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LA FECUNDIDAD DE LO EFÍMERO (Expansión 2 de Octubre de 2014)

Comparada con el sinfín de años que arrastra la Humanidad, la vida de cada ser  humano se revela inmensamente breve, excesivamente frágil, fácilmente destructible. Aún así, hay trayectorias vitales que, desafiando su naturaleza efímera, estampan una huella que permanece indeleble al finalizar su recorrido. La ciencia, la cultura, pero también la economía o la política, son campos en donde las nobles manifestaciones humanas, ya sean materiales o espirituales, labran su surco perdurable y sobreviven a sus creadores. Esa perenne creación resulta mejor propiciada cuando concurren cualidades innatas al autor junto con favorables condiciones del entorno. Si el talento individual, por ejemplo, se ejercita en una atmósfera de libertad el fruto obtenido es aún de gran dimensión alcanzando el beneficio a un mayor número de recolectores.

Decía J.M. Keynes que la economía necesita de un motor que funcione. En los sistemas de libre mercado ese motor fue la iniciativa particular que ha generado mayores cotas de progreso y promoción social frente a los modelos estatalistas o planificados, más proclives a reducir lo económico a escombros. Por ello, la ciencia empresarial moderna considera como factores determinantes para el emprendimiento y la innovación los escenarios libres exentos de directrices y la pujanza creativa e intrépida de los actores intervinientes. Y en esta nueva concepción esos actores ya no se organizan ni actúan con vistas únicamente a una mayor producción con el máximo descenso de costes y a una mejor expansión del consumo bajo el objetivo de obtener grandes beneficios. La hora actual resulta favorable para proponer un espíritu de mayor colaboración por parte de la empresa que la convierta en un magnífico campo en el que conjugar el principio de la libertad individual con las exigencias del bien común y las concepciones sociales de nuestro tiempo. La responsabilidad social corporativa o la emergente economía colaborativa son ejemplo de este nuevo espíritu. Porque económicamente hoy un individualismo excesivo no solo resulta incompatible con el altruismo, sino que además es corto de vista y poco ético.

Recientemente el empresariado español ha perdido a dos de sus máximos exponentes para entender el imparable proceso de modernización e internacionalización de nuestra economía en los últimos treinta años. Comerciantes pioneros, revolucionarios y estrategas, uno en el sector de la banca, otro en el de la distribución, con mucho en común. Curiosamente, su pertenencia a la misma generación. Esencialmente, su vocación y su talento empresariales, su esfuerzo y dedicación inagotables y, sobre todo, el efecto multiplicador de su gestión: lo que recibieron, lo multiplicaron. Comprometidos con el interés general de su nación y el bienestar y progreso de sus conciudadanos crearon riqueza y generaron empleo. Quizás no fueran eruditos en la suprema ciencia económica, pero sí fueron expertos en afrontar las siempre arriesgadas turbulencias de los cambios con coraje y lucidez y actuaron como profundos conocedores de las preferencias del cliente. Ya lo dijo Von Mises: “Quien establece lo que debe producirse no son los empresarios, ni los agricultores, ni los capitalistas, sino los consumidores”. Emilio Botín e Isidoro Alvarez siempre prestos a ayudar elevándose sobre los intereses de partido cuando estuvieron en juego cuestiones de Estado, perseverantes en el apoyo y la promoción de la educación, la ciencia, la cultura o el deporte. Desde su discreción y una sobriedad cuasi monacal valoraban más la sociedad que el poder. Las empresas que dirigieron, Banco de Santander y El Corte Inglés, son hoy señas de identidad nacional que dan brillo a nuestra Marca España.

El reconocimiento patrio a su meritoria trayectoria es generalizado. Pero ha sido inevitable cierta inclinación tendenciosa al reproche y al afeamiento propia de una mentalidad jacobina y decimonónica que sigue anclada en la imagen de empresarios implacables como señores gruesos en un salón de selecto club privado con atmósfera de habanos, y mientras, masas explotadas y fatigadas que salen de grandes y feas fábricas bajo el humo sucio de las chimeneas. Lamentablemente algunos aún andan obcecados en confundir el beneficio con el saqueo pregonando que todo el bien está en el intervencionismo público y todo el mal en la iniciativa privada, responsabilizando a ésta de la crisis económica e, incluso, de las nuevas epidemias y del recalentamiento de la atmósfera.

Las promociones de estudiantes que hoy aprenden en nuestras Universidades a cómo ser  audaces emprendedores y empresarios innovadores, y no simples hombres de negocios, deben fijarse en un modo excepcional de ser y de hacer encarnado en personas como Emilio Botín e Isidoro Alvarez, pero también en miles y miles de comerciantes desconocidos y anónimos que con su libre iniciativa día a día logran sacar adelante en España sus proyectos empresariales con propósito de permanencia y con ambición de prosperidad colectiva. Porque ciertamente, nuestras vidas son muy cortas y sería una ruina malograr su imperecedera fecundidad por egoísmo o cualquier otro comportamiento disolvente.

