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Educación en la escuela

Marco Fabio Quintiliano, de origen español (Calahorra), vivió en la Roma de los emperadores Vespasiano y Domiciano. Estudió leyes y ejerció como abogado, fue un apasionado de la educación y fundó una prestigiosa escuela de oratoria y retórica en Roma. Su imborrable obra se titula Institutio oratoria, un magnífico tratado de doce libros sobre educación de la juventud; el primero de los cuales fue manejado como libro de texto desde la Edad Media hasta  el siglo XX al contener sabias y atinadas normas sobre la instrucción de los niños y su preparación para la formación superior,

En su libro Ilustrísimos señores, Albino Luciani, (Papa Juan Pablo I), recoge algunas de las máximas de Quintiliano en la Institutio:

No pretenda el maestro de un niño lo que solo puede dar un adolescente, ni de un adolescente lo que esperamos de un adulto. Dígale, cuando haya aprendido algo bien: ¡Ya eres alguien!, y añada: ¡Lo mejor de ti vendrá después! Así le anima, le estimula y le franquea el camino de la esperanza.

No está bien que haya un solo maestro para un solo alumno. Si no se compara con los demás, el estudiante corre peligro de engreírse demasiado; puesto ante un solo estudiante, el maestro no da lo mejor de sí mismo. En cambio, si hay muchos en clase, hay emulación, hay porfía, y ésta estimula frecuentemente al estudio más que las exhortaciones de los maestros y los ruegos de los padres.

El espíritu crítico no es adecuado para los jovencitos, no debe hacérsele prevalecer en ellos sobre la imaginación y la creatividad.

El maestro no debe ser demasiado severo en la corrección; de lo contrario, los tímidos se desaniman, temen a todo y no intentan nada, mientras que los más despiertos se enfadan y oponen tácita resistencia. Sea como un padre, viva sin vicios y no tolere los vicios. Austero, pero no rígido; benévolo, pero no carente de energía; ni se haga odioso por su rigor, ni despreciable por falta de energía; hable a todas horas de lo que es bueno y honesto.