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La educación siempre presente, no siempre visible.

La educación siempre está presente, aunque no sea visible, en diversos ámbitos de lo cotidiano. Si tomamos como ejemplo el círculo familiar, a todo padre le acosan tres inquietudes. La primera y más elemental sería la relativa a su supervivencia y la de los suyos. Más fácilmente garantizadas en entornos pacíficos y tranquilos frente a los hostiles y convulsos por la concurrencia de desórdenes públicos y violencia social. La educación incide sobremanera en este aspecto, pues allí donde se goza de elevados niveles de educación resultan menores las probabilidades de altercados que provoquen riesgos para la seguridad física. Recordemos las palabras del Primer Ministro británico, David Cameron, con motivo de la ola de disturbios que sufrieron hace pocos años algunas ciudades inglesas: “El desastre moral de Europa tiene su origen en la educación”.

Una segunda inquietud de un padre es que sus hijos consigan el día de mañana un trabajo digno que les sirva de sustento igualmente digno. Aquí, la influencia del factor educativo es notablemente más determinante y capital que en el apartado anterior. No sólo la experiencia y práctica diarias, también el sentido común, nos dicen que aquéllas personas con más y mejor educación y con alto nivel de formación acceden a empleos de mayor cualificación profesional y bien remunerados. El saber no ocupa lugar pero determina el lugar que una persona ocupará o desocupará en la sociedad.

La inquietud por disfrutar de una existencia apacible y sosegada tras una larga e intensa vida profesional o laboral, preocupa asimismo a un padre de familia. Buena parte de ese disfrute se logra a través de cierto recreo o entretenimiento cultural en el que la educación y la formación recibida, o aún por recibir, se revela como un factor decisivo. La visita a un museo constituye una experiencia mucho más grata y fascinante para un conocedor de las corrientes culturales que para un un lego en conocimientos artísticos.

Podríamos concluir, amigo lector, que hay un espacio de seguridad, cohesión, satisfacción, progreso y felicidad alrededor de una persona y su familia en el cual la educación está siempre presente aunque en ocasiones no resulte visible. Una buena educación es suelo firme. Y de firmezas estamos necesitados en la hora actual ante tantas catástrofes humanitarias y naturales. Y termino con aquello apuntado por el escritor H.G. Wells:  la Historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe.