Archivo por meses: mayo 2016

El clima de la educación.

Los factores que influyen en la formación de la persona son varios: internos, sus propias capacidades, y externos, su entorno social. La vida misma ofrece ejemplos de ilustres pensadores o brillantes científicos con orígenes económicos muy humildes y con mucha perseverancia o inteligencia. También muestra casos de personas que de niños nadaron en la abundancia al tener padres millonarios y jamás lograron terminar una carrera universitaria ni siquiera aprender un oficio que les permitiera ganarse la vida. Continuaron viviendo como unos ricos apáticos y holgazanes.

Además de esos factores, hay otros que son mezcla de ellos: el ambiente familiar, en concreto, las reglas de orden y disciplina, los hábitos de trabajo y de estudio que los padres inculcan a sus hijos. Quienes gozan en su familia de un clima bonancible y acogedor hacia las tareas estudiantiles tienen más probabilidades de rendir con mejores resultados que aquellos que viven en climas inhóspitos e inestables para la instrucción. La organización en los hogares del tiempo y del espacio para el estudio  resulta, a veces, un significativo indicador del éxito o del fracaso escolar del niño, mucho más que sus capacidades, su entorno social o el propio profesorado. El trabajo diario de un estudiante a la misma hora y en el mismo lugar de su casa puede ser decisivo para garantizar unas buenas calificaciones.

En otro lugar, he aludido querido lector, a las Siete reglas que propuso San Bernardino de Siena en 1427 a los estudiantes de aquella Universidad para hacerse hombres de provecho. Recuerdo algunas de ellas: la separación de todos los “mulos” que dan coces, la tranquilidad y el silencio a su alrededor y el orden tanto en las cosas del cuerpo como del espíritu. Casi seis siglos más tarde, prestigiosos estudios e investigaciones al respecto confirman que los horarios, el sueño y el alimento, la llevanza, en suma, de una vida ordenada influyen de manera relevante en los resultados académicos. Según Iván Eguzquiza, psicólogo conductual del Instituto de Investigaciones del Sueño de Madrid, “el sueño es fundamental para la consolidación de la información aprendida durante el día. De hecho, es curioso observar cómo las mismas áreas cerebrales activadas durante el aprendizaje de una tarea lo hacen nuevamente mientras dormimos”. El investigador de la Universidad de Southern Illinois, C.A. Presley, concluye que aquellos que beben y se emborrachan al menos tres veces a la semana tienen seis veces más posibilidades (40.2% contra 6.8%) de suspender un examen que aquellos que sí, beben, pero no se emborrachan.

La función que la responsabilidad desempeña en este ámbito es crucial. La persona de talento debe sacar partido del tiempo. Se puede atender al estudio y a la diversión. Si desde pequeños enseñamos a nuestros hijos a ser responsables en sus obligaciones y derechos no solo estaremos formando buenos estudiantes, sino también auténticos profesionales y mejores personas.

 

Educación y ética

Sin un componente ético en su educación, toda persona adolece de un punto flaco. Puede agradar o seducir, resultar simpática u original… pero a la larga será un bribón. La bribonería se manifiesta a través de una mente interesada y pérfida y de un corazón frío e insensible. El resultado es la impostura. O sea, una inmoralidad.

En su novela Llega el tiempo de los impostores, el escritor francés Gilbert Cesbron describió a quienes se aprovechan de los bajos instintos de la gente y van destruyendo poco a poco el sentido moral. Talleyrand definía a la palabra como un don de Dios para “ocultar el propio pensamiento”. Lord Byron llamó a la mentira “verdad enmascarada”. Ibsen en su Pato salvaje defiende la “mentira vital” afirmando que los hombres comunes necesitan la mentira para vivir. Andreev, afirma con dolor en su Mentira que no existe ya la verdad. ¿Podríamos llegar así a la conclusión práctica de que el fraude y el engaño son pruebas de inteligencia y de astucia en todos los ámbitos del obrar humano?

Howard Gardner es un neurocientífico y psicólogo de la Universidad de Harvard, autor de la teoría de las inteligencias múltiples. Un buen día se preguntó por qué personas que parecían ser excelentes al haber triunfado en la política, las finanzas, la ciencia o los negocios hacían el mal perjudicando a sus semejantes. Empezó así una investigación sobre la ética de la inteligencia mediante un proyecto experimental conocido como Goodwook Proyect, en el que entrevistó a más de 1.200 personas. Su conclusión fue que las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. Pueden poseer cierta pericia o técnica pero no alcanzan la excelencia. Para adquirir ésta es preciso comprometerse con objetivos que van más allá de la mera satisfacción del ego personal, del egoísmo y de la avaricia de cada uno. Objetivos que se traducen en servir con cierta abnegación a las necesidades de los demás y que derivan de la asunción de principios éticos sin los cuales, según Gardner, uno puede llegar a ser tremendamente rico o técnicamente eficiente, pero nunca excelente.

La desgracia no está en sufrir o en ser pobre, sino en desviarse de los criterios éticos más elementales sobre el bien y el mal. La desgracia, querido lector, consiste en hacer el mal.

Educación de memoria

Para Umberto Ecco, la memoria tiene dos funciones: la de retener y la de filtrar la información. Porque si no elimináramos la mitad de todo lo que aprendemos, nos volveríamos completamente locos. Distinta cuestión es que para algunos, el verdadero problema de la memoria de la persona no reside en la dificultad para recordar, sino en la imposibilidad de olvidar. Lo que nos lleva a citar al filósofo Fernando Savater cuando afirma que lo contrario de la memoria no es el olvido, sino el recuerdo amañado. Pero no es la memoria subjetiva la tratada aquí, amigo lector, sino la memoria objetiva, como facultad utilísima del ser humano, que en ningún caso debe sustituir a la inteligencia, sino complementarla, potenciarla y enriquecerla.

Otro filósofo, José Antonio Marina sostiene que la memoria es la que nos facilita el aprendizaje, pues vemos desde la memoria, leemos desde la memoria, comprendemos desde la memoria, inventamos desde la memoria… Todo lo aprendemos con la memoria. Marina considera un error disuadir a los niños para que no se aprendan de memoria los contenidos y materias. Sí es posible y conveniente adiestrarlos para que configuren su memoria, a fin de alumbrar lúcidas ideas, pensamientos ágiles y buenos sentimientos que proporcionen la capacidad óptima para afrontar y resolver problemas. En eso consiste el talento. Y para Marina, el talento se basa en la memoria.

El talento nos facilita el intercambio de experiencias, nos afianza en el respeto al diferente, nos permite trabajar convenientemente en grupo, nos fortalece la atención, nos ayuda a seleccionar las lecturas más idóneas, nos guía por conversaciones amenas y nos prepara para ser perseverantes y tenaces. Porque en la escuela y en la vida, como decía Albino Luciani, no basta desear, hace falta querer. No basta comenzar a querer, sino que hay que seguir queriendo. Y no basta siquiera seguir queriendo, sino que es necesario saber comenzar a querer de nuevo, cada vez que uno se ha parado por pereza, fracasos o caídas. El talento está estrechamente vinculado con la fuerza de voluntad. Y la memoria se ejercita y desarrolla mediante esta fuerza.