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Educar para la vida.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, estimado lector, resulta conveniente una precisión. Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo.

El filósofo Spaemann advierte que el discurso sobre los valores es trivial y peligroso a la vez. “Es peligroso por su ambigüedad; es trivial en tanto en cuanto cualquier sociedad comparte determinadas valoraciones. Sin ninguna duda, afirma Spaemann, el Tercer Reich alemán fue una comunidad de valores. Se denominó comunidad popular. Los valores que en aquel entonces se consideraron supremos -nación, raza y salud- se colocaron, por supuesto, por encima del Derecho y del Estado, y lo que es peor, por encima de la persona; y, al igual que en los países marxistas, el Estado no era más que una agencia de valores supremos”.

En lugar de valores, algunos preferimos hablar de virtudes. Como creyentes y sin afán de imposición, entendemos que para una educación integral del hombre resulta beneficioso el cultivo de lo que constituye la dimensión más profunda de la persona, el sentido de lo trascendental, que le abre a un orden de realidad sagrado.

La misión de la escuela

La escuela es un factor de influencia decisiva en la formación de un pueblo. Su auténtica misión consiste en enseñar y en aprender; esto es, proporcionar contenidos necesarios al alumno, exigirle el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.Todo sistema educativo debe estimular la voluntad, la constancia y la disciplina.  Debe recompensar el mérito, valorando el trabajo bien hecho. Ha de fomentar el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos.

La mejor escuela es la que educa y enseña mejor. Y para ello debiera asentarse en una serie de pilares como la solidez académica del profesorado, la íntima compenetración entre los profesores, y de éstos con los alumnos, la autoridad del maestro compatible con la afabilidad en el trato, la calidad en los métodos de aprendizaje y la idoneidad de los contenidos, el acercamiento de la familia a la vida de los centros docentes, la concepción subsidiaria del Estado en la función educadora… El mejor sistema educativo es aquél en el que prima el respeto a los derechos humanos, la defensa de la libertad y responsabilidad personales, la recompensa del esfuerzo como instrumento de progreso y una buena instrucción acorde con la dignidad humana y no vasalla de ideologías.

La escuela ha de ser una continuación del hogar en donde los niños son instruidos en aquello que los padres quieren.

La educación como derecho II

La educación es un derecho. No un servicio púbico. Sí es un servicio público la obligación del Estado de garantizar la igualdad de todos los ciudadanos en el acceso a la educación. El derecho a educar corresponde a la familia, a los padres. No es predicable del Estado. Así, lo enuncian la Constitución española de 1978 y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

Existieron razones históricas que provocaron que el Estado asumiera un papel protagonista y hegemónico en la educación. Hoy aquellas razones han desaparecido y las Administraciones públicas debe adoptar en materia de enseñanza una posición subsidiaria con respecto a la sociedad civil. Ello evitaría que la educación siga siendo objeto de la batalla ideológica dejando, por fin, de ser una cuestión política; un capítulo en los programas electorales de los partidos; un resorte de control e intervención en manos del poder público, para pasar a ser lo que realmente es: una función social, familiar, no estatal. Por ello, es una prioridad de cada una de las familias, de cada uno de los padres.

El derecho a la educación entronca con el libre desarrollo de la personalidad y con la propia esfera de libertad personal. La libre elección por los padres del tipo de escuela que quieren para sus hijos es un derecho inherente al derecho anterior que requiere para su garantía de un pluralismo y de una viabilidad económica en las ofertas escolares. De ahí, esa interdependencia entre la libertad de elección de centro escolar y la libertad de creación y dirección de centros escolares.

 

 

La buena educación

El escritor François Mauriac visitó un convento de benedictinos en el Midi francés. Fue recibido con todos los honores entre la comunidad y el superior le agasajó con una amable invitación a comer. Terminado el almuerzo, Mauriac preguntó:

¿Me permite usted fumar, padre?

Lo lamento muchísimo mi querido maestro, – respondió el superior -; pero nuestra regla prohíbe fumar en el refectorio.

Entonces, ¿Qué significa eso? – dijo Mauriac, señalando un cenicero lleno de colillas e insistiendo tenazmente en su propósito.

El superior sonrió y dijo:

Eso lo han hecho otros visitantes que no teniendo la misma educación que usted, maestro, no han pedido permiso.

Ante tan fina diplomacia, Mauriac se dio por vencido.

La buena educación, como el buen estilo, está plagado de renuncias a lo placentero. Y es que una buena educación se asienta mejor en espíritus fuertemente acorazados que en los voluptuosamente débiles.