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Educación y ética

Sin un componente ético en su educación, toda persona adolece de un punto flaco. Puede agradar o seducir, resultar simpática u original… pero a la larga será un bribón. La bribonería se manifiesta a través de una mente interesada y pérfida y de un corazón frío e insensible. El resultado es la impostura. O sea, una inmoralidad.

En su novela Llega el tiempo de los impostores, el escritor francés Gilbert Cesbron describió a quienes se aprovechan de los bajos instintos de la gente y van destruyendo poco a poco el sentido moral. Talleyrand definía a la palabra como un don de Dios para “ocultar el propio pensamiento”. Lord Byron llamó a la mentira “verdad enmascarada”. Ibsen en su Pato salvaje defiende la “mentira vital” afirmando que los hombres comunes necesitan la mentira para vivir. Andreev, afirma con dolor en su Mentira que no existe ya la verdad. ¿Podríamos llegar así a la conclusión práctica de que el fraude y el engaño son pruebas de inteligencia y de astucia en todos los ámbitos del obrar humano?

Howard Gardner es un neurocientífico y psicólogo de la Universidad de Harvard, autor de la teoría de las inteligencias múltiples. Un buen día se preguntó por qué personas que parecían ser excelentes al haber triunfado en la política, las finanzas, la ciencia o los negocios hacían el mal perjudicando a sus semejantes. Empezó así una investigación sobre la ética de la inteligencia mediante un proyecto experimental conocido como Goodwook Proyect, en el que entrevistó a más de 1.200 personas. Su conclusión fue que las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. Pueden poseer cierta pericia o técnica pero no alcanzan la excelencia. Para adquirir ésta es preciso comprometerse con objetivos que van más allá de la mera satisfacción del ego personal, del egoísmo y de la avaricia de cada uno. Objetivos que se traducen en servir con cierta abnegación a las necesidades de los demás y que derivan de la asunción de principios éticos sin los cuales, según Gardner, uno puede llegar a ser tremendamente rico o técnicamente eficiente, pero nunca excelente.

La desgracia no está en sufrir o en ser pobre, sino en desviarse de los criterios éticos más elementales sobre el bien y el mal. La desgracia, querido lector, consiste en hacer el mal.