DE CARRERAS Y REVOLUCIONES (La Vanguardia 27 de Julio de 2013)

En algo están de acuerdo defensores y detractores de la Ley Wert: el sistema educativo se halla en estado de emergencia. Se impone, de un lado, reducir ese lacerante 25% de fracaso escolar, y de otro, lograr una mejoría en el rendimiento y en el esfuerzo. Si no, las consecuencias serán letales. Con alumnos mal formados se resentirá el nivel académico de nuestros universitarios y la calidad de nuestros profesionales e investigadores no será la mejor posible sumiendo a España en la postración. Sin potenciar el talento, sin recompensar el mérito, no hay sistema educativo. Escasea en el alumno el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos. Y debe exigírsele el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.

También urge destinar más recursos económicos y mejor capital  humano a la educación y a la investigación. Suelen decir los alemanes: si la vaca es flaca, ¿cómo queréis que dé mucha leche? ¡Darle más heno! Las coyunturas económicas desfavorables se toleran mucho mejor con modelos productivos en los que aumenta la inversión en formación e investigación. La cifra de 56% de desempleo juvenil y la correlativa emigración de nuestra juventud en búsqueda de trabajo, incluida la denominada fuga de cerebros, debiera convencernos de la decisiva influencia que tiene la escuela en el desarrollo y el bienestar de los pueblos. Proporciona la instrucción y formación humanas para que el joven se enfrente debidamente preparado con el ambiente social en que ha de moverse y aporta al futuro universitario la madurez precisa para emprender con garantía de éxito su formación especializada en una economía ya global y por ello más competitiva. Pero la escuela está lejos de este ideal. Y este desfase contagia a la Universidad impidiéndole que actúe como generadora de conocimiento a través de la formación, la investigación y la  innovación.

Decía H.G. Wells que la historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe. Un coetáneo suyo, Gramsci, proclamó que las auténticas revoluciones no se hacen en las fábricas sino en las escuelas.  La  educación es una cuestión crucial para el óptimo desarrollo de cada hombre y para el progreso de toda la sociedad. La democracia prospera fácilmente allí donde existe una opinión pública robustecida por una sólida educación.

LOS REDENTORES (El Mundo 23 de Enero de 2015)

Según Karl Popper solo se conocen dos alternativas: la dictadura o alguna forma de democracia. “Y lo que nos decide a escoger entre ellas no es la excelencia de la democracia, que podría ponerse en duda, sino únicamente los males de la dictadura, que son indiscutibles”. El uso indiscriminado de la fuerza y el aniquilamiento del adversario son perversiones inherentes a las tiranías frente al diálogo y el respeto hacia el que disiente, beneficios exclusivos de sociedades libres y abiertas.

El reciente secretario general del nuevo partido Podemos ha afirmado que va a ganar las elecciones generales de 2015 e “iniciar un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo”. Sin duda, el vigente régimen de Monarquía parlamentaria no le gusta porque, en su opinión, no admite la discusión de todo. Una democracia no se sustituye a sí misma. Solo puede ser reemplazada por una dictadura. El sistema democrático ideal es un sueño. La democracia que tenemos, manifiestamente mejorable, puede y debe mejorarse día a día. Nuestra Constitución respetada pero sin ser objeto de culto como ídolo intocable. Un poder público más transparente y moralizante. También una opinión pública mejor formada, a cubierto de manipulaciones y demagogos. Una democracia regenerada sigue siendo una democracia. Pero la demagogia degenera el sistema democrático y acaba por desnaturalizarlo.

El programa de esta nueva formación evidencia un deseo de ruptura con el régimen actual. Los adalides de procesos revolucionarios se erigen en salvadores y purificadores ante situaciones ruinosas o decadentes y manifiestan la necesidad de una catarsis haciendo tabla rasa del estado anterior. La Historia nos surte de ejemplos en los que el borrón y cuenta nueva se salen con la suya. Cuando un dólar empezó a valer un millón de marcos, Hafnner contaba que cientos de redentores recorrían Berlín, cada uno con su propio estilo. Pero todos con su discurso antisistema contra la República de Weimar. El discurso contrario a nuestra democracia empezó incluso antes de su nacimiento Quien primero lo predicó fue Gonzalo Fernández de la Mora. Posteriormente, desde su propio escaño parlamentario, Blas Piñar prosiguió su oratoria de reproches contra el régimen democrático. Con el paso de los años la soflama antisistema perdió solidez argumentativa para convertirse en alegatos personales. Ruiz Mateos, Jesús Gil o Mario Conde también tacharon las instituciones con las que habían confraternizado antes. Con Podemos la arenga rupturista ha ganado vigencia y ha subido enteros. Una crisis económica descomunal que ha aumentado alarmantemente los umbrales de la pobreza, una marea de corrupción que anega las Administraciones públicas y una incapacidad manifiesta en los dirigentes políticos para poner orden en la inacabable y cansina cuestión territorial han generado un embalse de indignación cuyas consecuencias son el hastío y la desconfianza hacía el régimen y su clase política. Es la hora de nuevos redentores. Y parece que están aprovechando su oportunidad.

