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Educación para innovar

En el post anterior aludíamos a la razón de ser de la educación: formar personas con responsabilidad social, es decir, profesionales expertos, competentes que además sean solidarios al contribuir con su conocimiento y sabiduría al servicio de la comunidad. Tratemos ahora, querido lector, de responder a la pregunta de si nuestro actual sistema educativo estimula suficientemente en los estudiantes su capacidad y su competencia para la innovación creando algo útil o valioso que mejore la vida de los demás.

El sociólogo Manuel Castells explica que en la trayectoria laboral típica de la sociedad postindustrial una persona era preparada para realizar un oficio en el que trabajaría durante el resto de su vida productiva según un horario de 9 a 5. En la nueva economía propiciada por las tecnologías digitales de la información ya no sucede así. El nuevo profesional ha de ser autoprogramable y debe tener la capacidad para reciclarse y adaptarse a nuevas tareas y nuevos procesos.

El actual modelo de enseñanza en el que los estudiantes son meros receptores del conocimiento transmitido por el profesor debiera dar paso a un modelo más depurado y eficaz que promueva en el alumno una actitud más activa y creativa en el proceso de aprendizaje logrando una mayor sintonía con el profesor. Al mismo tiempo, debe dotarse al sistema con las más avanzadas tecnologías del aprendizaje y del conocimiento (TAC). El resultado será la creación de ecosistemas de aprendizaje continuo, abierto y colaborativo. Y en la cúspide del modelo, las Universidades, centros de alta cultura y de alta ciencia, que debieran constituirse en focos intensos de expansión intelectual y de innovación social.

Nuestros futuros profesionales se formarían, entonces, con más y mejores aptitudes para la innovación y el emprendimiento, respondiendo así a los continuos retos exigidos por el acelerado ritmo de los cambios sociales y económicos. Y, además, con ese compromiso social contraído durante las etapas de su educación, por el cual el fin último del profesional no es la mera obtención de un lucro, sino la satisfacción de generar un gran valor social.  Un sistema educativo así es todo un desafío social y político.

 

La educación superior

Las Universidades, como centros de alta cultura, deben afanarse en la investigación científica y en la instrucción humanista.

La formación de excelentes investigadores constituye una riqueza primordial para las naciones, pero también la alta ciencia produce efectos benefactores para el mundo empresarial. Son muchas las empresas que deben su viabilidad a la aplicación de lo que sus físicos, químicos, matemáticos, ingenieros…, y demás profesionales aprendieron en las instituciones de enseñanza superior.

La promoción y difusión de las disciplinas y ramas que constituyen el humanismo resulta asimismo de importancia capital. Los filósofos e intelectuales alumbran las ideas, que transmitidas a la política y concretadas en realizaciones sociales, mueven la Historia.

Ciencia y Humanismo deben colaborar mutuamente en sus avances y hacerlo de manera congruente con la moral. Así, las Universidades, como centros de educación superior, se erigen en un factor de progreso y prosperidad de los pueblos. Es, quizás, la primera y mas grave deficiencia de nuestro tiempo la ausencia de colaboración entre científicos y humanistas.