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La educación para vivir

Durante el transcurso de su existencia, el hombre se encuentra con miles de obstáculos y en infinidad de apuros; y ante tales dificultades su mejor aliado es la educación en su sentido más amplio. Es la educación y no la naturaleza la que marca la gran diferencia entre el carácter de los individuos.
Decía Francisco Giner de los Ríos que la educación es dirigir la propia vida. Existen genios de las matemáticas que se conducen como unos auténticos maleducados. Otros componen maravillosos poemas pero carecen de modales en sus acciones más cotidianas. La sabiduría sin la buena educación degenera en pedantería incómoda. ¿De qué sirven las sabias palabras si son desmentidas por la conducta impertinente de quien las dice? Una persona sin educación es impropia para la sociedad y no sirve para vivir en el mundo. La educación debiera hacer a cada hombre libre y responsable para así poder dirigir su propia vida. Esto traería beneficiosas consecuencias para los demás hombres. Porque los buenos modales son a las personas lo que las buenas costumbres a la sociedad en general.
A las próximas generaciones hay que educarles para vivir y convivir y eso exige por su parte aprender todos los días y durante todo el tiempo. Y más en momentos tan condicionados por la tecnología como los actuales. Alvin Toffler suele decir que los analfabetos del siglo XXI no serán aquellos que no sepan leer y escribir, sino aquellos que no sepan aprender, desaprender y reaprender. Por eso, es necesario cuidar de nuestra educación en cada momento, manteniéndola perfectamente preparada, mejorándola y reforzándola todos los días.

Recuperar la educación

Nuestro sistema educativo padece anemia de voluntad, constancia, y disciplina.  Por eso, ni vive ni convive, sobrevive. Está casi reducido a escombros. Sin recompensar el mérito, sin premiar el trabajo bien hecho no puede construirse con solidez un sistema educativo. En su libro Escuela para todos. Educación y modernidad en la España del Siglo XX, Antonio Viñao denuncia que la enseñanza en España está montada sobre dos valores: la indolencia y la impunidad. “Si los alumnos trabajan y se esfuerzan, bien; si no lo hacen, también. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo; si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer”.

Creo amigo lector, que se ha perdido el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos. Por ello, en las actuales circunstancias resultan más urgentes los alumnos voluntariosos que los inteligentes apáticos. La educación no marcha bien en España. Presentamos una situación escolar desoladora. Ahí están los informe PISA o de la OCDE para poner en evidencia el mal funcionamiento de nuestra enseñanza media y bachillerato. Los estudiantes tienen dificultades en matemáticas y en lengua; su lectura es precaria y ello acarrea que su escritura también lo sea.

La delicada situación por la que atraviesa nuestro país debiera servir de acicate a los políticos y a la sociedad civil, en suma, a todos los que estamos comprometidos con la educación en España para concertar ese gran pacto nacional tan deseado, a fin de lograr de una vez por todas una  enseñanza con rigor, libre y plural. Decía Salvador de Madariaga en su Ensayo “España” que “el rasgo más típico del español es un individualismo rebelde a la solidaridad. De dos maneras cabe refrenar esa tendencia: Una, por la evolución de los hombres determinada por la enseñanza y la educación; otra, por la evolución de las cosas, determinada por el desarrollo económico”. Dos necesidades que otro español brillante, Joaquín Costa, resumió en estas palabras: “Escuela y Despensa”; Educación y Economía, perentorias para que España elimine el feroz egoísmo y el estéril individualismo de sus habitantes y adquiera la virtud sin la que no hay existencia sana: la solidaridad.

 

La misión de la escuela

La escuela es un factor de influencia decisiva en la formación de un pueblo. Su auténtica misión consiste en enseñar y en aprender; esto es, proporcionar contenidos necesarios al alumno, exigirle el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.Todo sistema educativo debe estimular la voluntad, la constancia y la disciplina.  Debe recompensar el mérito, valorando el trabajo bien hecho. Ha de fomentar el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos.

La mejor escuela es la que educa y enseña mejor. Y para ello debiera asentarse en una serie de pilares como la solidez académica del profesorado, la íntima compenetración entre los profesores, y de éstos con los alumnos, la autoridad del maestro compatible con la afabilidad en el trato, la calidad en los métodos de aprendizaje y la idoneidad de los contenidos, el acercamiento de la familia a la vida de los centros docentes, la concepción subsidiaria del Estado en la función educadora… El mejor sistema educativo es aquél en el que prima el respeto a los derechos humanos, la defensa de la libertad y responsabilidad personales, la recompensa del esfuerzo como instrumento de progreso y una buena instrucción acorde con la dignidad humana y no vasalla de ideologías.

La escuela ha de ser una continuación del hogar en donde los niños son instruidos en aquello que los padres quieren.