Por ahora, resulta llamativo su impreciso posicionamiento ideológico. Según los datos del CIS, el 33% de los encuestados no sabe ubicar ideológicamente a Podemos. En su programa conviven algunas propuestas que podrían ser de general aceptación por la sociedad con otras, la mayoría, radicales y propias de una izquierda decimonónica. En los últimos días, quizás como táctica electoralista, se percibe cierto  “mariposeo ideológico” en sus dirigentes tratando de dulcificar medidas populistas y de corte expeditivo barnizándolas de tinte socialdemócrata. Si nos atenemos a los gestos, canto de la Internacional con  puño en alto, su color es de izquierda. Pero cierto es que tiene seguidores y votantes que en anteriores comicios optaron por la derecha. Con las crisis económicas el malestar social desemboca en desafección ante lo existente. La Historia ha demostrado que en las clases bajas esa desafección discurre hacia al comunismo, mientras que en las clases medias la salida es fascismo. Lo paradójico del nuevo partido es que portando un programa y una estética comunistoide, sin embargo los miembros de su cúpula pertenecen a una clase media, si no acomodada, sí ilustrada: profesores de Universidad, profesionales liberales, gente, en suma, con estudios y “viajada”. No son compañeros del metal ni jornaleros del campo. Su identidad política es cuando menos confusa. Muy propio del redentorismo.

Contaba Gabriel Cisneros, uno de los “padres” de la Constitución, que durante la visita de unos popes rusos a España en plena Transición, se entrevistaron con algunos políticos (él entre ellos), y preguntaron si en la dictadura de Franco se admitía el derecho de propiedad. Al contestar los políticos que sí, los popes no reconocieron mérito alguno al cambio democrático experimentado por nuestra nación ya que según ellos resulta mucho más difícil por revolucionario cambiar de sociedad que de régimen. Esperemos que si el nuevo partido “protesta” se convirtiera algún día en partido de gobierno, no nos cambie ni el régimen ni la sociedad.

Educación en ciencia, no en conciencia.

En su novela Vida y destino, Vasili Grossman pone en boca de unos de sus personajes lo siguiente: antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia siente una alegría inmensa.

El derecho a educar a los hijos es de los padres, de la familia. Lo reconoce nuestra Constitución en su artículo 27 y es una exigencia del Derecho internacional y del Derecho natural. Ciertas ideologías son partidarias de erigir la descarada figura del Estado docente permitiendo a éste imponer su criterio y su doctrina en cuestiones morales y en asuntos más propios de la conciencia que de la ciencia, como si fuera un salvador para el cuerpo social. El resultado es el adoctrinamiento en las aulas, es decir, una clara intromisión ideológica en espacios propios de la personalidad provocando una usurpación de funciones estrictamente parentales. Se arrolla así el principio de subsidiariedad, al invadir un ente superior la esfera de acción de otro inferior. Pero lo más grave es que con las enseñanzas y contenidos impartidos se estaría vulnerando el derecho a la libertad de conciencia de los padres y del hijo en su condición de estudiante.

¿Quién es el Estado: una instancia neutral, objetiva, imparcial en lo ideológico y en lo filosófico, o un partido político o, acaso, una corriente de pensamiento que difunde su propia cosmovisión de la vida? Si el Estado es neutral nada hay de malo en establecer una asignatura que enseñe valores cívicos propios de las sociedades democráticas respetando la libertad y la dignidad de quien piensa de modo diferente. Pero cuando el Estado no es neutral, sino que persigue imponer sus propios puntos de vista, nos encontramos ante un Estado totalitario. Es entonces legítima la defensa de las libertades de educación y de conciencia contra formas abusivas de adoctrinamiento más que de conocimiento, impidiendo el monopolio e imposición de la enseñanza por una autoridad estatal. ¿De qué sirve declarar que el domicilio físico o geográfico de una persona es inviolable, si la conciencia, su domicilio espiritual o moral, no lo es?

LO QUE NOS PASA (ABC 19 de Julio de 2014)

“No pasa en España nada particularmente grave”. Así comenzaba Julián Marías un artículo publicado en este diario el 12 de noviembre de 1986 bajo el título Anestesia. Con su penetrante y lúcida perspectiva sobre la realidad nacional, Marías mostraba su preocupación por la falta de reacción de los individuos ante ciertas limitaciones de libertades. “Está en curso una operación a gran escala, que podríamos llamar la anestesia de la sociedad española”. Le inquietaba que por la “declinación” de unos y la “indiferencia” de otros, la vida del país careciera de temple y se desvaneciera de entre las manos de los españoles. Sabedor nuestro pensador de que son los hombres quienes buscan activa y fervorosamente los medios necesarios para realizar y defender su concepto de la vida y sus valores esenciales de la sociedad, abogaba por devolver a los ciudadanos la confianza en sí mismos y la convicción de que “en ellos está el poder último de decisión”. Ante el análisis orteguiano de que No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa, hoy sí sabemos lo que nos pasa. No es el hombre para la libertad y la política, sino la libertad y la política para el hombre.

