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LA EDUCACIÓN COMO PRINCIPIO (ABC 9 de Septiembre de 2015)

Hace tiempo que las naciones dejaron de ser poderosas por dominar tierras infinitas. El liderazgo pasó entonces a medirse por la potencia armamentística. Luego, por el empuje económico. El vigor de un país reside hoy en contar entre sus ciudadanos con excelentes profesores y científicos en las Universidades y laboratorios mas prestigiosos del mundo, influyentes artistas, deportistas e intelectuales en las culturas del orbe, sólidos teólogos en encuentros ecuménicos sobre la fe, sagaces políticos en la diplomacia y los Tratados, brillantes militares en la estrategia global, briosos empresarios y financieros en los mercados mundiales o ejemplares cooperantes con la solidaridad internacional. Y, por supuesto, disponer de una sociedad bien educada e instruida. Pascal definió la buena educación como aquello que permite a una persona estar a solas sentada en una habitación a oscuras, sin sentir aburrimiento, aprehensión y, por supuesto, tampoco miedo. Sin pretender apostillar a Pascal, podríamos considerar también como bien educada a aquella persona cuyo silencio lo invade todo al tomar la sopa.

En el caso que nos ocupa, educar comprende tanto la instrucción como la formación humanas necesarias para que un niño se enfrente debidamente preparado ante el ambiente social en que ha de moverse y proporcionarle la madurez precisa para que emprenda con garantía de éxito su trayectoria vital. Educación y enseñanza han tenido así, y seguirán teniendo, una influencia determinante en la fortaleza material y el valor espiritual de un pueblo. Dotarse de ese preciado capital humano depende de hacer las cosas bien en dos ámbitos: la familia y la escuela. Ambos deben estar exentos de ideología y plenos de cariño y afecto. El primer deber de los padres es educar a sus hijos. Es también su derecho. El objetivo prioritario de un legislador es la fijación de un consistente y macizo sistema educativo por encima de oportunismos políticos, dirigido a estimular el talento y premiar el esfuerzo del discípulo, y a reconocer la auctoritas y proteger el prestigio del maestro.

En los últimos años diagnosticar la quiebra nacional ha sido tarea fácil. Ha bastado con oídos atentos y ojos despiertos para captar la desesperación y la impotencia de tantas personas ante sus vidas desechas por la crisis económica. Prácticamente todos los campos de la actividad humana han padecido necesidad de remedios urgentes y sufrido el impertinente malestar de la escasez. La fractura de la sociedad española ha sido verificada por diversos especialistas: los economistas la achacaban a prácticas financieras devastadoras; los juristas la imputaban al abuso del derecho; los sociólogos la atribuían a la injusticia y desigualdad sociales; los moralistas cargaban contra el resquebrajamiento de los valores éticos. Hasta los hombres de Iglesia han señalado un evidente espíritu religioso de indiferencia, cuando no postizo. Se hablaba insistentemente de crisis económica superficial y coyuntural, de crisis institucional subterránea pero transitoria, o de profunda y permanente crisis de valores. Pero tales diagnósticos se antojan parciales y sin exhaustividad. Son insuficientes. Aquellos reveses y adversidades no son la raíz del problema, sino sus derivaciones. El verdadero drama nacional radica en la enfermedad de nuestra educación. En los últimos tiempos en España muchos padres no educan a sus hijos como debieran y el sistema educativo tampoco facilita al maestro la misión de enseñar como se debe hacer. Estos fallos en los entornos familiar y escolar se multiplican en sectores sociales claves, como el laboral y el profesional, acarreando obstáculos a la prosperidad del país. Cercenando nuestro futuro como sociedad.

Educar y enseñar, con sus confluyentes tareas de memorización, práctica y aprendizaje, además de definirnos nítidamente como seres humanos, contribuyen a hacernos mas libres y responsables. Una esmerada erudición y una apreciada urbanidad constituyen también conquistas que nos facilitan la promoción social ensanchando el espacio de las clases medias. Incluso, a menudo, nos protegen contra nuestros peores instintos que tienden a esclavizarnos maniatándonos con las redes de la codicia, la barbarie y el odio. Casos como la corrupción política o empresarial, el acoso escolar o laboral, la violencia machista, el ultraje a los símbolos de la nación o el insulto vía Twiter son claros ejemplos de mala educación que nos devuelven a estadios asilvestrados. Bien está afanarse por la recuperación económica, la restauración del derecho vulnerado, la reparación de la justicia infringida, la moralización de la vida pública y  privada o la renovación del espíritu religioso. Pero todo esto no producirá una sanación segura y duradera mientras no aceptemos el remedio superior: la curación de la educación y su ordenación como principio de las demás obras humanas. Es preciso adquirir la firme convicción de que si no salvamos la educación perecerá todo con ella. Lo dejó dicho el escritor H.G. Wells: la historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe.

