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La educación emocional


En escritos anteriores, amigo lector, he dejado dicho que educar comprende tanto la instrucción como la formación humanas necesarias para que un niño se enfrente debidamente preparado ante el ambiente social en que ha de moverse y proporcionarle la madurez precisa para que emprenda con garantía de éxito su trayectoria vital.

Se ha generalizado en ciertos ámbitos formativos e instructivos el término “educación emocional” para referirse a un conjunto de cualidades desarrolladas por el individuo y que le capacitan para afrontar con mejor disposición los avatares de la vida. Disciplina, determinación, esfuerzo, tenacidad, voluntad, autocontrol, autorregulación… constituyen manifestaciones de la educación emocional que siempre deben tenerse muy en cuenta en la enseñanza.

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Porque la educación no es solo cuestión de conocer las reglas matemáticas, lingüísticas o de la física; de aprender ciencia, historia o geografía; es también formar un hombre de mundo y hasta de Estado, si tomamos esta expresión alejada de lo que hoy se entiende en el marco de la teoría política, y sí relacionada con lo que antaño se concebía como persona de grandes conocimientos en el arte de la diplomacia, lo que comprendía erudición en el saber y corrección en el estar.

Hoy como ayer, es necesario proveer a los niños y adolescentes de excelentes materiales que les guíen con acierto para pensar y hablar, que les permitan un alto estímulo y una óptima promoción del espíritu de la indagación. Facilitarles variadas y útiles instrucciones respecto del estilo, elegante sin ostentación, y el modo, austero sin vulgaridad, tanto en el comportamiento como en la conversación. Proporcionarles reglas de buena crianza que indiquen con qué costumbres y maneras han de conducirse en el mundo. Porque solo así lograrán un claro y nítido conocimiento del corazón humano, de los sentimientos humanos, estando en disposición de entender mejor los modales y el porte de los demás.

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Todo este fondo de conocimientos prácticos, de aporte instructivo pero también moral, resultan de gran utilidad para una mejor educación emocional.

La labranza de la educación

Amigo lector, quizás hayas reparado en las muchas semejanzas y analogías que concurren entre la labor del agricultor y la tarea del maestro. Ambos desarrollan sus oficios cultivando, aquél la tierra, éste la mente del discípulo, para convertirlas en fecundas y que proporcionen óptimos frutos.

El labriego se complace trabajando sobre un campo fértil, que cuida y remueve con esmero y del que obtiene fructuosos aprovechamientos. El maestro goza sacando al otro de la ignorancia y llevándole al conocimiento; también se preocupa en “mover” y estimular al alumno, que cuando sabe responder al estímulo alcanza un verdadero aprendizaje. Tanto en el campo como en la escuela hay tiempos de roturación y siembra, previos siempre a los de recolección. Recoger una buena cosecha lo mismo que obtener notables calificaciones tras jornadas de esfuerzo, entrega y dedicación proporcionan una feliz recompensa. No hay florecimiento sin cultivo.

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En Cartas a su hijo, el Conde de Chesterfield nos sugiere la estrecha afinidad que media entre los cuidados del agro y las atenciones de la enseñanza al escribir a su vástago a modo de metáfora lo siguiente: “cuando reflexiono sobre la prodigiosa cantidad de abono que se ha empleado en tu beneficio, espero que produzcas más y mejores frutos a los dieciocho años que los terrenos incultos producen a los veintiocho”.

Aula de mobiliario fijo de 56 plazas

De la misma manera que ha resultado de gran utilidad la industrialización y tecnificación del campo, también lo es la aplicación de nuevas tecnologías  en la enseñanza. Pero esta aplicación no consiste en inundar las aulas con toneladas de ordenadores y dispositivos digitales, sino de crear nuevos e imaginativos métodos pedagógicos que permitan a todos los estudiantes, especialmente a aquellos más reacios y pausados, a progresar en el proceso de aprendizaje.

Y así como una reforma agraria supone una parcelación y redistribución de la tierra en aras a aumentar la recolección de los campos, atendiendo a la capacidad productiva de cada parcela y a la viabilidad económica del propietario, también en la escuela debe un maestro atender y comprender las cualidades  y atributos de sus alumnos, a fin de obtener lo mejor de cada uno de ellos, que redundará, sin duda, en beneficio de todos.