Han transcurrido casi veinte años de aquél atinado diagnóstico y las cosas permanecen prácticamente igual. Atonía y desazón en atmosfera opaca sin atrevimiento a profundizar en una democracia que se asemeja a un tinglado hábil y audaz carente de resorte interior. Sin vida, sin alma. No peligra el pan de cada día, gracias, especialmente, a la solidaria acción benefactora de Cáritas y otras instituciones similares, pero están en riesgo la mayor parte de las cuestiones por las cuales vive el hombre; también la independencia económica, el incentivo de la esperanza y la confianza en la propia iniciativa, el derecho a elegir un empleo e, incluso, la libertad. Persiste la invasión de espacios y “se respira un poco peor”.

En materia de libertades, nuestra Constitución pretendió zanjar la tan debatida “cuestión religiosa”. Con la mirada puesta en modernas y democráticas sociedades respetuosas con las Iglesias y facilitadoras de su labor pero sin sometimiento a dirección religiosa alguna, parecía que los españoles habíamos aprendido la enseñanza de no volver a poner en juego los viejos antagonismos confesionales. Sin embargo, hoy ni siquiera un observador avezado alcanza a comprender actuaciones despóticas que obstaculizan el ejercicio de la libertad religiosa o de culto en una Universidad pública y empeños por convertir catedrales y monumentales plazas de toros en espaciosas mezquitas. Diríase que en la católica España el Dios de los cristianos está de capa caída o pasado de moda.

Para acometer reformas con éxito siempre ha de conservarse algo firme. La prudencia aconseja que para obrar no han de olvidarse el terreno que se pisa ni las circunstancias que rodean. En España la Iglesia católica, unida a la vida de la nación y del Estado por lazos seculares de coexistencia, de actividad religiosa y asistencial y de contribuciones y méritos culturales e históricos, no puede permanecer separada de la sociedad en todo lo que afecta a su destino común. Todo intento de semejante separación dañaría, en efecto, tanto a la propia Iglesia como a la vida pública. El destino de los necios es estar informados de todo y condenados a no comprender nada.

Para un coloso de nuestro pensamiento como es Julián Marías, cristiano y liberal, a la sociedad española le son admisibles toda suerte de actitudes; todas menos la indiferencia o la inhibición que nos desconectan de la realidad de las cosas haciéndola ininteligible y nos arrastran a la estrepitosa quiebra de nuestras responsabilidades cívicas. En su texto de 1986 Marías mantenía la esperanza sobre los españoles, a quienes demandaba que volvieran a ser protagonistas activos en el quehacer cotidiano nacional haciendo oír su voz y haciendo sentir su peso. Reivindicaba “el tono vital” que alcanzamos un día pero que se volvió a comprometer “como si se hubiera dado marcha atrás en la historia”.

Ha llegado el momento de recuperar la capacidad de entender y de extraer consecuencias. Ya lo hicimos hace ahora casi cuarenta años. El pueblo español hallándose en sombra buscó la luz con esfuerzo y confianza esclareciendo sus derechos y delimitando correlativamente sus deberes en una comunidad que garantizaba la realización de los fines éticos y materiales de cada uno. Hoy como ayer, con ánimo constructivo y exigente, la sociedad precisa de nuevo de aquél espíritu de concordia y de colaboración por parte de los individuos y de las organizaciones. Un espíritu que, inspirado en el bien común, sea superador de egoísmos y beligerancias, con predominio de las ideas de convivencia y de solidaridad, tan fecundas y constructivas y tan necesarias en una sociedad que sí sabe lo que le pasa.

POLÍTICA Y PROPAGANDA (ABC 5 de Noviembre de 2015)

Decía Winston Churchill con su conocida ironía que el político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, pasado mañana y el año próximo, y de saber explicar por qué lo que predijo no ocurrió finalmente. Más que hacer predicciones, el político debe dar explicaciones sobre lo que pretende hacer. Y luego hacerlo. La política es comprometerse con la realización de hechos. También es conveniente contar lo realizado. Ello reporta credibilidad al dirigente y confianza en la sociedad. Pero eso ya no es política, sino propaganda. Los partidos en el poder acuden a las urnas fiados más en lo que han hecho que en lo que proyectan hacer. Basan sus estrategias electorales en la propaganda más que en la política. Y la verdadera política consiste en hacer más que en relatar. Los partidos en la oposición al carecer de experiencias de gobierno que narrar, lo fían todo a lo que harán si alcanzan el poder. Su discurso suele ser más político que propagandístico. Por ello, parecen estar en mejores condiciones de generar emoción, y a la vez, incertidumbre.

Hoy es evidente la recuperación en la inversión y en el consumo; también  el saneamiento de las cuentas públicas y la adquisición de cierto prestigio internacional. Pero el Partido Popular debiera centrar su campaña electoral en lo que hará más que en lo que ya ha logrado. Sin olvidar que en un programa electoral son más importantes las omisiones que las promesas porque las omisiones definen una actitud y confirman una política. A los populares les resulta ahora más necesaria que nunca otra recuperación: La de los casi dos millones y medio de votantes perdidos durante esta legislatura que consideran que aquéllos han renunciado a asumir el puesto rector que la sociedad esperaba de ellos y viven inmersos en una orfandad política. Esa reconquista implica, asimismo, rescatar aquellas señas de identidad que hicieron de un partido un referente reconocible entre los suyos y, tal vez, entre los ajenos, como una organización preparada para esa tarea abrumadora de defensa de la libertad y del orden constitucional y para una gestión, siempre solvente, del progreso económico y la prosperidad social. En suma, como una formación política presta y dispuesta para gobernar España sirviendo a los intereses nacionales.

