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LA EDUCACIÓN COMO PRINCIPIO (ABC 9 de Septiembre de 2015)

Hace tiempo que las naciones dejaron de ser poderosas por dominar tierras infinitas. El liderazgo pasó entonces a medirse por la potencia armamentística. Luego, por el empuje económico. El vigor de un país reside hoy en contar entre sus ciudadanos con excelentes profesores y científicos en las Universidades y laboratorios mas prestigiosos del mundo, influyentes artistas, deportistas e intelectuales en las culturas del orbe, sólidos teólogos en encuentros ecuménicos sobre la fe, sagaces políticos en la diplomacia y los Tratados, brillantes militares en la estrategia global, briosos empresarios y financieros en los mercados mundiales o ejemplares cooperantes con la solidaridad internacional. Y, por supuesto, disponer de una sociedad bien educada e instruida. Pascal definió la buena educación como aquello que permite a una persona estar a solas sentada en una habitación a oscuras, sin sentir aburrimiento, aprehensión y, por supuesto, tampoco miedo. Sin pretender apostillar a Pascal, podríamos considerar también como bien educada a aquella persona cuyo silencio lo invade todo al tomar la sopa.

En el caso que nos ocupa, educar comprende tanto la instrucción como la formación humanas necesarias para que un niño se enfrente debidamente preparado ante el ambiente social en que ha de moverse y proporcionarle la madurez precisa para que emprenda con garantía de éxito su trayectoria vital. Educación y enseñanza han tenido así, y seguirán teniendo, una influencia determinante en la fortaleza material y el valor espiritual de un pueblo. Dotarse de ese preciado capital humano depende de hacer las cosas bien en dos ámbitos: la familia y la escuela. Ambos deben estar exentos de ideología y plenos de cariño y afecto. El primer deber de los padres es educar a sus hijos. Es también su derecho. El objetivo prioritario de un legislador es la fijación de un consistente y macizo sistema educativo por encima de oportunismos políticos, dirigido a estimular el talento y premiar el esfuerzo del discípulo, y a reconocer la auctoritas y proteger el prestigio del maestro.

En los últimos años diagnosticar la quiebra nacional ha sido tarea fácil. Ha bastado con oídos atentos y ojos despiertos para captar la desesperación y la impotencia de tantas personas ante sus vidas desechas por la crisis económica. Prácticamente todos los campos de la actividad humana han padecido necesidad de remedios urgentes y sufrido el impertinente malestar de la escasez. La fractura de la sociedad española ha sido verificada por diversos especialistas: los economistas la achacaban a prácticas financieras devastadoras; los juristas la imputaban al abuso del derecho; los sociólogos la atribuían a la injusticia y desigualdad sociales; los moralistas cargaban contra el resquebrajamiento de los valores éticos. Hasta los hombres de Iglesia han señalado un evidente espíritu religioso de indiferencia, cuando no postizo. Se hablaba insistentemente de crisis económica superficial y coyuntural, de crisis institucional subterránea pero transitoria, o de profunda y permanente crisis de valores. Pero tales diagnósticos se antojan parciales y sin exhaustividad. Son insuficientes. Aquellos reveses y adversidades no son la raíz del problema, sino sus derivaciones. El verdadero drama nacional radica en la enfermedad de nuestra educación. En los últimos tiempos en España muchos padres no educan a sus hijos como debieran y el sistema educativo tampoco facilita al maestro la misión de enseñar como se debe hacer. Estos fallos en los entornos familiar y escolar se multiplican en sectores sociales claves, como el laboral y el profesional, acarreando obstáculos a la prosperidad del país. Cercenando nuestro futuro como sociedad.

Educar y enseñar, con sus confluyentes tareas de memorización, práctica y aprendizaje, además de definirnos nítidamente como seres humanos, contribuyen a hacernos mas libres y responsables. Una esmerada erudición y una apreciada urbanidad constituyen también conquistas que nos facilitan la promoción social ensanchando el espacio de las clases medias. Incluso, a menudo, nos protegen contra nuestros peores instintos que tienden a esclavizarnos maniatándonos con las redes de la codicia, la barbarie y el odio. Casos como la corrupción política o empresarial, el acoso escolar o laboral, la violencia machista, el ultraje a los símbolos de la nación o el insulto vía Twiter son claros ejemplos de mala educación que nos devuelven a estadios asilvestrados. Bien está afanarse por la recuperación económica, la restauración del derecho vulnerado, la reparación de la justicia infringida, la moralización de la vida pública y  privada o la renovación del espíritu religioso. Pero todo esto no producirá una sanación segura y duradera mientras no aceptemos el remedio superior: la curación de la educación y su ordenación como principio de las demás obras humanas. Es preciso adquirir la firme convicción de que si no salvamos la educación perecerá todo con ella. Lo dejó dicho el escritor H.G. Wells: la historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe.