 

SOBERANOS DIGITALES (El Mundo 2 de Marzo de 2017)

Dentro de veinticinco años la Humanidad contará con aparatos de transmisión que cabrán fácilmente en un bolsillo. Todo el mundo podrá difundir emisiones para decir a la familia, por ejemplo, que llegará tarde a casa. Este vaticinio fue pronunciado en 1948 por Frank Stanton, presidente de la Columbia Broadcasting System. Sin duda, que el visionario estaba imaginándose el teléfono móvil. Pero no alcanzó a suponer que ese aparato facilitaría, además, el ejercicio efectivo de la libertad de expresión convirtiendo a los ciudadanos en sujetos generadores y difusores de opinión en los distintos foros y ágoras alojados en la red. Tampoco llegó a sospechar los desafíos que sobre cuestiones como la intimidad y la privacidad de las personas deberían abordar los legisladores en la era digital.

Durante la vida los humanos mostramos infinidad de evidencias de nuestro paso por el mundo real. Como clientes habituales del bar de la esquina dejamos día tras día huellas que permiten al camarero conocer nuestras preferencias: café con leche, cortito de café, leche templada, sacarina y vaso de agua del tiempo. Cuando el camarero nos ve entrar nos ha surtido el producto antes de que alcancemos la barra. ¿Cortesía? Sí. Pero también información, o sea, poder en manos del camarero. Si, además, en uno de esos días de bajón, le confesamos el problemilla que nos acucia y amarga la existencia, más poder para el camarero. Esto multiplicado por cien clientes resulta un sinfín de datos personales acumulados y de cuotas de poder alcanzadas. El camarero nos cobra el café y hasta puede llevarse una propina, pero no nos paga por ese conocimiento que sobre nosotros hemos ido transfiriéndole diariamente y del que podría hacer uso en cualquier momento y por una variedad de motivos.

Cuando a través de los dispositivos electrónicos accedemos al universo digital también queda rastro de nuestra presencia. Como usuarios de las redes sociales suministramos toneladas de información acerca de nuestra identidad que es depositada y sistematizada en las múltiples bases de datos creadas por las empresas que operan digitalmente. Estas bases no solamente contienen los habituales datos personales que nos identifican, sino también informaciones, quizás inapreciables, pero precisas y valiosas por conformar un reducto aún más íntimo de nuestra privacidad. La combinación de todos y cada uno de los vestigios de nuestro viaje digital permite trazar de manera nítida un perfil sobre nuestros gustos y preferencias, tanto en el ámbito comercial, siendo un tesoro informativo para la publicidad on line, como en el ideológico o religioso, constituyendo información marcadamente sensible. Pero también como miembros, por ejemplo, de un grupo de whatsapp dejamos la impronta de nuestro estilo de vida, de nuestro propio carácter, y, hasta en momentos determinados, de nuestro estado de ánimo, siendo fácilmente percibido. Las  conexiones con el mundo virtual generan un rico patrimonio digital del que somos propietarios soberanos pero desconocemos si es usado por ajenos y para qué fines.

El interés por la protección y conservación de este patrimonio no es nuevo. Hace años Pekka Himanen en su libro La ética del hacker y el espíritu de la era de la información advirtió que la privacidad no es algo que se dé por sentado en la era electrónica. Exige una protección mucho más decidida que en cualquier otra época siendo una cuestión no sólo de ética sino también tecnológica, que requiere un esfuerzo exigente de cooperación. La cuestión se ha vuelto a suscitar recientemente con la construcción por Telefónica de una plataforma tecnológica que permite a los usuarios el control sobre sus datos personales, garantizándoles privacidad y seguridad. Según el presidente de la operadora, Álvarez-Pallete ¿otro visionario?, con el avanzado sistema cada persona ostentaría la soberanía sobre los datos de su vida digital administrándolos y disponiendo de ellos mediante la cesión de su uso a terceros a cambio de un precio. Una auténtica innovación, tanto tecnológica como social. En todo proceso de innovación, la pregunta clave no es el qué, sino el cómo. O lo que es lo mismo ¿quién nos servirá el café?