Van a ser necesarias las ideas de siempre y otras a crear. La aparición de nuevos actores y de circunstancias novedosas hacen de la adaptación al medio una auténtica exigencia. No parece que se esté dando con la estrategia acertada para esa adecuación al terreno. Acostumbrado a tener en frente a un socialismo tan conocido como un familiar, el PP no sabe como hincarle el diente al nuevo comunismo emergente ni a un revival de centrismo que ansía enlazar con la Transición. No es suficiente con tener ideas, hay que darles salida para que adquieran fuerza y eficacia, que son la base para la acción. La batalla de las ideas consiste en manifestarlas, defenderlas y contribuir a crearles ambiente. Ello requiere presencia en el mundo de la cultura, conexión con intelectuales que piensen en sintonía y diálogo con los medios de comunicación para influir más y mejor en la opinión pública. Así es como se sitúan las ideas propias en el centro del debate político para luego desde el Gobierno procurar convertirlas en hechos, concretándose en un sólido tejido de aplicaciones prácticas, que al reflejarse sobre los ciudadanos se ponen a su servicio. El resultado es crédito y liderazgo.

Toda fuerza política que aspire a la gobernabilidad debe acelerar un proceso de articulación de corrientes sociales diversas pero convergentes y comprometidas en cuestiones de Estado, no de partido, y en asuntos de bien común, no de minorías. Si al ciudadano se le explica lo que se va hacer, se le informa de lo mucho que hay por hacer; si se pide su participación y colaboración en un proyecto de ambición nacional que opere como canalizador de esfuerzo colectivo y genere entusiasmo y orgullo de país, probablemente disminuirían en gran medida el ambiente de franca desorientación y el desánimo en que están sumidos muchos de los votantes y simpatizantes del PP, y al mismo tiempo, podría atraerse buen número de electores alejados y acampados en los predios de la abstención. A menos de dos meses para unas elecciones generales que muchos vaticinan como decisivas para el alma y el cuerpo de España y para su hechura constitucional, el derrotismo pudiera ser el peor enemigo de un partido que precisa de un aldabonazo para la renovación en mensajes y en personas. Su electorado preferiría ir con paso firme y decidido a la urna. No querría votar con resignación ni con la nariz tapada. Desea victorias eficaces, no victorias sin alas, que acaban convirtiéndose en derrotas heroicas.

 

UNA DERECHA SIN COMPLEJOS (ABC 30 de Julio de 2015)

¿Por qué un partido político, cuyos gobiernos logran por dos veces sanear las cuentas públicas y disminuir la tasa de desempleo estimulando la economía y generando riqueza, es objeto de un “cordón sanitario”? ¿Por qué un partido político que obtiene dos mayorías absolutas en poco más de una década es tachado de apestado y radical, sus líderes son tildados de enemigos de la democracia y sus afiliados y votantes son despreciados como ciudadanos de menor cuantía o peor derecho que los simpatizantes de la izquierda? La respuesta no se halla en los predios de la política sino en los de la cultura, en donde la derecha está ausente. Desde la cátedra universitaria, las editoriales del libro, la producción cinematográfica, los laboratorios de investigación, los micrófonos audiovisuales, la columna periodística o cualquier otra atalaya de debate cultural se pregona con insistencia dogmática que ser de derechas es un anatema o que la inteligencia es exclusiva del progresismo.

En 1933 en un semanario socialista de Palma de Mallorca, titulado “El Obrero Balear” se leía la noticia del acuerdo adoptado por el pleno del Comité provincial de la UGT de “celebrar un paro general indefinido en todos los gremios y oficios de Palma, si viene a ésta en campaña, el diputado agrario Gil Robles, por considerar funesta para el pueblo, en general, y para la clase trabajadora, en particular, la actuación y propaganda del diputado de referencia. El paro empezará el día de su llegada a esta isla, terminando cuando se marche”. El cordón sanitario contra la derecha viene de lejos. A la izquierda le ha resultado en ocasiones difícil adaptarse al hábitat de la democracia, debido a esa genética e irrefrenable inclinación a emplear procedimientos más expeditivos que democráticos haciendo de la agitación social su arma. Sus dirigentes solían oponerse a limitaciones de la libertad hasta que accedían al poder. “O nosotros en el poder o el desorden en la calle”, ha sido con frecuencia su consigna. Luego, una vez alcanzado el poder, la libertad duraba lo que las rosas: una mañana. La incoherencia y el sectarismo eran a menudo su especialidad y también su perdición.

