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HERRERA ORIA, CATÓLICO EJEMPLAR.

El 28 de julio de 1968 Angel Herrera Oria, Cardenal de la Iglesia católica, fallecía en Madrid. Durante su vida como fiel laico fue un ágil emprendedor de obras sociales, políticas y culturales, dejando a su muerte una huella indeleble en el laicado católico con su ideal de un catolicismo sólidamente formado y preparado para ser influyente en la vida pública.

Desde muy joven, Herrera asumió que un grupo de hombres buenos, reunidos en nombre de Dios, puede cambiar unas estructuras, una sociedad, e incluso, en un momento dado, la historia de una nación. Siempre recordaba como un Pablo convertido cambió el mundo. Fue pionero de las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la misión preferencial de los seglares en la configuración de un orden social y político más justo a la luz del Evangelio. Vislumbró cómo los retos decisivos se libran en el espacio público, en el que deben estar los católicos aceptando las condiciones del juego. Gusten o no esas condiciones. Porque no es cristiano replegarse. Menos aún, tener miedo. Para Herrera el cristiano o es hombre público o no es cristiano. El católico que no actúa en la esfera social deja de ser católico y malogra el triunfo de sus ideas. Su ámbito idóneo de acción es la calle, la plaza. Más que la sacristía. Lo público es el hábitat natural del católico: el lugar en el que como hombre se siente evangélicamente realizado.

Hoy la Iglesia que no evangeliza deja de ser Iglesia. La religión no es cuestión de cristianos reunidos en las parroquias, sino de tener cristianos en la política, economía, educación, cultura y, hasta, en los deportes. Cristianos permanentemente en las calles, como los quiere el Papa Francisco. Saliendo al encuentro del mundo y de los desafíos que plantea. Abriendo nuevos caminos de anuncio, creando cauces de diálogo con quien no piensa ni cree como católico, sin imposiciones, pero tampoco sin renunciar a las verdades absolutas. El púlpito ya no está en las iglesias; a las iglesias van los convencidos; hay que buscar la verdad y compartirla; acompañar a los que dudan, a los que no creen, a los que transitan sin rumbo por la vida; a los que no ven a Dios pero le buscan a todas horas. Porque hoy son muchos los que al rezar encuentran con el corazón al Dios que luego rechazan con la inteligencia.

En esta época de fuertes tensiones espirituales, de confusionismo ideológico o de crisis materiales espectaculares, cuando parece que nada es seguro y que todo está en juego, conviene recordar a católicos ejemplares como Herrera Oria.