 

SOBERANOS DIGITALES (El Mundo 2 de Marzo de 2017)

Dentro de veinticinco años la Humanidad contará con aparatos de transmisión que cabrán fácilmente en un bolsillo. Todo el mundo podrá difundir emisiones para decir a la familia, por ejemplo, que llegará tarde a casa. Este vaticinio fue pronunciado en 1948 por Frank Stanton, presidente de la Columbia Broadcasting System. Sin duda, que el visionario estaba imaginándose el teléfono móvil. Pero no alcanzó a suponer que ese aparato facilitaría, además, el ejercicio efectivo de la libertad de expresión convirtiendo a los ciudadanos en sujetos generadores y difusores de opinión en los distintos foros y ágoras alojados en la red. Tampoco llegó a sospechar los desafíos que sobre cuestiones como la intimidad y la privacidad de las personas deberían abordar los legisladores en la era digital.

Durante la vida los humanos mostramos infinidad de evidencias de nuestro paso por el mundo real. Como clientes habituales del bar de la esquina dejamos día tras día huellas que permiten al camarero conocer nuestras preferencias: café con leche, cortito de café, leche templada, sacarina y vaso de agua del tiempo. Cuando el camarero nos ve entrar nos ha surtido el producto antes de que alcancemos la barra. ¿Cortesía? Sí. Pero también información, o sea, poder en manos del camarero. Si, además, en uno de esos días de bajón, le confesamos el problemilla que nos acucia y amarga la existencia, más poder para el camarero. Esto multiplicado por cien clientes resulta un sinfín de datos personales acumulados y de cuotas de poder alcanzadas. El camarero nos cobra el café y hasta puede llevarse una propina, pero no nos paga por ese conocimiento que sobre nosotros hemos ido transfiriéndole diariamente y del que podría hacer uso en cualquier momento y por una variedad de motivos.

Cuando a través de los dispositivos electrónicos accedemos al universo digital también queda rastro de nuestra presencia. Como usuarios de las redes sociales suministramos toneladas de información acerca de nuestra identidad que es depositada y sistematizada en las múltiples bases de datos creadas por las empresas que operan digitalmente. Estas bases no solamente contienen los habituales datos personales que nos identifican, sino también informaciones, quizás inapreciables, pero precisas y valiosas por conformar un reducto aún más íntimo de nuestra privacidad. La combinación de todos y cada uno de los vestigios de nuestro viaje digital permite trazar de manera nítida un perfil sobre nuestros gustos y preferencias, tanto en el ámbito comercial, siendo un tesoro informativo para la publicidad on line, como en el ideológico o religioso, constituyendo información marcadamente sensible. Pero también como miembros, por ejemplo, de un grupo de whatsapp dejamos la impronta de nuestro estilo de vida, de nuestro propio carácter, y, hasta en momentos determinados, de nuestro estado de ánimo, siendo fácilmente percibido. Las  conexiones con el mundo virtual generan un rico patrimonio digital del que somos propietarios soberanos pero desconocemos si es usado por ajenos y para qué fines.

El interés por la protección y conservación de este patrimonio no es nuevo. Hace años Pekka Himanen en su libro La ética del hacker y el espíritu de la era de la información advirtió que la privacidad no es algo que se dé por sentado en la era electrónica. Exige una protección mucho más decidida que en cualquier otra época siendo una cuestión no sólo de ética sino también tecnológica, que requiere un esfuerzo exigente de cooperación. La cuestión se ha vuelto a suscitar recientemente con la construcción por Telefónica de una plataforma tecnológica que permite a los usuarios el control sobre sus datos personales, garantizándoles privacidad y seguridad. Según el presidente de la operadora, Álvarez-Pallete ¿otro visionario?, con el avanzado sistema cada persona ostentaría la soberanía sobre los datos de su vida digital administrándolos y disponiendo de ellos mediante la cesión de su uso a terceros a cambio de un precio. Una auténtica innovación, tanto tecnológica como social. En todo proceso de innovación, la pregunta clave no es el qué, sino el cómo. O lo que es lo mismo ¿quién nos servirá el café?

EL ALMA DE EUROPA (La Razón 27 de noviembre de 2014)

El Papa Francisco ha pronunciado un discurso de contenido penetrante y lúcido en el Parlamento Europeo, la cima política del Viejo continente. Es la primera vez que un Papa no europeo habla a Europa sobre Europa. Pero ha lanzado igual mensaje que sus predecesores ante el mismo asunto. No ha arriesgado un pronóstico sino que ha ofrecido un panorama. Y éste no resulta alentador. Europa parece postrada, sin vitalidad y con graves dolencias morales. Sufre un proceso de descomposición. Esta “familia de pueblos” está necesitada de resurrección material y de renacimiento espiritual. Pero aún hay esperanza. Posee condiciones suficientes, su gran tesoro secular, sus raíces cristianas, para rehacerse y recuperar de nuevo su indispensable concurso en un mundo cuyo centro de gravedad ya no es ni será europeo.