El patrimonio ideológico del Partido Popular consiste en la defensa de unos valores de ambición nacional y para la conveniencia pública y de todos, que son tributarios de los principios programáticos sustentadores de la derecha democrática española del último siglo. Maura, Gil Robles, Fraga han sido políticos cuyo pensamiento regeneracionista y reformista ha conformado el ideal conservador adecuándolo a las diferentes coyunturas de la reciente historia de España. Con la promoción de esos valores, el PP ha alcanzado dos mayorías absolutas (en 2000 y 2011), logro este que se le resiste al PSOE desde 1986, y sus Gobiernos han solventado situaciones de crisis económica, logrando, además, provechos históricos y decisivos para España como ingresar en la Europa del euro o evitar una intervención de nuestra economía por las instituciones comunitarias.

Como una derecha de ideas es más sólida que una de intereses, harían bien los dirigentes populares en abandonar esa posición acomplejada que les debilita e inhabilita para actuar con hegemonía en el debate ideológico, librarse de actitudes timoratas ante cordones sanitarios y decidirse, de una vez por todas, a combatir intelectualmente ese discurso cultural dominante que les presenta como una formación rancia y reaccionaria. Una falacia construida por una izquierda que se cree ungida de legitimidad democrática para detentar el monopolio en la expedición de certificados: o estás conmigo y eres un demócrata, o estás contra mí y eres un fascista. Otra farsa que acarrea ese discurso a desmontar es la ocurrencia tan extendida de que si bien los populares suelen ser competentes en economía, sin embargo, no son aptos en la defensa del Estado del bienestar. La mejor política social es la que espolea la economía, fortalece el tejido empresarial y crea empleo, contribuyendo a paliar la penuria, acrecer el bienestar y promover la prosperidad, y permitiendo el avance de amplias capas de la sociedad. Y ahí, el PP ha batido por goleada al PSOE. Por ello, sus Gobiernos deben perseverar en una acción política, jamás disociada de la ética, que acierte a combinar un firme y constante progreso social con la férrea defensa del orden constitucional y de las libertades cívicas haciendo posible una democracia de ciudadanos más que de partidos. Esta ha de ser la ruta favorable no sólo para España, sino también para Europa. Pero, hoy el mayor y más apremiante reto al que se enfrenta el PP estriba en ganar el debate de las ideas mostrándose a los ciudadanos como lo que realmente es: una derecha demócrata, constitucionalista y sin complejos.

 

MEMORIA Y MORAL (ABC 27 de Enero de 2013)

En “El mundo de ayer” Stefan Zweig no considera la memoria “como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio”. El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler era nombrado Canciller de Alemania y su partido nazi alcanzaba el Gobierno. Culminaba así una trayectoria de acción política antidemocrática iniciada diez años antes, el 8 de noviembre de 1923, con su frustrado putsch de Munich. El apogeo del Fuhrer al frente de los destinos de Alemania duraría otros diez años más. El 31 de enero de 1943, las divisiones del mariscal Von Paulus fueron estrepitosamente derrotadas en Stalingrado rindiéndose al Ejército Rojo. Comenzaba el desmoronamiento del pretencioso y terrorífico Imperio de los mil años. Por Berlín corría el sarcástico comentario de que la única promesa cumplida por Hitler es la que hizo antes de subir al poder: “dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. La nación alemana quedó irreconocible. No tanto por la ola de destrucción material que la asoló a causa de la guerra, como por la hecatombe moral en la que sucumbió su pueblo adentrándose en la barbarie para convertir la Alemania nazi en una “filial del infierno en la Tierra”.

El transcurso del tiempo no evita que aún resuene el zumbido de una pregunta, la pregunta. ¿Cómo pudo ocurrir aquello? Por entonces, el totalitarismo era una moda y la democracia una maldición. Y a lomos de esa moda Hitler se encaramó al poder seduciendo a las masas con aires y uniformes de hegemonía y gloria. Por culpa de la ideología totalitaria el siglo XX ha conocido maldad y muerte a toneladas contra millones de seres. El atronador interrogante encuentra quizás respuesta en la mezcla de arrogancia e indiferencia ante el nazismo emergente. La República de Weimar creyó ser inmune al autoengaño. “A ese cabo austríaco le pararemos los pies”, repetían una y otra vez políticos, industriales y aristócratas alemanes. Pero cuando la marea parda inundó la sociedad germana ya era tarde. La reacción de unos fue de parálisis cuando no de claudicación. La mayoría se aclimató a la era glacial, algunos tapándose ojos y oídos. Engreimiento, omisión y egoísmo. En suma, ruina moral. Y Alemania y el nacional socialismo fundidos en un solo cuerpo. Sebastián Haffner en “Historias de un alemán”, describe la atmósfera en aquellos años como la de “una espera paralizada a que ocurriera lo inevitable mientras se confiaba al mismo tiempo en poder evitarlo”. Cuando se pierde la capacidad de asombro ya nada es imposible. Como sentencia Haffner, “con la moneda se devaluaron también los demás valores. Aquél fue el año en que los redentores empezaron a tener su oportunidad”. Y Hitler la aprovechó.

