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El sacrificio de la educación

Educar cuesta. Esfuerzo y dinero. Dedicación y entrega en quien enseña y en quien aprende; gastos y recursos a cargo del erario público, de la iniciativa privada y, por supuesto, de las economías domésticas y familiares. Sí, la educación entraña sacrificios. Desde que un hijo llega al mundo, el fin principal de los padres es procurarle una buena educación. A ese logro, los progenitores dirigen sin excusas ni perdón todas sus energías, convencidos de que es la educación, más que la naturaleza, la causa de la gran diferencia que se advierte en los caracteres y conductas humanas.

El progreso educativo implica un trabajo constante por parte de quien pretende avanzar con diligencia y esmero. Aprender es una actividad grata y de resultados igualmente gratos, pero es, a la vez, una tarea costosa y voluntariosa por su perseverancia y tenacidad. Un estudiante sacrifica el descanso o la diversión en aras del estudio. Pero cuando obtiene el jugoso fruto de su esfuerzo se ve compensado de sus renuncias y desvelos y recompensado por su tesón y empeño. Se convierte, así, en un alumno aventajado, objeto de un merecido reconocimiento; en un estudiante brillante que goza de calificaciones notables y sobresalientes.

Pero la buena educación no es solo ser un “grande” dentro del aula, entre pupitres y pizarras; Exige también ser grande fuera de ella, en el patio escolar, en las pistas deportivas; en suma, en el exterior de la escuela, en la calle. Y ser de los grandes es un don de Dios que no debe subirse a la cabeza, sino más bien impulsar a la modestia y a la virtud. Recientemente, ha saltado a los medios de comunicación la insólita noticia protagonizada por el director de un colegio madrileño que decidió retirar de la competición a su propio equipo de baloncesto porque los integrantes de éste insultaron y menospreciaron a través de las redes sociales a sus rivales, tras haberlos derrotado. Inmensa y admirable lección de respeto y humildad la que recibieron los colegiales a cambio de ver sacrificadas sus expectativas de triunfo en el campeonato. Una enseñanza obtenida, no precisamente sobre las clásicas disciplinas que se imparten en las aulas, sino sobre excelsos valores y virtudes señeras. Una notable victoria del sentido común. Porque el verdadero fracaso no es la derrota, sino el no saber ganar

Siete reglas para ser estudiante de provecho

San Bernardino de Siena, Santo de la Iglesia Católica, escribió en 1427 siete reglas para que los estudiantes de la Universidad de Siena pudieran hacerse hombres de provecho. Hoy, casi seiscientos años después de su propuesta, aquellas siete reglas tienen plena vigencia.

La primera regla es el aprecio. Para estudiar en serio, primero hay que apreciar el estudio. Para formarse como una persona culta, hay que estimar la cultura, y aquí se incluyen los libros, la conversación, el trabajo en grupo, el intercambio de experiencias, pues así se favorece la atención respetuosa hacia el prójimo.

Le segunda regla es la separación, separación del mundanal ruido. Como los atletas de alta competición necesitan alejarse de la vida común para efectuar sus sacrificados entrenamientos, los estudiantes también deben apartarse del barullo y del bullicio. Así se evitan las malas compañías.

La regla tercera es la tranquilidad. Para el aprendizaje y la memoria se requiere tranquilizar y dejar reposar la mente. La mente del estudiante exige el silencio a su alrededor.

La cuarta regla es el orden, el equilibrio, el justo medio. El estudio necesita de un procedimiento, de un método. Mejor es aprender poca ciencia, y aprenderla bien, que mucha y mal.

Quinta regla: la perseverancia. La tenacidad, es imprescindible para un estudiante. La mayor desgracia de un estudiante no es una memoria frágil, sino una voluntad débil.

Sexta regla, la discreción, entendida como humildad. No hay que correr más de lo que te permitan tus piernas. O lo que es lo mismo, no comenzar demasiadas cosas a la vez. Quien mucho abarca poco aprieta.

Séptima y última regla. La delectación, es decir, estudiar con placer. No se puede perseverar en el estudio si no se le saca un poco de gusto. Al comenzar siempre hay algún obstáculo: la pereza que debe superarse, los entretenimientos más agradables que nos atraen, la propia dificultad de la materia, pero al final, vencidas todas estas pruebas, llega el placer por el esfuerzo realizado y por la superación de la materia.