El Pontífice ha reivindicado la grandeza de Europa al abanderar, tras los horrores de las posguerras mundiales, la defensa de la dignidad humana y de un sistema de valores compatible con el reconocimiento de una concepción cristiana de la existencia. Aquella levadura a base de la triple tradición griega, romana y judeocristiana ha hecho posible levantar la estructura democrática de una Europa nueva y unida como contrafuerte de civilización ante la barbarie. Y en el centro de ese renovado espacio se situó a la persona como ser sagrado que posee un destino libre y personal. Las pinturas de Rafael en el Vaticano representando a Platón y a Aristóteles en la Escuela de Atenas es, según el Papa, una alegoría de la historia de Europa: un “permanente encuentro entre el cielo y la tierra”. Es la idea cristiana liberadora de que el hombre tiene un lazo de unión con el Creador soberano que lo ha hecho a su imagen y semejanza.

El Papa Francisco nos advierte de los peligros de reducir el patrimonio del hombre a solo lo terreno. Y lo terreno visto, además, a la luz de la sola razón individual. El resultado es, de nuevo, fatal: el individuo como simple número expuesto a ser sacrificado como algo inútil por la comunidad. Es el olvido de Dios. Ante la zozobra que corroe al Continente europeo, las palabras del Santo Padre han sido como un aldabonazo en las conciencias de aquellos que prefieren ignorar que el hilo central de lo europeo es precisamente el cristianismo. Y que el alma de Europa es su concepto de vida y de sociedad: Dignidad y trascendencia.

CARDENAL HERRERA ORIA (ABC 21 de Febrero de 2015)

Para muchos madrileños estas tres palabras designan en la capital una gran avenida y una estación del Metro. Pero Angel Herrera Oria (Santander, 1886-Madrid, 1968), es una figura que emerge admirable en la evangelización de la España contemporánea. Luchó incansablemente, primero como seglar (abogado del Estado y periodista), y después como religioso (sacerdote, obispo y cardenal), por una sociedad mas justa y mas cristiana ejerciendo influencia extensa y decisiva en el escenario nacional del siglo XX. El 22 de febrero se cumple, precisamente, el L aniversario de su proclamación cardenalicia por Su Santidad Pablo VI (quien con afecto le llamaba el Maritain español). El azar, o quizás la Providencia, ha querido que también cincuenta años mas tarde dos prelados españoles, Ricardo Blázquez y Jose Luis Lacunza, sean investidos de la púrpura cardenalicia por el Papa Francisco.

Herrera fue un adelantado a su tiempo. Un audaz emprendedor dotado del don de la anticipación y del talento de la perseverancia. Como fundador y primer presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, instrumento de modernización del catolicismo español y cuyo carisma radica en un coherente ser y estar del católico en la vida pública, se anticipó a una de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, el papel activo y autónomo del laicado como agente de evangelización. Fruto de ese carisma, formó minorías como levadura de movimientos sociales hondamente reformadores y alumbró propuestas creativas de fuerza innovadora en ámbitos claves como la educación (CEU), la prensa (Editorial Católica: red de diarios como El Debate o El Ya), y hasta la política (CEDA). Como hombre de gran inquietud social se erigió en lo que hoy sería un preclaro paradigma al servicio de la penetrante predicación papal de Francisco: La Iglesia es misionera. Salid a las periferias.

