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El sacrificio de la educación

Educar cuesta. Esfuerzo y dinero. Dedicación y entrega en quien enseña y en quien aprende; gastos y recursos a cargo del erario público, de la iniciativa privada y, por supuesto, de las economías domésticas y familiares. Sí, la educación entraña sacrificios. Desde que un hijo llega al mundo, el fin principal de los padres es procurarle una buena educación. A ese logro, los progenitores dirigen sin excusas ni perdón todas sus energías, convencidos de que es la educación, más que la naturaleza, la causa de la gran diferencia que se advierte en los caracteres y conductas humanas.

El progreso educativo implica un trabajo constante por parte de quien pretende avanzar con diligencia y esmero. Aprender es una actividad grata y de resultados igualmente gratos, pero es, a la vez, una tarea costosa y voluntariosa por su perseverancia y tenacidad. Un estudiante sacrifica el descanso o la diversión en aras del estudio. Pero cuando obtiene el jugoso fruto de su esfuerzo se ve compensado de sus renuncias y desvelos y recompensado por su tesón y empeño. Se convierte, así, en un alumno aventajado, objeto de un merecido reconocimiento; en un estudiante brillante que goza de calificaciones notables y sobresalientes.

Pero la buena educación no es solo ser un “grande” dentro del aula, entre pupitres y pizarras; Exige también ser grande fuera de ella, en el patio escolar, en las pistas deportivas; en suma, en el exterior de la escuela, en la calle. Y ser de los grandes es un don de Dios que no debe subirse a la cabeza, sino más bien impulsar a la modestia y a la virtud. Recientemente, ha saltado a los medios de comunicación la insólita noticia protagonizada por el director de un colegio madrileño que decidió retirar de la competición a su propio equipo de baloncesto porque los integrantes de éste insultaron y menospreciaron a través de las redes sociales a sus rivales, tras haberlos derrotado. Inmensa y admirable lección de respeto y humildad la que recibieron los colegiales a cambio de ver sacrificadas sus expectativas de triunfo en el campeonato. Una enseñanza obtenida, no precisamente sobre las clásicas disciplinas que se imparten en las aulas, sino sobre excelsos valores y virtudes señeras. Una notable victoria del sentido común. Porque el verdadero fracaso no es la derrota, sino el no saber ganar

La auctoritas de la educación

El maestro es la clave del arco del sistema educativo. Este se derrumba si la figura del maestro se debilita. La piedra angular del aula se está agrietando y amenaza ruina. Su solidez, su autoridad, su dignidad como docente se está perdiendo. Cuando falta el buen profesor, difícilmente sobresalen los buenos alumnos. El buen profesor no es aquél que sabe mucho, sino aquél que sabe enseñar y, además, lo hace contagiando en el alumno la pasión por aprender y la curiosidad por saber.

Hay quienes sostienen que la falta de autoridad en la escuela tiene origen en la falta de autoridad en el hogar y en la familia. Massimo Recalcati, autor de La hora de clase (Editorial Anagrama), explica que el pacto generacional entre docentes y padres se ha roto. El maestro como extensión de la paternidad en el aula suponía una soldadura de la alianza entre generaciones. Hoy, los padres se han aliado con los hijos y han abdicado de sus responsabilidades como padres. Son los profesores, quienes a veces humillados y en la soledad más absoluta, están haciendo de padres de los alumnos. La nueva alianza entre padres e hijos desactiva, según Recalcati, toda función educativa por parte de los adultos, que en vez de apoyar el trabajo del profesorado, se han convertido en sindicalistas de sus propios hijos. Con el fin de asegurar a éstos una vida sin traumas, fácil y exitosa, los padres exigen la abolición del obstáculo y de la dificultad que ponen a prueba a sus hijos. Denuncian la carga excesiva de deberes, culpan a los profesores de los fallos de los alumnos y ven en las sanciones e, incluso, en los suspensos ramalazos de autoritarismo, justificando su reclamación ante el claustro. Los padres, absorbidos por un falso igualitarismo, se confunden con sus hijos y acaban por aislar al cuerpo docente.

Hubo un tiempo en que se hacía el silencio en clase cuando un profesor asomaba por la puerta. La auctoritas de la educación se está disolviendo. Hoy no se tolera el fracaso como tampoco se tolera el pensamiento crítico. El uso masivo de la tecnología permite sin esfuerzo la adquisición de un saber siempre disponible de inmediato. ¿Hay reacción? Sí, la profesora del Instituto sevillano Isidro Arcenegui en Marchena, Eva Romero Valderas, ha dicho que está harta de aguantar la mala educación con la que llegan, cada vez en mayor porcentaje, los niños al Instituto; harta de la falta de consideración hacia su persona cuando entra en las clases, harta del proteccionismo de los padres, que quieren que sus hijos aprueben sin esfuerzo y sin sufrir, harta, en fin, de la falta de valoración del esfuerzo que sí hacen los maestros. Eva, que se llama como la primera mujer de la Humanidad, ha sido la primera profesora en rebelarse públicamente contra el actual estado de la enseñanza. A mí me gusta enseñar y transmitir. Me gusta el trato con los alumnos, los quiero y animo. Me considero un motor social de cambio, una fuerza generatriz. No soy un burro de carga dispuesto a aguantar hasta que reviente. De sus palabras se desprende la auctoritas de la educación. ¡ Salvémosla !

