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La educación emocional


En escritos anteriores, amigo lector, he dejado dicho que educar comprende tanto la instrucción como la formación humanas necesarias para que un niño se enfrente debidamente preparado ante el ambiente social en que ha de moverse y proporcionarle la madurez precisa para que emprenda con garantía de éxito su trayectoria vital.

Se ha generalizado en ciertos ámbitos formativos e instructivos el término “educación emocional” para referirse a un conjunto de cualidades desarrolladas por el individuo y que le capacitan para afrontar con mejor disposición los avatares de la vida. Disciplina, determinación, esfuerzo, tenacidad, voluntad, autocontrol, autorregulación… constituyen manifestaciones de la educación emocional que siempre deben tenerse muy en cuenta en la enseñanza.

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Porque la educación no es solo cuestión de conocer las reglas matemáticas, lingüísticas o de la física; de aprender ciencia, historia o geografía; es también formar un hombre de mundo y hasta de Estado, si tomamos esta expresión alejada de lo que hoy se entiende en el marco de la teoría política, y sí relacionada con lo que antaño se concebía como persona de grandes conocimientos en el arte de la diplomacia, lo que comprendía erudición en el saber y corrección en el estar.

Hoy como ayer, es necesario proveer a los niños y adolescentes de excelentes materiales que les guíen con acierto para pensar y hablar, que les permitan un alto estímulo y una óptima promoción del espíritu de la indagación. Facilitarles variadas y útiles instrucciones respecto del estilo, elegante sin ostentación, y el modo, austero sin vulgaridad, tanto en el comportamiento como en la conversación. Proporcionarles reglas de buena crianza que indiquen con qué costumbres y maneras han de conducirse en el mundo. Porque solo así lograrán un claro y nítido conocimiento del corazón humano, de los sentimientos humanos, estando en disposición de entender mejor los modales y el porte de los demás.

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Todo este fondo de conocimientos prácticos, de aporte instructivo pero también moral, resultan de gran utilidad para una mejor educación emocional.

Educar para la vida.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, estimado lector, resulta conveniente una precisión. Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo.

El filósofo Spaemann advierte que el discurso sobre los valores es trivial y peligroso a la vez. “Es peligroso por su ambigüedad; es trivial en tanto en cuanto cualquier sociedad comparte determinadas valoraciones. Sin ninguna duda, afirma Spaemann, el Tercer Reich alemán fue una comunidad de valores. Se denominó comunidad popular. Los valores que en aquel entonces se consideraron supremos -nación, raza y salud- se colocaron, por supuesto, por encima del Derecho y del Estado, y lo que es peor, por encima de la persona; y, al igual que en los países marxistas, el Estado no era más que una agencia de valores supremos”.

En lugar de valores, algunos preferimos hablar de virtudes. Como creyentes y sin afán de imposición, entendemos que para una educación integral del hombre resulta beneficioso el cultivo de lo que constituye la dimensión más profunda de la persona, el sentido de lo trascendental, que le abre a un orden de realidad sagrado.

Educación: valor y valores.

Enseñar es algo más que una profesión; es una vocación. El verdadero educador no es un mero trabajador de la enseñanza. Ser maestro es una vocación para compartir el conocimiento, la verdad, con el discípulo. Es preciso ejercer y disfrutar de la vocación de maestro para dar lo que uno tiene, ofreciendo un servicio al otro. Así, la acción de educar se convierte en una aventura apasionante: para unos, enseñar; para otros aprender. Educar es el oficio que permite capacitar a las personas en todo su valor, no solo para ellas, sino también para los demás. Y el verdadero titular de ese oficio es el maestro, artesano de la enseñanza.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, amigo lector, conviene precisar: Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo. Enseñar y aprender estos valores tendría un inmenso valor en la hora presente.