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La educación emocional


En escritos anteriores, amigo lector, he dejado dicho que educar comprende tanto la instrucción como la formación humanas necesarias para que un niño se enfrente debidamente preparado ante el ambiente social en que ha de moverse y proporcionarle la madurez precisa para que emprenda con garantía de éxito su trayectoria vital.

Se ha generalizado en ciertos ámbitos formativos e instructivos el término “educación emocional” para referirse a un conjunto de cualidades desarrolladas por el individuo y que le capacitan para afrontar con mejor disposición los avatares de la vida. Disciplina, determinación, esfuerzo, tenacidad, voluntad, autocontrol, autorregulación… constituyen manifestaciones de la educación emocional que siempre deben tenerse muy en cuenta en la enseñanza.

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Porque la educación no es solo cuestión de conocer las reglas matemáticas, lingüísticas o de la física; de aprender ciencia, historia o geografía; es también formar un hombre de mundo y hasta de Estado, si tomamos esta expresión alejada de lo que hoy se entiende en el marco de la teoría política, y sí relacionada con lo que antaño se concebía como persona de grandes conocimientos en el arte de la diplomacia, lo que comprendía erudición en el saber y corrección en el estar.

Hoy como ayer, es necesario proveer a los niños y adolescentes de excelentes materiales que les guíen con acierto para pensar y hablar, que les permitan un alto estímulo y una óptima promoción del espíritu de la indagación. Facilitarles variadas y útiles instrucciones respecto del estilo, elegante sin ostentación, y el modo, austero sin vulgaridad, tanto en el comportamiento como en la conversación. Proporcionarles reglas de buena crianza que indiquen con qué costumbres y maneras han de conducirse en el mundo. Porque solo así lograrán un claro y nítido conocimiento del corazón humano, de los sentimientos humanos, estando en disposición de entender mejor los modales y el porte de los demás.

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Todo este fondo de conocimientos prácticos, de aporte instructivo pero también moral, resultan de gran utilidad para una mejor educación emocional.

Recuperar la educación

Nuestro sistema educativo padece anemia de voluntad, constancia, y disciplina.  Por eso, ni vive ni convive, sobrevive. Está casi reducido a escombros. Sin recompensar el mérito, sin premiar el trabajo bien hecho no puede construirse con solidez un sistema educativo. En su libro Escuela para todos. Educación y modernidad en la España del Siglo XX, Antonio Viñao denuncia que la enseñanza en España está montada sobre dos valores: la indolencia y la impunidad. “Si los alumnos trabajan y se esfuerzan, bien; si no lo hacen, también. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo; si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer”.

Creo amigo lector, que se ha perdido el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos. Por ello, en las actuales circunstancias resultan más urgentes los alumnos voluntariosos que los inteligentes apáticos. La educación no marcha bien en España. Presentamos una situación escolar desoladora. Ahí están los informe PISA o de la OCDE para poner en evidencia el mal funcionamiento de nuestra enseñanza media y bachillerato. Los estudiantes tienen dificultades en matemáticas y en lengua; su lectura es precaria y ello acarrea que su escritura también lo sea.

La delicada situación por la que atraviesa nuestro país debiera servir de acicate a los políticos y a la sociedad civil, en suma, a todos los que estamos comprometidos con la educación en España para concertar ese gran pacto nacional tan deseado, a fin de lograr de una vez por todas una  enseñanza con rigor, libre y plural. Decía Salvador de Madariaga en su Ensayo “España” que “el rasgo más típico del español es un individualismo rebelde a la solidaridad. De dos maneras cabe refrenar esa tendencia: Una, por la evolución de los hombres determinada por la enseñanza y la educación; otra, por la evolución de las cosas, determinada por el desarrollo económico”. Dos necesidades que otro español brillante, Joaquín Costa, resumió en estas palabras: “Escuela y Despensa”; Educación y Economía, perentorias para que España elimine el feroz egoísmo y el estéril individualismo de sus habitantes y adquiera la virtud sin la que no hay existencia sana: la solidaridad.

 

La misión de la escuela

La escuela es un factor de influencia decisiva en la formación de un pueblo. Su auténtica misión consiste en enseñar y en aprender; esto es, proporcionar contenidos necesarios al alumno, exigirle el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.Todo sistema educativo debe estimular la voluntad, la constancia y la disciplina.  Debe recompensar el mérito, valorando el trabajo bien hecho. Ha de fomentar el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos.

La mejor escuela es la que educa y enseña mejor. Y para ello debiera asentarse en una serie de pilares como la solidez académica del profesorado, la íntima compenetración entre los profesores, y de éstos con los alumnos, la autoridad del maestro compatible con la afabilidad en el trato, la calidad en los métodos de aprendizaje y la idoneidad de los contenidos, el acercamiento de la familia a la vida de los centros docentes, la concepción subsidiaria del Estado en la función educadora… El mejor sistema educativo es aquél en el que prima el respeto a los derechos humanos, la defensa de la libertad y responsabilidad personales, la recompensa del esfuerzo como instrumento de progreso y una buena instrucción acorde con la dignidad humana y no vasalla de ideologías.

La escuela ha de ser una continuación del hogar en donde los niños son instruidos en aquello que los padres quieren.

La fuerza de la voluntad

Un alumno inteligente llegará lejos. Uno voluntarioso llegará a donde se proponga. Nada se resiste ante una voluntad firme. Todo se doblega ante ella. La inteligencia es un grandioso talento que decrece y hasta desaparece si no se desarrolla ni vigoriza. Incurre en dispersión y acaba siendo algo estéril.

Dos inteligencias de igual alcance obtienen diferentes resultados según sea la voluntad que las dirige. Por ello, la capacidad intelectual depende enormemente de la fuerza de la voluntad; ésta fuerza se asienta en la decisión para emprender, en la resolución para ejecutar y en la perseverancia para llevar a término el camino emprendido. El dominio de la voluntad permite medir la cantidad y la calidad del esfuerzo, alentarlo en circunstancias de escasez y templarlo en momentos de abundancia.

Lo que empujó a Filípides a perseverar en su carrera anunciadora de victoria desde la llanura del Maratón hasta Atenas fue la fuerza de voluntad. Lo que sostuvo despierto a Rodrigo de Triana en lo alto de La Pinta permitiéndole avistar un nuevo Continente fue la fuerza de voluntad. Lo que propició que Henry Stanley culminara a orillas del Lago Tanganica una incansable búsqueda con aquella frase “Doctor Livingstone, me supongo”, fue la fuerza de voluntad. Y lo que facilitó que Amstrong pronunciara su histórica frase sobre la superficie lunar fue la fuerza de voluntad.

No hay educación posible sin la fuerza de la voluntad.