El caso alemán invalida la correspondencia entre pueblo culto y pueblo demócrata. En “Capitalismo, socialismo y democracia”, Schumpeter considera como rasgos inherentes al funcionamiento óptimo del sistema democrático la talla moral de los ciudadanos, especialmente, los dedicados al gobierno, y no su grado de cultura. Sin principios morales no sobrevive la democracia. Y algo inmoral sucedió cuando los jueces del Tribunal Supremo de Alemania empezaron a practicar el saludo nazi. La justicia dejó de existir. La nación dejó de ser civilizada. “Nos han dirigido delincuentes y tahúres y nosotros nos hemos dejado conducir como ovejas al matadero”, reconoce la autora anónima de “Una mujer en Berlín”. Sin malvados no hubiera habido campos de exterminio ni “Archipiélago GULAG”. Cuando la guerra y los horrores inseparables a ésta constituyeron una cruel realidad comenzaron a extenderse entre algunos alemanes los desafíos éticos. En la carta secreta que Karl Goerdeler dirige a los generales implicados en la conjura del 20 de julio de 1944 contra Hitler, la frustrada Operación Walkiria, les exhorta a reactivar la energía moral.

Al cumplirse ochenta años de la llegada de los nazis al gobierno de Alemania se impone no olvidarlo En Yalta, Churchill manifestó a sus aliados, Roosevelt y Stalin, que había que dar una paz al mundo de cien años. Con cinismo, pero con algo de razón, el dictador soviético expuso que “mientras vivamos cualquiera de los tres, no dejaremos que nuestros países incurran en acciones agresivas. Pero dentro de diez años, ninguno de nosotros puede hallarse presente. Llegará una nueva generación que no habrá experimentado los horrores de la guerra y que olvidará todo lo que nosotros hemos pasado”.

Cuando hoy Europa padece cierto grado de indigencia moral, resulta imprescindible robustecer la memoria para lograr sociedades más libres y seguras al abrigo de la locura, el odio y el horror. Quienes estamos comprometidos con la educación, ya sea en la familia o en la escuela, debemos responsabilizarnos para que nuestros hijos recuerden la Historia a fin de no repetir la devastación que provoca el desprecio al ser humano. Las sociedades y sus gobiernos necesitan de sólidos cimientos morales. De lo contrario, se oscurece el bien. Lo dejó dicho el gran escritor alemán Goethe: “Todo lo que te hace más poderoso pero no más bueno es malo”.

PERDURABLES LECCIONES DE LA HISTORIA (ABC 28 de Junio de 2014)

Dice Sebastian Haffner en Historia de un alemán: Recuerdos 1914-1933, que el estallido de la Primera Guerra Mundial fue repentino en comparación con el acercamiento lento y martirizado de la Segunda. El autor nos traslada su impresión como testigo del Tercer Reich en el que se sucedieron, ya desde los primeros días de Hitler en el poder, una serie de episodios que presagiaban la gran hecatombe acaecida de 1939 a 1945. Episodios como el provocado incendio del Reichstag, la disolución de partidos, el primer campo de concentración en Dachau, el boicot y posterior acoso contra los judíos, la abolición de derechos fundamentales, la retirada alemana de la Sociedad de Naciones y de la Conferencia de Desarme, el restablecimiento del servicio militar obligatorio, la remilitarización de la zona del Rhin o la anexión de Austria y de los Sudetes. En el transcurso de estos hechos Alemania y el nacional socialismo iban convirtiéndose en una sola y misma cosa y cada día más fuerte. Haffner describe la atmósfera en aquellos años como la de una espera paralizada a que ocurriera lo inevitable, mientras se confiaba al mismo tiempo en poder evitarlo.

Algunos de aquellos episodios ocurrieron en el verano de 1934. La Noche de los cuchillos largos, el fallecimiento de Hindenburg o el plebiscito sobre los nuevos poderes de Hitler posibilitaron la hegemonía absoluta de éste dentro de Alemania. Y por un tiempo fuera. Durante la Noche de los cuchillos largos se inició en Berlín y otras ciudades alemanas una sangrienta represión para neutralizar un aparente complot contra el Gobierno. El resultado final fue el asesinato de más de un centenar de personas, en su mayoría “camisas pardas”, miembros de las Secciones de Asalto del Partido Nacional Socialista, incluido su jefe, Ernst Roehm, uno de los personajes más siniestros de la primera etapa del nazismo. Según el comunicado oficial tras la purga, a Roehm se le dio ocasión de sacar consecuencias de su traición. No lo hizo y fue inmediatamente fusilado.

