concepción pagana de la existencia. Para este nuevo paganismo, el ser humano es quien decide lo que es justo e injusto, lo bueno y lo malo. De ahí, que algunos se afanen por agrandar al hombre y reducir a Dios. El hombre elimina a Dios para quedar de nuevo en posesión de la grandeza humana que le parece detentada indebidamente por otro. Nos alerta de ello el cardenal Cañizares, “en nuestros días estamos asistiendo, impasibles y ciegos, ante el emerger de una nueva antropología que se alza contra la realidad de las cosas, que es fruto del uso de la libertad humana, llevada ésta a límites abismales”. Esta gran apoteosis del hombre consiste en una vuelta atrás de largo recorrido. Es un nefasto retroceso de la civilización occidental. Tanto la Epopeya de Homero como la Teogonía de Hesíodo crearon dioses que eran hombres. Con fina observación psicológica, el filósofo presocrático Jenófanes advertía que si los caballos y leones pudieran, formarían dioses de su misma especie. Gran error es negar a Dios, pues con ello se termina aboliendo al hombre.

Y así, en los momentos actuales podemos comprobar lo arduo y comprometido que es para el hombre el tiempo que le toca vivir. Algunos se empeñan en convertir a la persona en una especie de diana contra la que lanzar el dardo del antihumanismo. Un entorno de hostilidad rodea al hombre en esta época de angustia y quiebra de virtudes naturales. Hay afán por desarrollar proyectos de claro signo deshumanizador. Desde la ciencia hasta la política, pasando por la economía, la sociología y la cultura, se pretende crear una especie de ecosistema inhóspito para el ser humano. La ciencia ha abdicado de su principal misión: Estar al servicio de la vida humana. La utilización de embriones, el aborto o la eutanasia evidencian la deshumanización de la ciencia. En el ámbito económico también se suceden continuos ataques a valores humanistas como la justicia o la igualdad que quiebran ante las pretensiones de enriquecimiento inmoral. Padecemos una globalización desordenada generadora de modernas esclavitudes como el trabajo infantil, la explotación sexual o la inmigración ilegal.

El panorama no es nada halagüeño en el ámbito de la política. La democracia está degenerando en un totalitarismo sin barbarie pero que también es nocivo y perjudicial para el ser humano. Mediante la sacralización de la mayoría, los Parlamentos se erigen en oráculos de verdad generando un positivismo jurídico abusivo y disolvente que restringe o limita derechos fundamentales como el derecho a la vida o a la libertad de expresión, de enseñanza y religiosa. Sin realidades trascendentes no es posible catalogar deberes ni derechos. La ingeniería social trata de equiparar nuevas realidades a instituciones milenarias como el matrimonio. Este sufre embates que acaban con su indisolubilidad. Todo ello se enmarca en un proceso de mayor alcance: La desintegración de la familia, como célula genuina y auténtica de la sociedad. Finalmente, y lo más grave, es que se propaga todo un discurso cultural hegemónico cuya esencia es justificar la batería de agresiones que se lanzan contra el hombre. Valiéndose de un nuevo y deliberado lenguaje los medios de comunicación crean una realidad en la que el individuo es despojado de toda trascendencia y certifican la incompatibilidad entre fe y razón, entre fe y cultura.

El resultado es la paganización social que deja a los hogares desiertos y fríos y a las escuelas sin Dios. Porque no se nos escapa que la causa de tan inhumana devastación es la expulsión de Dios de la vida pública. En esta perversa dinámica se hallan ofuscadas las modernas sociedades occidentales. Pero el tiempo presente parece favorable para proponer soluciones cristianas a un mundo fatigado por el escandaloso espectáculo de desórdenes propios del proceso de secularización que nos invade. Algunas de estas soluciones se debaten en el foro universitario que bajo el título “Dios en la sociedad postsecular” se celebra en Avila los días 20 a 23 de julio, organizado por la Universidad Católica de Avila, la Universidad CEU San Pablo y la Facultad de Teología de San Dámaso. Ocasión propicia para diagnosticar esa soledad, a veces oceánica, en la que está sumido el hombre de hoy, que le impulsa a llamar a las puertas de la religiosidad, evidenciando la crisis de la posmodernidad.

LOS MUROS DE BERLÍN (Diario Información de Alicante 19 de Noviembre de 2014)

En los días previos a la rendición de Alemania en la II Guerra Mundial, la Wehrmacht pretendió que el mayor número posible de sus tropas cruzasen el río Elba hacia el oeste para rendirse a norteamericanos o británicos y no caer en manos de los soviéticos. Aquellas imágenes de soldados y civiles alemanes cruzando, incluso a nado, el río serían reeditadas por los berlineses que intentaban pasar a la zona angloamericana superando el muro de hormigón levantado en 1961 por los rusos. Diferentes momentos pero el mismo objetivo: huir desesperadamente del comunismo.

Herbert Blankenhorn, consejero de Adenauer, vaticinó en 1944 la división de Alemania sin conocer la “Operación eclipse”, un plan para sostener la Administración del país tras el brusco colapso de la capitulación. El proyecto contemplaba un territorio dividido en zonas de ocupación y Berlín como un enclave dentro de la zona rusa pero con división en tres sectores: norteamericano, ruso y británico. Churchill vio claro ya en marzo de 1945 que la URSS se había convertido en un peligro mortal para el mundo libre. Si el comunismo iba a ser vecino y enemigo del Occidente europeo, era necesario actuar antes de que los ejércitos occidentales se hubiesen disgregado. La enemistad Este-Oeste era percibida también por el almirante Doenitz, sucesor de Hitler, en su discurso anunciando a los alemanes la rendición: La tierra que fue germana durante mil años ha caído en poder de los rusos. Tenemos que unirnos a las potencias occidentales ya que solo colaborando con ellas tendremos esperanzas de llegar a recuperar algún día nuestra tierra en manos de los rusos.

