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La educación de la lectura

El catedrático de psiquiatría Enrique Rojas afirma que la lectura es la aristocracia de la cultura. Sabido es el gran beneficio que la lectura produce en la formación de la persona durante las primeras etapas de su vida. Pero también somos conscientes del excesivo entretenimiento que la actual sociedad tecnológica proporciona a nuestros niños y adolescentes, a través de los atrayentes artilugios digitales y de las hipnotizadoras pantallas táctiles, alejándoles del placer que supone leer un libro. Hoy casi no tienen sentido aquellas palabras de Azorín: El joven lo lee todo y de todo aprovecha poco. El anciano lee poco y de lo poco lo aprovecha todo. Porque el joven no lee todo, ni siquiera mucho; más bien poco; por tanto su aprovechamiento resulta ínfimo.

Se ha dicho que el primer libro que los hijos leen son sus padres. Quizás como padres debiéramos afinar más en la escritura de nuestras propias páginas para estimular en nuestros hijos, desde muy pequeños, el gusto por leer. Porque si se pone en pie el deseo por leer, pronto se impondrá el deseo por la lectura de los buenos libros, esos que hacen pensar, que por su buen provecho deleitan y fortalecen. Esos libros que inconscientemente uno se mete en el bolsillo para luego sacarlos de cuando en cuando, a ratos perdidos, saborearlos a sorbos despaciosos. Libros de enseñanzas perennes y no decadentes, propicias para conservarlas y transmitirlas.

Saber diferenciar las buenas y malas lecturas supone dotarse de una excelente guía de gran utilidad en el aspecto literario y en el moral. Con frecuencia lo importante no es saber lo que se ha de leer, sino lo que no ha de ser leído. Hay libros que revelan las verdades más profundas a la manera casera, es decir, a la manera más luminosa y eficaz, que exaltan siempre valores como la honradez, el compromiso y la dignidad, que pueden y deben ser dejados en manos de los niños. ¡Cómo interesa en nuestros tiempos blandengues y de confort leer libros como éstos!

 

La misión de la escuela

La escuela es un factor de influencia decisiva en la formación de un pueblo. Su auténtica misión consiste en enseñar y en aprender; esto es, proporcionar contenidos necesarios al alumno, exigirle el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.Todo sistema educativo debe estimular la voluntad, la constancia y la disciplina.  Debe recompensar el mérito, valorando el trabajo bien hecho. Ha de fomentar el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos.

La mejor escuela es la que educa y enseña mejor. Y para ello debiera asentarse en una serie de pilares como la solidez académica del profesorado, la íntima compenetración entre los profesores, y de éstos con los alumnos, la autoridad del maestro compatible con la afabilidad en el trato, la calidad en los métodos de aprendizaje y la idoneidad de los contenidos, el acercamiento de la familia a la vida de los centros docentes, la concepción subsidiaria del Estado en la función educadora… El mejor sistema educativo es aquél en el que prima el respeto a los derechos humanos, la defensa de la libertad y responsabilidad personales, la recompensa del esfuerzo como instrumento de progreso y una buena instrucción acorde con la dignidad humana y no vasalla de ideologías.

La escuela ha de ser una continuación del hogar en donde los niños son instruidos en aquello que los padres quieren.