La supuesta conspiración sirvió de pretexto a Hitler para aniquilar a enemigos políticos de dentro y fuera de su partido y ser más dueño de sus movimientos que nunca.  Junto a los miembros de las SA fueron asesinados importantes personalidades incómodas para los nazis. Kurt Von Schleicher, militar y Canciller en 1932, siempre desafiante al poder de la esvástica, sería abatido junto a su esposa. Erich Klausener, Presidente de la Acción Católica, el Angel Herrera de Alemania, como recogía Eugenio Xammar en sus crónicas desde Berlín para el diario Ahora. Klausener fue autor, días antes de su fusilamiento, de un discurso abiertamente hostil al nazismo acusándole de eliminar a la oposición. Como íntimo colaborador del Vicecanciller Franz Von Papen, redactó, junto con los también fusilados, Edgar Julius Jung y Herbert Von Bose, ayudante y secretario de Papen, respectivamente, el famoso discurso del Vicecanciller en la Universidad de Marburgo el 17 de junio de 1934, última vez en la que se criticaría públicamente en Alemania los abusos del régimen hitleriano. Por ello, en la madrugada del 30 de junio Von Papen fue arrestado y obligado a dimitir. Se le perdonaría la vida permitiéndole ejercer de diplomático hasta casi el final de la guerra.

Dos semanas después, en un discurso ante el Parlamento, Hitler hizo una larga apología de su acción represora. Según Goebbles, su Ministro de Propaganda, “con una rápida operación de limpieza hemos salvado de una catástrofe a Alemania y al mundo”. Empezaba a emerger el providencialismo nazi. Todos los periódicos alemanes, sin excepción, alababan al dictador por su enérgica decisión y firmeza. Pero la venta de periódicos extranjeros en todo el Reich aumentó prodigiosamente ante una ciudadanía curiosa y ansiosa por completar la versión oficial con los rumores que la prensa internacional recogía ante la escasez de información veraz. El análisis más certero correspondió al periodismo francés: Nada nuevo ni nada cierto.  Quizás sí algo nuevo en el paisaje germánico: la desaparición del color pardo de las SA y su sustitución por el negro de las Escuadras de Protección, SS, la temible guardia pretoriana del régimen. La oscuridad empezaba a teñir el destino de Europa.

El 14 de julio de 1934 fallecía a los ochenta y siete años el mariscal Von Hindenburg, Presidente del Reich y venerado protector del pueblo germano. El 19 de agosto se celebraba el plebiscito sobre la acumulación en una sola persona de los poderes de Presidente del Reich y Canciller. Treinta y ocho millones de alemanes votaron sí frente a cuatro millones. Todo el presente y todo el porvenir del país recayeron sobre los hombros de Hitler. Terrorífica perspectiva. Solo novecientas mil papeletas fueron anuladas porque sus depositantes aprovecharon el anonimato para decirle a los nazis que eran unos delincuentes y llevarían a Alemania al matadero. Aún perdura el acierto en el diagnóstico y en el pronóstico.

 

Educación libre de odio

Si quien desea educar pretende hacerlo sembrando odios y discordias, entonces no habrá educación posible. Tampoco existirá sociedad libre. Educar tiene algo de solidario, acaso de caridad entendida como amor y entrega; enseñar al que no sabe es un acto de dedicación y ofrecimiento hacia los demás. Compartir el saber y la verdad con el otro, no la ignorancia ni la mentira, es la mejor forma de extinguir resentimientos y animadversión entre los hombres y no enturbiar la convivencia.

Con motivo de los atentados terroristas del yihadismo islámico en Barcelona y Cambrils, el consejero de Interior del gobierno autonómico de Cataluña, Joaquín Forn, ha diferenciado en sus extravagantes declaraciones entre víctimas catalanas y víctimas de nacionalidad española. Este impertinente gesto es un síntoma que denota la presencia de una enfermedad mayor: una política rencorosa hacia la idea de España, que como una infección social, se propaga a la educación y a la cultura ideologizándolas y, por tanto, manipulándolas para ser impuestas a los catalanes. Y en un clima hostil y de ofuscación como ese, en donde las aulas se han convertido en instrumentos ideológicos, no puede germinar ni la educación ni la cultura.

Recabar la singularidad y el reconocimiento de lo propio es uno de los mayores embrujos que ha hechizado a los nacionalismos y, en especial, a los movimientos independentistas que anidan en España. Los partidarios, tanto del separatismo vasco como del catalán, siempre han experimentado un pueril regodeo con sus alborotadores intentos de rivalizar contra lo hispánico dentro del hogar común que nos acoge.

Las manipuladoras palabras del político catalán pertenecen al mismo lenguaje vengativo y de permanente desquite que ya emplearon los nacionalistas vascos en el exilio cuando en noviembre de 1949 tuvo lugar el trágico naufragio del vapor español Monte Gurugú frente a las costas británicas del Condado de Devon. En un chocante panfleto publicado por los separatistas al recogerse la lista de los fallecidos en el siniestro se decía así: “El tercer maquinista, don Juan Ibarrarán, de Guernica, de 49 años, casado; los agregados don Javier Gladis, de Bilbao, de 21 años, soltero, y don Sabino Zubieta Aldámiz, de Elanchove, de 20 años, soltero y dos fogoneros y dos marineros de Galicia y de Canarias”.

Al desposeer a las víctimas no vascas del derecho a una filiación, el humillante y cicatero texto venía a certificar la existencia de muertos de tercera. Y es que el odio contra lo español no respeta ni siquiera la demoledora igualdad que implacablemente asigna la muerte. Una muestra más de mala educación.