Ese afán por socorrer a los más necesitados y marginados (llegó a ser capellán de prisiones), presidió toda su vida estimulando la conciencia social de los españoles fiel al mensaje de Cristo. Si quieres darte a la vida activa, llénate primero de vida interior, decía Herrera. Monseñor Benavent, su obispo auxiliar y estrecho colaborador, comentaba de él que “se llenaba primero para después dar”. Su espiritualidad bebía en fuentes ignaciana y carmelitana. Su apostolado disponía de dos preciadas cualidades: la oración y la acción. La primera, en soledad y hacia el interior; la segunda, vertida hacia fuera, compartida y divulgativa. Como árbol lleno de fruto y repartiendo fruto. Su acción más prioritaria consistió en crear fecundas obras. Obras, y obras grandes, piden los días magníficos que vive el mundo, solía decir. La mayoría de ellas destinadas a erradicar la pobreza y la exclusión social y a transformar a los hombres por medio de la educación: Cáritas, Instituto Social Obrero, Instituto Social León XIII, Confederación Nacional Católica Agraria, Biblioteca de Autores Cristianos, Escuela de Ciudadanía Cristiana, el ya citado CEU o sus muy queridas Escuelas-Capilla Rurales, ingente obra misional y formadora en la provincia de Málaga, en cuyas áreas rurales aisladas y deprimidas hace más de sesenta años el analfabetismo alcanzaba el 70%. El logro de las Escuelas-Capilla fue de gran envergadura. Benavent lo narró así: “La cultura y el Evangelio llegaron a los rincones más inaccesibles de la diócesis, situados lejos de la parroquia, del médico, de la escuela, sin luz eléctrica ni otra vía de comunicación que los cauces de los ríos o los vericuetos y sendas de la montaña”. Cuando en 1968 muere el Cardenal, más de 30.000 niños y adolescentes malagueños sabían leer y escribir, además de rezar.  Otorgó importancia suprema a la educación como medio elevador del nivel social de las gentes. A esta fructífera tarea se consagró con su inagotable espíritu de sacrificio. Su potencia educativa tenía una manifiesta raíz cristiana: el amor hacia el otro. Sólido y pétreo basamento. No hay educación posible sin el afecto, la amistad y la ternura de quien transmite conocimientos y enseñanzas por el que los recibe.

Desde 1947, como Obispo de Málaga, sus homilías eran escuchadas con gran fervor en una catedral abarrotada y en plenas calles por altavoces que las retransmitían a través de Radio Nacional. Aún viven malagueños que con lágrimas en los ojos recuerdan a don Angel, el Siervo de Dios, en camino de ser elevado a los altares. Cuentan que durante una celebración del Sacramento de la Confirmación, Herrera Oria iba preguntando a los muchachos por los requisitos que debían concurrir en la comisión de un pecado mortal. Todos respondían como papagayos con la literalidad del Catecismo: “materia grave, advertencia plena o suficiente y pleno consentimiento de la voluntad”.  De pronto, un chiquillo, con el habitual gracejo malagueño espetó como respuesta: Que lo zea, que lo zepa y que lo quiera. Sorprendido el prelado le dijo al interrogado: “Veo que tú has entendido y aprendido muy bien el Catecismo”. Y ya no preguntó más.

 

¿DIMISIÓN DE LA UNIVERSIDAD? (Expansión 25 de Marzo de 2017)

En estas páginas (Expansión, 12/01/17), expuse cuál era según Ortega y Gasset en Misión de la Universidad el reto no abordado aun por ésta: Actualizarse y ser permeable a la realidad; y cómo se actualiza: Comprometiéndose socialmente con su entorno y conectando con la realidad. Veamos ¿cuál es el compromiso social de la Universidad? ¿cómo se conecta con las demandas sociales? y ¿qué falla en ella: sus recursos o sus resultados?

Empecemos por lo último. Trabajar es ocuparse en cualquier tarea. También realizar un esfuerzo, aunque el resultado sea nulo. Un hombre puede pasarse toda una jornada sosteniendo una gran piedra para que no ruede por una pendiente, pero al final, la piedra se le cae. Ha trabajado todo el día, pero sin resultado, sin eficacia. De haber colocado la piedra en el suelo apoyándola en una cuña hubiera logrado su propósito. Ocurre lo mismo a la Universidad. Emplea sin eficiencia recursos humanos y materiales arrojando resultados negativos. Urge una revisión del modelo tradicional con búsqueda de nuevas fórmulas que optimicen el resultado. La meta es lograr una Universidad financieramente viable con gobierno y gestión eficientes; ecológicamente aceptable con modelos respetuosos con el medio ambiente en accesibilidad y movilidad en los campus, eficiencia energética, agua, residuos; y socialmente responsable, según anhelaba Ortega: una Universidad como agente central del desarrollo social que convierta a estudiantes en ciudadanos excelentemente formados y preparados para mejorar la sociedad.

En eso consiste el compromiso social de la Universidad. El propósito de la educación superior no es el de proporcionar posibilidades para alcanzar una ventaja económica sobre los que han sido menos afortunados. La Universidad significa mucho más que eso. Quienes consiguen formarse e instruirse deben hacerlo pensando en contribuir algún día al progreso de su país. El éxito no debiera medirse en dinero, sino en retorno social. Esa es la responsabilidad del educando y es también el compromiso social de la institución educadora La razón última de todo un sistema educativo.