Educación en la escuela

Marco Fabio Quintiliano, de origen español (Calahorra), vivió en la Roma de los emperadores Vespasiano y Domiciano. Estudió leyes y ejerció como abogado, fue un apasionado de la educación y fundó una prestigiosa escuela de oratoria y retórica en Roma. Su imborrable obra se titula Institutio oratoria, un magnífico tratado de doce libros sobre educación de la juventud; el primero de los cuales fue manejado como libro de texto desde la Edad Media hasta  el siglo XX al contener sabias y atinadas normas sobre la instrucción de los niños y su preparación para la formación superior,

En su libro Ilustrísimos señores, Albino Luciani, (Papa Juan Pablo I), recoge algunas de las máximas de Quintiliano en la Institutio:

No pretenda el maestro de un niño lo que solo puede dar un adolescente, ni de un adolescente lo que esperamos de un adulto. Dígale, cuando haya aprendido algo bien: ¡Ya eres alguien!, y añada: ¡Lo mejor de ti vendrá después! Así le anima, le estimula y le franquea el camino de la esperanza.

No está bien que haya un solo maestro para un solo alumno. Si no se compara con los demás, el estudiante corre peligro de engreírse demasiado; puesto ante un solo estudiante, el maestro no da lo mejor de sí mismo. En cambio, si hay muchos en clase, hay emulación, hay porfía, y ésta estimula frecuentemente al estudio más que las exhortaciones de los maestros y los ruegos de los padres.

El espíritu crítico no es adecuado para los jovencitos, no debe hacérsele prevalecer en ellos sobre la imaginación y la creatividad.

El maestro no debe ser demasiado severo en la corrección; de lo contrario, los tímidos se desaniman, temen a todo y no intentan nada, mientras que los más despiertos se enfadan y oponen tácita resistencia. Sea como un padre, viva sin vicios y no tolere los vicios. Austero, pero no rígido; benévolo, pero no carente de energía; ni se haga odioso por su rigor, ni despreciable por falta de energía; hable a todas horas de lo que es bueno y honesto.

Educación ante el fracaso

El científico español, Darío Gil, vicepresidente de Ciencia y Tecnología de IBM Research, manifestaba recientemente en una conferencia sobre innovación abierta y colaborativa organizada por el Instituto Tomás Pascual, que en Estados Unidos predomina mucho más que en España una cultura de tolerancia y comprensión hacia el fallo y el fracaso. En España, se tiene, además, miedo al fracaso. Damos más importancia, decía el científico, a los objetivos y a los procedimientos que a las personas. En efecto, los españoles tenemos temor a cometer errores, nos mostramos temerosos a fracasar. Y ello, porque enfrente suele haber otro españolito o muchos españolitos que se ríen abiertamente del fallo. En lugar de palabras de ánimo hacia el errado se pronuncian palabras de burla. Es como si el fracasado fuera un maldito.

Recuerdo la anécdota vivida en un viaje de estudios a Berlín con un grupo de compañeros universitarios. Estábamos descansando en el banco de un plaza berlinesa cuando frente a nosotros apareció un muchacho adolescente con su monopatín intentando hacer una pirueta sobre aquél artilugio con ruedas. No solo lo intentó varias veces sin conseguirlo, sino que en uno de los intentos se vino abajo dando con sus huesos sobre el duro suelo. Los españoles que presenciamos la escena rompimos a carcajadas. Uno de los nuestros tenía una risa tan ruidosa, que parecía un mariscal de campo. Hacia él se vino el teutón y sin mediar palabra le extendió el monopatín para que lo agarrara y le hizo un gesto como que debía salir al centro de la plaza a hacer lo que él no había podido lograr. Evidentemente, nuestro amigo, que carecía de habilidades para colocarse sobre aquellas cuatro ruedas, meneó su cabeza en señal negativa al mismo tiempo que frenó sus risotadas. Entonces, el que comenzó a reír a mandíbula batiente fue el chico de Berlín, que volvió al centro de la plaza y nos deleitó con toda una exhibición de cómo deslizarse sobre un monopatín. Aquél alemán no tuvo miedo al fracaso. Y seguro que pronto lograría culminar la pirueta difícil que ante nosotros no consiguió rematar.

Nuestro amigo, el mariscal de campo, y también todos nosotros, aprendimos una sabia lección: un fracaso es un error que no se ha sabido transformar en experiencia.