EL ALMA DE EUROPA (La Razón 27 de noviembre de 2014)

El Papa Francisco ha pronunciado un discurso de contenido penetrante y lúcido en el Parlamento Europeo, la cima política del Viejo continente. Es la primera vez que un Papa no europeo habla a Europa sobre Europa. Pero ha lanzado igual mensaje que sus predecesores ante el mismo asunto. No ha arriesgado un pronóstico sino que ha ofrecido un panorama. Y éste no resulta alentador. Europa parece postrada, sin vitalidad y con graves dolencias morales. Sufre un proceso de descomposición. Esta “familia de pueblos” está necesitada de resurrección material y de renacimiento espiritual. Pero aún hay esperanza. Posee condiciones suficientes, su gran tesoro secular, sus raíces cristianas, para rehacerse y recuperar de nuevo su indispensable concurso en un mundo cuyo centro de gravedad ya no es ni será europeo.

El Pontífice ha reivindicado la grandeza de Europa al abanderar, tras los horrores de las posguerras mundiales, la defensa de la dignidad humana y de un sistema de valores compatible con el reconocimiento de una concepción cristiana de la existencia. Aquella levadura a base de la triple tradición griega, romana y judeocristiana ha hecho posible levantar la estructura democrática de una Europa nueva y unida como contrafuerte de civilización ante la barbarie. Y en el centro de ese renovado espacio se situó a la persona como ser sagrado que posee un destino libre y personal. Las pinturas de Rafael en el Vaticano representando a Platón y a Aristóteles en la Escuela de Atenas es, según el Papa, una alegoría de la historia de Europa: un “permanente encuentro entre el cielo y la tierra”. Es la idea cristiana liberadora de que el hombre tiene un lazo de unión con el Creador soberano que lo ha hecho a su imagen y semejanza.

El Papa Francisco nos advierte de los peligros de reducir el patrimonio del hombre a solo lo terreno. Y lo terreno visto, además, a la luz de la sola razón individual. El resultado es, de nuevo, fatal: el individuo como simple número expuesto a ser sacrificado como algo inútil por la comunidad. Es el olvido de Dios. Ante la zozobra que corroe al Continente europeo, las palabras del Santo Padre han sido como un aldabonazo en las conciencias de aquellos que prefieren ignorar que el hilo central de lo europeo es precisamente el cristianismo. Y que el alma de Europa es su concepto de vida y de sociedad: Dignidad y trascendencia.

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