¿Cómo se conecta la Universidad con las demandas sociales? Saliendo al encuentro de la empresa y consolidando con ella una alianza estable y duradera. Históricamente, las fronteras universitarias han permanecido cerradas a la actividad empresarial. Apenas hay flujo de I+D desde las aulas y laboratorios universitarios a las áreas y departamentos tecnológicos de las empresas. La conexión exige la creación de un ecosistema como punto de encuentro entre los agentes de innovación que dinamice ésta. Ese es el objetivo de los parques de innovación, que constituyen un estadio superador de los parques cientificos y de los parques tecnológicos. Los primeros, liderados por la Universidad, creaban empresas con base en la investigación académica; los tecnológicos, liderados por la Administración pública, apostaban por empresas tecnológicas afines. Los parques de innovación son liderados por la Universidad, empresa y Administración pública y, al aglutinar ciencia y conocimiento con esquemas de mercado y medidas de fomento público, accionan proyectos de innovación que responden a la demanda social, logrando en cinco años lo que se conseguiría durante toda una generación. Un parque de innovación genera ideas e invenciones, las filtra, desarrolla proyectos de I+D+i, facilita la creación de empresas, genera licencias de explotación e imparte formación, mostrando una imagen expansiva, colaborativa y abierta de los campus universitarios.

Ortega concebía a la Universidad apoyada sobre dos pilares: la  generación y difusión de conocimiento y la búsqueda de respuesta a los problemas sociales. Lleva un siglo tambaleándose sostenida únicamente sobre el primer apoyo. Su rentabilidad, su existencia será difícil con solo la actividad formativa. O se reforma para cumplir su misión o dimite de la misma dejando paso a organizaciones más ágiles.

LA UNIVERSIDAD DEL SIGLO XXI (Expansión 12 de Enero de 2017)

¿Por qué el mundo de la empresa ha evolucionado considerablemente en las últimas décadas y el mundo universitario no? ¿Es necesaria una revisión del modelo de docencia y del sistema de investigación existentes actualmente en las aulas universitarias? ¿Está renunciando la Universidad a su compromiso social de ser promotora de progreso y bienestar?

Hace un siglo, Ortega y Gasset en Misión de la Universidad identificó los dos retos que debía abordar la Universidad: Universalizarse, en el sentido de universalizar el saber, democratizarlo, a fin de que cualquiera pudiera acceder al conocimiento y a la ciencia. Este logro es hoy una realidad. Y si quedaban zonas de penumbra, la plenitud se ha alcanzado de la mano de las tecnologías digitales tanto de la información y la comunicación (TIC), como del aprendizaje y del conocimiento (TAC). Una persona dotada de un terminal digital puede acceder desde cualquier lugar del planeta a cursar los denominaos MOOC (Massive Online Open Courses = Cursos online masivos y abiertos).

El segundo reto de la Universidad según Ortega era el de actualizarse, lo que exigía que los campus universitarios fueran permeables a una realidad cambiante. A diferencia del primer reto, éste sigue aún pendiente. Hoy las Universidades parecen ser meros edificios en donde se imparten cursos y se otorgan títulos universitarios. Muchas de ellas no son viables financieramente dificultando su misión. Otras tantas no logran repercusiones sociales relevantes en su cometido de erigirse en centros de alta cultura y elevada investigación. Son pocos los universitarios que, al concluir sus estudios, se convierten en verdaderos agentes de dinamización y transformación social. Pero ¿Cómo se actualiza la Universidad? Abriéndose a la realidad, introduciéndose en el contexto social, sumergiéndose en los grandes asuntos del día. Es decir, situándose en medio de la vida para poder alumbrar soluciones a los desafíos de la sociedad. Si la Universidad logra actualizarse vivirá la realidad y ésta vivirá de la Universidad.

Hasta ahora la Universidad ha funcionado como espacio de conocimiento y de ciencia. Sin dejar de serlo debe actuar, además, como un ecosistema de aprendizaje continuo, abierto y colaborativo. Un espacio favorable para el emprendimiento y  la innovación social, dando paso a un modelo de docencia e investigación más depurado y eficaz que promueva en el alumno una actitud más activa y creativa en su proceso de formación logrando una mayor sintonía con el profesor. Y en esta nueva misión la Universidad debiera contar con un buen aliado como es la empresa, que ha demostrado como pocas instituciones sociales una portentosa capacidad de adaptación a los cambios. Son muchas las empresas que deben su viabilidad a la aplicación de lo que sus físicos, químicos, matemáticos, ingenieros y demás profesionales aprendieron en las Universidades. ¿Por qué la empresa no puede contribuir recíprocamente estrechando sus vínculos con los campus universitarios?

Nuestros futuros profesionales se enriquecerían con más y mejores aptitudes para estudiar, investigar e innovar, respondiendo a los continuos retos exigidos por el acelerado ritmo de los cambios sociales y económicos. Así, la Universidad volvería a recuperar su compromiso social, ejerciendo plenamente su doble misión de formar, por un lado, profesionales eficaces, pero también íntegros y honestos, y, por otra parte, de contribuir al desarrollo y mejora del tejido social. Este es el reto para el siglo XXI: Una Universidad que se transforma y, a la vez, transforma la sociedad. Buena manera de actualizarse y de ser permeable a la realidad como indicó Ortega.

