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Educación y libertad

El propósito de la educación no es el de proporcionar posibilidades para alcanzar una ventaja económica sobre los que han sido menos afortunados. La educación significa mucho más que eso. Quienes consiguen educarse, formarse o instruirse deben hacerlo pensando en proporcionar algún día una contribución a sus semejantes, a su comunidad y a su país. Esa es su responsabilidad. Y esa es la razón última de la educación.

Pero la educación por sí misma no es suficiente. Requiere de un espacio de libertad. Porque la libertad proporciona la diversidad, y ésta genera más oportunidades, que permiten el progreso y la justicia. Sí, la diversidad es fuente de progreso. La historia de la Humanidad demuestra que los hombres avanzan a través de la reflexión y el debate, del análisis y la discusión, de las pruebas y los errores. Decía Robert Kennedy que las mejoras ideas no surgen por decreto ni por ideología, sino por investigación y experimentos libres, y quienes discrepan con un  pensamiento crítico son necesarios en el progreso social.

Por eso, no apuestan por el progreso ni la justicia aquellos que pretenden dominar la manera de pensar de una sociedad controlando la educación de sus miembros. Sin duda, quienes así piensan o actúan son fanáticos y enemigos de la libertad, de la libertad del hombre, de la libertad de los padres a decidir la educación de sus hijos, de la libertad de la sociedad a ofrecer una educación alternativa a la del Estado. El fanatismo, según G.K. Chesterton, es  la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. El fanático tiene un solo universo y por ello está entre los más pobres de los hijos de los hombres.

La educación, de la mano de la libertad, crea sociedades abiertas y emprendedoras, siempre adaptables a los cambios, proclives a la innovación y tendentes al crecimiento. Sociedades que nunca se atascan con la cerrazón ideológica ni con el fanatismo dogmático.