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El clima de la educación.

Los factores que influyen en la formación de la persona son varios: internos, sus propias capacidades, y externos, su entorno social. La vida misma ofrece ejemplos de ilustres pensadores o brillantes científicos con orígenes económicos muy humildes y con mucha perseverancia o inteligencia. También muestra casos de personas que de niños nadaron en la abundancia al tener padres millonarios y jamás lograron terminar una carrera universitaria ni siquiera aprender un oficio que les permitiera ganarse la vida. Continuaron viviendo como unos ricos apáticos y holgazanes.

Además de esos factores, hay otros que son mezcla de ellos: el ambiente familiar, en concreto, las reglas de orden y disciplina, los hábitos de trabajo y de estudio que los padres inculcan a sus hijos. Quienes gozan en su familia de un clima bonancible y acogedor hacia las tareas estudiantiles tienen más probabilidades de rendir con mejores resultados que aquellos que viven en climas inhóspitos e inestables para la instrucción. La organización en los hogares del tiempo y del espacio para el estudio  resulta, a veces, un significativo indicador del éxito o del fracaso escolar del niño, mucho más que sus capacidades, su entorno social o el propio profesorado. El trabajo diario de un estudiante a la misma hora y en el mismo lugar de su casa puede ser decisivo para garantizar unas buenas calificaciones.

En otro lugar, he aludido querido lector, a las Siete reglas que propuso San Bernardino de Siena en 1427 a los estudiantes de aquella Universidad para hacerse hombres de provecho. Recuerdo algunas de ellas: la separación de todos los “mulos” que dan coces, la tranquilidad y el silencio a su alrededor y el orden tanto en las cosas del cuerpo como del espíritu. Casi seis siglos más tarde, prestigiosos estudios e investigaciones al respecto confirman que los horarios, el sueño y el alimento, la llevanza, en suma, de una vida ordenada influyen de manera relevante en los resultados académicos. Según Iván Eguzquiza, psicólogo conductual del Instituto de Investigaciones del Sueño de Madrid, “el sueño es fundamental para la consolidación de la información aprendida durante el día. De hecho, es curioso observar cómo las mismas áreas cerebrales activadas durante el aprendizaje de una tarea lo hacen nuevamente mientras dormimos”. El investigador de la Universidad de Southern Illinois, C.A. Presley, concluye que aquellos que beben y se emborrachan al menos tres veces a la semana tienen seis veces más posibilidades (40.2% contra 6.8%) de suspender un examen que aquellos que sí, beben, pero no se emborrachan.

La función que la responsabilidad desempeña en este ámbito es crucial. La persona de talento debe sacar partido del tiempo. Se puede atender al estudio y a la diversión. Si desde pequeños enseñamos a nuestros hijos a ser responsables en sus obligaciones y derechos no solo estaremos formando buenos estudiantes, sino también auténticos profesionales y mejores personas.

 

Educar para la vida.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, estimado lector, resulta conveniente una precisión. Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo.

El filósofo Spaemann advierte que el discurso sobre los valores es trivial y peligroso a la vez. “Es peligroso por su ambigüedad; es trivial en tanto en cuanto cualquier sociedad comparte determinadas valoraciones. Sin ninguna duda, afirma Spaemann, el Tercer Reich alemán fue una comunidad de valores. Se denominó comunidad popular. Los valores que en aquel entonces se consideraron supremos -nación, raza y salud- se colocaron, por supuesto, por encima del Derecho y del Estado, y lo que es peor, por encima de la persona; y, al igual que en los países marxistas, el Estado no era más que una agencia de valores supremos”.

En lugar de valores, algunos preferimos hablar de virtudes. Como creyentes y sin afán de imposición, entendemos que para una educación integral del hombre resulta beneficioso el cultivo de lo que constituye la dimensión más profunda de la persona, el sentido de lo trascendental, que le abre a un orden de realidad sagrado.

La misión de la escuela

La escuela es un factor de influencia decisiva en la formación de un pueblo. Su auténtica misión consiste en enseñar y en aprender; esto es, proporcionar contenidos necesarios al alumno, exigirle el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.Todo sistema educativo debe estimular la voluntad, la constancia y la disciplina.  Debe recompensar el mérito, valorando el trabajo bien hecho. Ha de fomentar el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos.

La mejor escuela es la que educa y enseña mejor. Y para ello debiera asentarse en una serie de pilares como la solidez académica del profesorado, la íntima compenetración entre los profesores, y de éstos con los alumnos, la autoridad del maestro compatible con la afabilidad en el trato, la calidad en los métodos de aprendizaje y la idoneidad de los contenidos, el acercamiento de la familia a la vida de los centros docentes, la concepción subsidiaria del Estado en la función educadora… El mejor sistema educativo es aquél en el que prima el respeto a los derechos humanos, la defensa de la libertad y responsabilidad personales, la recompensa del esfuerzo como instrumento de progreso y una buena instrucción acorde con la dignidad humana y no vasalla de ideologías.

La escuela ha de ser una continuación del hogar en donde los niños son instruidos en aquello que los padres quieren.

Educación: valor y valores.

Enseñar es algo más que una profesión; es una vocación. El verdadero educador no es un mero trabajador de la enseñanza. Ser maestro es una vocación para compartir el conocimiento, la verdad, con el discípulo. Es preciso ejercer y disfrutar de la vocación de maestro para dar lo que uno tiene, ofreciendo un servicio al otro. Así, la acción de educar se convierte en una aventura apasionante: para unos, enseñar; para otros aprender. Educar es el oficio que permite capacitar a las personas en todo su valor, no solo para ellas, sino también para los demás. Y el verdadero titular de ese oficio es el maestro, artesano de la enseñanza.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, amigo lector, conviene precisar: Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo. Enseñar y aprender estos valores tendría un inmenso valor en la hora presente.