LA FECUNDIDAD DE LO EFÍMERO (Expansión 2 de Octubre de 2014)

Comparada con el sinfín de años que arrastra la Humanidad, la vida de cada ser  humano se revela inmensamente breve, excesivamente frágil, fácilmente destructible. Aún así, hay trayectorias vitales que, desafiando su naturaleza efímera, estampan una huella que permanece indeleble al finalizar su recorrido. La ciencia, la cultura, pero también la economía o la política, son campos en donde las nobles manifestaciones humanas, ya sean materiales o espirituales, labran su surco perdurable y sobreviven a sus creadores. Esa perenne creación resulta mejor propiciada cuando concurren cualidades innatas al autor junto con favorables condiciones del entorno. Si el talento individual, por ejemplo, se ejercita en una atmósfera de libertad el fruto obtenido es aún de gran dimensión alcanzando el beneficio a un mayor número de recolectores.

Decía J.M. Keynes que la economía necesita de un motor que funcione. En los sistemas de libre mercado ese motor fue la iniciativa particular que ha generado mayores cotas de progreso y promoción social frente a los modelos estatalistas o planificados, más proclives a reducir lo económico a escombros. Por ello, la ciencia empresarial moderna considera como factores determinantes para el emprendimiento y la innovación los escenarios libres exentos de directrices y la pujanza creativa e intrépida de los actores intervinientes. Y en esta nueva concepción esos actores ya no se organizan ni actúan con vistas únicamente a una mayor producción con el máximo descenso de costes y a una mejor expansión del consumo bajo el objetivo de obtener grandes beneficios. La hora actual resulta favorable para proponer un espíritu de mayor colaboración por parte de la empresa que la convierta en un magnífico campo en el que conjugar el principio de la libertad individual con las exigencias del bien común y las concepciones sociales de nuestro tiempo. La responsabilidad social corporativa o la emergente economía colaborativa son ejemplo de este nuevo espíritu. Porque económicamente hoy un individualismo excesivo no solo resulta incompatible con el altruismo, sino que además es corto de vista y poco ético.

Recientemente el empresariado español ha perdido a dos de sus máximos exponentes para entender el imparable proceso de modernización e internacionalización de nuestra economía en los últimos treinta años. Comerciantes pioneros, revolucionarios y estrategas, uno en el sector de la banca, otro en el de la distribución, con mucho en común. Curiosamente, su pertenencia a la misma generación. Esencialmente, su vocación y su talento empresariales, su esfuerzo y dedicación inagotables y, sobre todo, el efecto multiplicador de su gestión: lo que recibieron, lo multiplicaron. Comprometidos con el interés general de su nación y el bienestar y progreso de sus conciudadanos crearon riqueza y generaron empleo. Quizás no fueran eruditos en la suprema ciencia económica, pero sí fueron expertos en afrontar las siempre arriesgadas turbulencias de los cambios con coraje y lucidez y actuaron como profundos conocedores de las preferencias del cliente. Ya lo dijo Von Mises: “Quien establece lo que debe producirse no son los empresarios, ni los agricultores, ni los capitalistas, sino los consumidores”. Emilio Botín e Isidoro Alvarez siempre prestos a ayudar elevándose sobre los intereses de partido cuando estuvieron en juego cuestiones de Estado, perseverantes en el apoyo y la promoción de la educación, la ciencia, la cultura o el deporte. Desde su discreción y una sobriedad cuasi monacal valoraban más la sociedad que el poder. Las empresas que dirigieron, Banco de Santander y El Corte Inglés, son hoy señas de identidad nacional que dan brillo a nuestra Marca España.

El reconocimiento patrio a su meritoria trayectoria es generalizado. Pero ha sido inevitable cierta inclinación tendenciosa al reproche y al afeamiento propia de una mentalidad jacobina y decimonónica que sigue anclada en la imagen de empresarios implacables como señores gruesos en un salón de selecto club privado con atmósfera de habanos, y mientras, masas explotadas y fatigadas que salen de grandes y feas fábricas bajo el humo sucio de las chimeneas. Lamentablemente algunos aún andan obcecados en confundir el beneficio con el saqueo pregonando que todo el bien está en el intervencionismo público y todo el mal en la iniciativa privada, responsabilizando a ésta de la crisis económica e, incluso, de las nuevas epidemias y del recalentamiento de la atmósfera.

