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Educación para elegir

Decía Baltasar Gracián que vivir es saber elegir. Y para ello se necesitan buen gusto y un juicio rectísimo no siendo suficientes el estudio y la inteligencia. Muchos, con su inteligencia rica y sutil, con un juicio riguroso, estudiosos y de cultura amena, se pierden cuando tienen que elegir. Siempre se casan con lo peor, tanto que parecen hacer ostentación de equivocarse. Por ello, saber elegir es uno de los máximos dones del cielo.

Un presupuesto imprescindible de la elección es el orden. Según el catedrático de Psiquiatría, Enrique Rojas, en su libro “5 consejos para potenciar la inteligencia” el orden empieza en la cabeza, y sin él es imposible ser feliz porque quien no sabe lo que quiere, no puede serlo. El orden como herramienta potenciadora de la inteligencia es un sedante, una fuente de placer, y precursor de la armonía en la vida de una persona. En su libro, Rojas distingue varias inteligencias desde la teórica hasta la práctica, pasando por la analítica, la sintética, la matemática o la emocional, hoy tan actual y debatida, y cuya ausencia, según el escritor, está causando una epidemia de inmaduros sentimentales a los que el compromiso les causa pánico.

La inteligencia emocional como competencia personal está siendo elevada excesivamente a una especie de categoría premium entre las cualidades o habilidades de la persona. Incluso, en el ámbito de la enseñanza se han implantado con cierto afán de supremacía métodos pedagógicos basados en la teoría de Howard Gardner sobre las inteligencias múltiples. Y a buen seguro que la inteligencia emocional es un valioso recurso no sólo en ámbito educativo, sino también en el laboral y, en general, en cualquier experiencia humana. Pero no arrinconemos el valor del conocimiento; no posterguemos el impulso que nos proporcionan la constancia, la voluntad o la disciplina, igualmente necesarias para la educación, para la formación y, en suma, para abordar cualquier reto vital.

Enseñar estimulando la inteligencia emocional o reforzando las inteligencias múltiples aporta beneficios, pero ello no puede hacerse en detrimento de los modelos tradicionales de enseñanza y aprendizaje ni haciendo tabla rasa de la exigencia y del esfuerzo por el saber. Sería como echar a la papelera al genio de Roma o la sabiduría de Atenas por no destilar gotas de novedad en una sociedad tan rabiosamente moderna. Siguiendo la máxima de Gracián, hay que saber elegir lo mejor de la tradición y lo mejor de la vanguardia.

La educación de la lectura

El catedrático de psiquiatría Enrique Rojas afirma que la lectura es la aristocracia de la cultura. Sabido es el gran beneficio que la lectura produce en la formación de la persona durante las primeras etapas de su vida. Pero también somos conscientes del excesivo entretenimiento que la actual sociedad tecnológica proporciona a nuestros niños y adolescentes, a través de los atrayentes artilugios digitales y de las hipnotizadoras pantallas táctiles, alejándoles del placer que supone leer un libro. Hoy casi no tienen sentido aquellas palabras de Azorín: El joven lo lee todo y de todo aprovecha poco. El anciano lee poco y de lo poco lo aprovecha todo. Porque el joven no lee todo, ni siquiera mucho; más bien poco; por tanto su aprovechamiento resulta ínfimo.

Se ha dicho que el primer libro que los hijos leen son sus padres. Quizás como padres debiéramos afinar más en la escritura de nuestras propias páginas para estimular en nuestros hijos, desde muy pequeños, el gusto por leer. Porque si se pone en pie el deseo por leer, pronto se impondrá el deseo por la lectura de los buenos libros, esos que hacen pensar, que por su buen provecho deleitan y fortalecen. Esos libros que inconscientemente uno se mete en el bolsillo para luego sacarlos de cuando en cuando, a ratos perdidos, saborearlos a sorbos despaciosos. Libros de enseñanzas perennes y no decadentes, propicias para conservarlas y transmitirlas.

Saber diferenciar las buenas y malas lecturas supone dotarse de una excelente guía de gran utilidad en el aspecto literario y en el moral. Con frecuencia lo importante no es saber lo que se ha de leer, sino lo que no ha de ser leído. Hay libros que revelan las verdades más profundas a la manera casera, es decir, a la manera más luminosa y eficaz, que exaltan siempre valores como la honradez, el compromiso y la dignidad, que pueden y deben ser dejados en manos de los niños. ¡Cómo interesa en nuestros tiempos blandengues y de confort leer libros como éstos!