En la primavera de 1947 las relaciones entre los soviéticos y angloamericanos se deterioraban día a día. Churchill atinó con su previsión. Berlín empezaba a ser una mecha encendida en el polvorín de Europa. Un ring sobre el que peleaban dos púgiles en incipiente Guerra Fría: Washington y Moscú. La causa de la discordia fue el Plan Marshall, que ofrecía a las naciones europeas ayuda económica de EEUU, haciéndose extensiva a Rusia si accedía a colaborar en la tarea de reconstrucción. Los rusos vociferaron que el Plan perseguía someter toda Europa al imperialismo del dólar. En un contundente acto de coacción, Stalin exigió a sus satélites que renunciaran a la ayuda. Aquello supuso la división de Europa, de Alemania y de Berlín en dos partes, y la unión pétrea y hermética de la parte liderada por la URSS. El telón de acero cayó sobre el escenario europeo. Berlín era el peligroso agujero por donde el mundo occidental se asomaba a la tiranía. Churchill de nuevo clarividente. El 5 de marzo de 1946 pronunció en Missouri un discurso de gran resonancia: Desde Stettin en el Báltico, hasta Trieste en el Adriático, ha caído sobre Europa un telón de acero. La metáfora alusiva al metal no era de su cosecha. Antes la emplearon Josep Goebbels, en la prensa nazi, y, tras la capitulación germana, Von Krosigk, como Canciller alemán, en alocución a sus conciudadanos: El telón de acero se aproxima cada vez más desde el Este.

Irritados los soviéticos por el apoyo yanqui, irrumpieron en los sectores occidentales saboteando el suministro de electricidad y agua y secuestrando a científicos e ingenieros, enviados rumbo a Moscú. Tras la enésima controversia, a causa de la moneda vigente en la capital berlinesa, el Kremlin ordenó el bloqueo de todas las vías de comunicación, terrestres y fluviales, que accedían al Berlín occidental. El asedio duró desde junio de 1948 a mayo de 1949.  Saltar ese “muro” por medio de la aviación aliada, abasteciendo a dos millones cien mil habitantes, fue una demostración de poderío y de eficacia plasmado por el singular humor berlinés ante la tragedia: “Solamente hay una diferencia entre el sector soviético y el occidental” decía un berlinés de la zona rusa. “En el occidental viven por el aire; en el ruso vivimos del aire”.

El puente aéreo fue el primer revés de la URSS en el empleo de sus medios de coacción. El segundo, del que ya no se recuperaría, fue el muro clavado en pleno corazón de Europa durante veintiocho años. J.F. Revel dijo que el certificado del fracaso comunista no fue el derribo del muro en 1989, sino su construcción en 1961 para impedir la huida a quienes escapaban en busca de la libertad. La libertad tumbó la pared. Algunos analistas consideran su desplome como el final de la II Guerra Mundial. Quizás sea exagerado. Pero si Normandía significó la victoria militar sobre el fascismo y el nazismo, el Plan Marshall marcó el triunfo económico de la libertad sobre la opresión soviética. Y un histórico 9 de noviembre de 1989, el derrumbe del infamante muro dio la victoria política a la democracia sobre la dictadura comunista. Europa dejó de estar mutilada. Comenzaba su verdadera y completa reconstrucción.

http://www.diarioinformacion.com/opinion/2014/11/19/muros-berlin/1568875.html

Siete reglas para ser estudiante de provecho

San Bernardino de Siena, Santo de la Iglesia Católica, escribió en 1427 siete reglas para que los estudiantes de la Universidad de Siena pudieran hacerse hombres de provecho. Hoy, casi seiscientos años después de su propuesta, aquellas siete reglas tienen plena vigencia.

La primera regla es el aprecio. Para estudiar en serio, primero hay que apreciar el estudio. Para formarse como una persona culta, hay que estimar la cultura, y aquí se incluyen los libros, la conversación, el trabajo en grupo, el intercambio de experiencias, pues así se favorece la atención respetuosa hacia el prójimo.

Le segunda regla es la separación, separación del mundanal ruido. Como los atletas de alta competición necesitan alejarse de la vida común para efectuar sus sacrificados entrenamientos, los estudiantes también deben apartarse del barullo y del bullicio. Así se evitan las malas compañías.

La regla tercera es la tranquilidad. Para el aprendizaje y la memoria se requiere tranquilizar y dejar reposar la mente. La mente del estudiante exige el silencio a su alrededor.

La cuarta regla es el orden, el equilibrio, el justo medio. El estudio necesita de un procedimiento, de un método. Mejor es aprender poca ciencia, y aprenderla bien, que mucha y mal.

Quinta regla: la perseverancia. La tenacidad, es imprescindible para un estudiante. La mayor desgracia de un estudiante no es una memoria frágil, sino una voluntad débil.

Sexta regla, la discreción, entendida como humildad. No hay que correr más de lo que te permitan tus piernas. O lo que es lo mismo, no comenzar demasiadas cosas a la vez. Quien mucho abarca poco aprieta.

Séptima y última regla. La delectación, es decir, estudiar con placer. No se puede perseverar en el estudio si no se le saca un poco de gusto. Al comenzar siempre hay algún obstáculo: la pereza que debe superarse, los entretenimientos más agradables que nos atraen, la propia dificultad de la materia, pero al final, vencidas todas estas pruebas, llega el placer por el esfuerzo realizado y por la superación de la materia.