Las promociones de estudiantes que hoy aprenden en nuestras Universidades a cómo ser  audaces emprendedores y empresarios innovadores, y no simples hombres de negocios, deben fijarse en un modo excepcional de ser y de hacer encarnado en personas como Emilio Botín e Isidoro Alvarez, pero también en miles y miles de comerciantes desconocidos y anónimos que con su libre iniciativa día a día logran sacar adelante en España sus proyectos empresariales con propósito de permanencia y con ambición de prosperidad colectiva. Porque ciertamente, nuestras vidas son muy cortas y sería una ruina malograr su imperecedera fecundidad por egoísmo o cualquier otro comportamiento disolvente.

DE CARRERAS Y REVOLUCIONES (La Vanguardia 27 de Julio de 2013)

En algo están de acuerdo defensores y detractores de la Ley Wert: el sistema educativo se halla en estado de emergencia. Se impone, de un lado, reducir ese lacerante 25% de fracaso escolar, y de otro, lograr una mejoría en el rendimiento y en el esfuerzo. Si no, las consecuencias serán letales. Con alumnos mal formados se resentirá el nivel académico de nuestros universitarios y la calidad de nuestros profesionales e investigadores no será la mejor posible sumiendo a España en la postración. Sin potenciar el talento, sin recompensar el mérito, no hay sistema educativo. Escasea en el alumno el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos. Y debe exigírsele el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.

También urge destinar más recursos económicos y mejor capital  humano a la educación y a la investigación. Suelen decir los alemanes: si la vaca es flaca, ¿cómo queréis que dé mucha leche? ¡Darle más heno! Las coyunturas económicas desfavorables se toleran mucho mejor con modelos productivos en los que aumenta la inversión en formación e investigación. La cifra de 56% de desempleo juvenil y la correlativa emigración de nuestra juventud en búsqueda de trabajo, incluida la denominada fuga de cerebros, debiera convencernos de la decisiva influencia que tiene la escuela en el desarrollo y el bienestar de los pueblos. Proporciona la instrucción y formación humanas para que el joven se enfrente debidamente preparado con el ambiente social en que ha de moverse y aporta al futuro universitario la madurez precisa para emprender con garantía de éxito su formación especializada en una economía ya global y por ello más competitiva. Pero la escuela está lejos de este ideal. Y este desfase contagia a la Universidad impidiéndole que actúe como generadora de conocimiento a través de la formación, la investigación y la  innovación.

Decía H.G. Wells que la historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe. Un coetáneo suyo, Gramsci, proclamó que las auténticas revoluciones no se hacen en las fábricas sino en las escuelas.  La  educación es una cuestión crucial para el óptimo desarrollo de cada hombre y para el progreso de toda la sociedad. La democracia prospera fácilmente allí donde existe una opinión pública robustecida por una sólida educación.

LOS REDENTORES (El Mundo 23 de Enero de 2015)

Según Karl Popper solo se conocen dos alternativas: la dictadura o alguna forma de democracia. “Y lo que nos decide a escoger entre ellas no es la excelencia de la democracia, que podría ponerse en duda, sino únicamente los males de la dictadura, que son indiscutibles”. El uso indiscriminado de la fuerza y el aniquilamiento del adversario son perversiones inherentes a las tiranías frente al diálogo y el respeto hacia el que disiente, beneficios exclusivos de sociedades libres y abiertas.

El reciente secretario general del nuevo partido Podemos ha afirmado que va a ganar las elecciones generales de 2015 e “iniciar un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo”. Sin duda, el vigente régimen de Monarquía parlamentaria no le gusta porque, en su opinión, no admite la discusión de todo. Una democracia no se sustituye a sí misma. Solo puede ser reemplazada por una dictadura. El sistema democrático ideal es un sueño. La democracia que tenemos, manifiestamente mejorable, puede y debe mejorarse día a día. Nuestra Constitución respetada pero sin ser objeto de culto como ídolo intocable. Un poder público más transparente y moralizante. También una opinión pública mejor formada, a cubierto de manipulaciones y demagogos. Una democracia regenerada sigue siendo una democracia. Pero la demagogia degenera el sistema democrático y acaba por desnaturalizarlo.