La educación emocional


En escritos anteriores, amigo lector, he dejado dicho que educar comprende tanto la instrucción como la formación humanas necesarias para que un niño se enfrente debidamente preparado ante el ambiente social en que ha de moverse y proporcionarle la madurez precisa para que emprenda con garantía de éxito su trayectoria vital.

Se ha generalizado en ciertos ámbitos formativos e instructivos el término “educación emocional” para referirse a un conjunto de cualidades desarrolladas por el individuo y que le capacitan para afrontar con mejor disposición los avatares de la vida. Disciplina, determinación, esfuerzo, tenacidad, voluntad, autocontrol, autorregulación… constituyen manifestaciones de la educación emocional que siempre deben tenerse muy en cuenta en la enseñanza.

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Porque la educación no es solo cuestión de conocer las reglas matemáticas, lingüísticas o de la física; de aprender ciencia, historia o geografía; es también formar un hombre de mundo y hasta de Estado, si tomamos esta expresión alejada de lo que hoy se entiende en el marco de la teoría política, y sí relacionada con lo que antaño se concebía como persona de grandes conocimientos en el arte de la diplomacia, lo que comprendía erudición en el saber y corrección en el estar.

Hoy como ayer, es necesario proveer a los niños y adolescentes de excelentes materiales que les guíen con acierto para pensar y hablar, que les permitan un alto estímulo y una óptima promoción del espíritu de la indagación. Facilitarles variadas y útiles instrucciones respecto del estilo, elegante sin ostentación, y el modo, austero sin vulgaridad, tanto en el comportamiento como en la conversación. Proporcionarles reglas de buena crianza que indiquen con qué costumbres y maneras han de conducirse en el mundo. Porque solo así lograrán un claro y nítido conocimiento del corazón humano, de los sentimientos humanos, estando en disposición de entender mejor los modales y el porte de los demás.

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Todo este fondo de conocimientos prácticos, de aporte instructivo pero también moral, resultan de gran utilidad para una mejor educación emocional.

La labranza de la educación

Amigo lector, quizás hayas reparado en las muchas semejanzas y analogías que concurren entre la labor del agricultor y la tarea del maestro. Ambos desarrollan sus oficios cultivando, aquél la tierra, éste la mente del discípulo, para convertirlas en fecundas y que proporcionen óptimos frutos.

El labriego se complace trabajando sobre un campo fértil, que cuida y remueve con esmero y del que obtiene fructuosos aprovechamientos. El maestro goza sacando al otro de la ignorancia y llevándole al conocimiento; también se preocupa en “mover” y estimular al alumno, que cuando sabe responder al estímulo alcanza un verdadero aprendizaje. Tanto en el campo como en la escuela hay tiempos de roturación y siembra, previos siempre a los de recolección. Recoger una buena cosecha lo mismo que obtener notables calificaciones tras jornadas de esfuerzo, entrega y dedicación proporcionan una feliz recompensa. No hay florecimiento sin cultivo.

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En Cartas a su hijo, el Conde de Chesterfield nos sugiere la estrecha afinidad que media entre los cuidados del agro y las atenciones de la enseñanza al escribir a su vástago a modo de metáfora lo siguiente: “cuando reflexiono sobre la prodigiosa cantidad de abono que se ha empleado en tu beneficio, espero que produzcas más y mejores frutos a los dieciocho años que los terrenos incultos producen a los veintiocho”.

Aula de mobiliario fijo de 56 plazas

De la misma manera que ha resultado de gran utilidad la industrialización y tecnificación del campo, también lo es la aplicación de nuevas tecnologías  en la enseñanza. Pero esta aplicación no consiste en inundar las aulas con toneladas de ordenadores y dispositivos digitales, sino de crear nuevos e imaginativos métodos pedagógicos que permitan a todos los estudiantes, especialmente a aquellos más reacios y pausados, a progresar en el proceso de aprendizaje.

Y así como una reforma agraria supone una parcelación y redistribución de la tierra en aras a aumentar la recolección de los campos, atendiendo a la capacidad productiva de cada parcela y a la viabilidad económica del propietario, también en la escuela debe un maestro atender y comprender las cualidades  y atributos de sus alumnos, a fin de obtener lo mejor de cada uno de ellos, que redundará, sin duda, en beneficio de todos.