El programa de esta nueva formación evidencia un deseo de ruptura con el régimen actual. Los adalides de procesos revolucionarios se erigen en salvadores y purificadores ante situaciones ruinosas o decadentes y manifiestan la necesidad de una catarsis haciendo tabla rasa del estado anterior. La Historia nos surte de ejemplos en los que el borrón y cuenta nueva se salen con la suya. Cuando un dólar empezó a valer un millón de marcos, Hafnner contaba que cientos de redentores recorrían Berlín, cada uno con su propio estilo. Pero todos con su discurso antisistema contra la República de Weimar. El discurso contrario a nuestra democracia empezó incluso antes de su nacimiento Quien primero lo predicó fue Gonzalo Fernández de la Mora. Posteriormente, desde su propio escaño parlamentario, Blas Piñar prosiguió su oratoria de reproches contra el régimen democrático. Con el paso de los años la soflama antisistema perdió solidez argumentativa para convertirse en alegatos personales. Ruiz Mateos, Jesús Gil o Mario Conde también tacharon las instituciones con las que habían confraternizado antes. Con Podemos la arenga rupturista ha ganado vigencia y ha subido enteros. Una crisis económica descomunal que ha aumentado alarmantemente los umbrales de la pobreza, una marea de corrupción que anega las Administraciones públicas y una incapacidad manifiesta en los dirigentes políticos para poner orden en la inacabable y cansina cuestión territorial han generado un embalse de indignación cuyas consecuencias son el hastío y la desconfianza hacía el régimen y su clase política. Es la hora de nuevos redentores. Y parece que están aprovechando su oportunidad.

Por ahora, resulta llamativo su impreciso posicionamiento ideológico. Según los datos del CIS, el 33% de los encuestados no sabe ubicar ideológicamente a Podemos. En su programa conviven algunas propuestas que podrían ser de general aceptación por la sociedad con otras, la mayoría, radicales y propias de una izquierda decimonónica. En los últimos días, quizás como táctica electoralista, se percibe cierto  “mariposeo ideológico” en sus dirigentes tratando de dulcificar medidas populistas y de corte expeditivo barnizándolas de tinte socialdemócrata. Si nos atenemos a los gestos, canto de la Internacional con  puño en alto, su color es de izquierda. Pero cierto es que tiene seguidores y votantes que en anteriores comicios optaron por la derecha. Con las crisis económicas el malestar social desemboca en desafección ante lo existente. La Historia ha demostrado que en las clases bajas esa desafección discurre hacia al comunismo, mientras que en las clases medias la salida es fascismo. Lo paradójico del nuevo partido es que portando un programa y una estética comunistoide, sin embargo los miembros de su cúpula pertenecen a una clase media, si no acomodada, sí ilustrada: profesores de Universidad, profesionales liberales, gente, en suma, con estudios y “viajada”. No son compañeros del metal ni jornaleros del campo. Su identidad política es cuando menos confusa. Muy propio del redentorismo.

Contaba Gabriel Cisneros, uno de los “padres” de la Constitución, que durante la visita de unos popes rusos a España en plena Transición, se entrevistaron con algunos políticos (él entre ellos), y preguntaron si en la dictadura de Franco se admitía el derecho de propiedad. Al contestar los políticos que sí, los popes no reconocieron mérito alguno al cambio democrático experimentado por nuestra nación ya que según ellos resulta mucho más difícil por revolucionario cambiar de sociedad que de régimen. Esperemos que si el nuevo partido “protesta” se convirtiera algún día en partido de gobierno, no nos cambie ni el régimen ni la sociedad.

Educación en ciencia, no en conciencia.

En su novela Vida y destino, Vasili Grossman pone en boca de unos de sus personajes lo siguiente: antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia siente una alegría inmensa.

El derecho a educar a los hijos es de los padres, de la familia. Lo reconoce nuestra Constitución en su artículo 27 y es una exigencia del Derecho internacional y del Derecho natural. Ciertas ideologías son partidarias de erigir la descarada figura del Estado docente permitiendo a éste imponer su criterio y su doctrina en cuestiones morales y en asuntos más propios de la conciencia que de la ciencia, como si fuera un salvador para el cuerpo social. El resultado es el adoctrinamiento en las aulas, es decir, una clara intromisión ideológica en espacios propios de la personalidad provocando una usurpación de funciones estrictamente parentales. Se arrolla así el principio de subsidiariedad, al invadir un ente superior la esfera de acción de otro inferior. Pero lo más grave es que con las enseñanzas y contenidos impartidos se estaría vulnerando el derecho a la libertad de conciencia de los padres y del hijo en su condición de estudiante.

¿Quién es el Estado: una instancia neutral, objetiva, imparcial en lo ideológico y en lo filosófico, o un partido político o, acaso, una corriente de pensamiento que difunde su propia cosmovisión de la vida? Si el Estado es neutral nada hay de malo en establecer una asignatura que enseñe valores cívicos propios de las sociedades democráticas respetando la libertad y la dignidad de quien piensa de modo diferente. Pero cuando el Estado no es neutral, sino que persigue imponer sus propios puntos de vista, nos encontramos ante un Estado totalitario. Es entonces legítima la defensa de las libertades de educación y de conciencia contra formas abusivas de adoctrinamiento más que de conocimiento, impidiendo el monopolio e imposición de la enseñanza por una autoridad estatal. ¿De qué sirve declarar que el domicilio físico o geográfico de una persona es inviolable, si la conciencia, su domicilio espiritual o moral, no lo es?