LA ENERGÍA DE LA CONCORDIA (La Razón 13 de Septiembre de 2005)

Nada hay que desgaste más a un régimen político que rebuscar los defectos del anterior. Los políticos de la Transición no cayeron en semejante error. Sellaron la reconciliación de los españoles, redactaron una Constitución de consenso, pero del verdadero, y se dispusieron a escribir una página más de la historia de España con esforzado esmero sin emborronar una sola palabra. Surgen aprendices de escribano empeñados en garabatear y hasta rasgar los folios que certifican la concordia entre los españoles. Son como francotiradores apostados en las trincheras del rencor que se afanan por reescribir nuestra historia, la de todos, con sus defectos y sus cualidades, sustituyéndola por una narración parcial con sabor a “vendetta” nacional. El éxito de la Transición fue el consenso de todos. Todos transigían en su pretensión, hacían concesiones desde su posición y cedían en sus argumentos. Hoy aquélla fórmula ha sido suplantada por un consenso de cosmética. Se transige, se concede y se cede siempre a favor de los mismos, una minoría, y lo más grave es que no se atiende la voz de quienes representan a una parte considerable de la sociedad española. Y no se puede gobernar de espaldas a ellos ni contra ellos. Un presidente de gobierno ha de serlo de todos los ciudadanos. Distinto es que sus decisiones contenten a todos. Pero ocurre que las medidas adoptadas en los últimos meses incomodan y desagradan siempre a los mismos.

Avivar rescoldos que muchos creíamos ya apagados enturbia la paz social, perturba a la ciudadanía nacional y, por supuesto, no es ejemplo de buen talante. Azuzar los fantasmas del guerracivilismo, reeditar el lenguaje de los buenos y los malos, dispensar protagonismo a personajes que la historia ha convertido en estatuas o atribuirse el monopolio de la custodia de los derechos y libertades atenta contra el bien común de la sociedad española. Una política con tales ingredientes empuja a una nación ¿otra vez? al precipicio. Un gobernante no puede, no debe imitar el descenso que en el pasado otros protagonizaron, peldaño a peldaño, por las escaleras del antagonismo y la discordia. Se burlaría de los españoles que en 1978 apostaron mayoritaria y decididamente por la reconciliación, así como de las jóvenes generaciones que hoy crecen a su amparo.

Además, todo movimiento fundado en reflejos puramente “anti” resulta estéril, condena a la convulsión social y distrae energías necesarias para la ardua gobernación. Al final, ésta degenera en un cúmulo de decisiones mediocres fabricadas en serie desde las factorías de la inoperancia y de la necedad. La política como gestión del poder exige de una sabia mezcla de capacidad y voluntad si lo que se quiere es contribuir a la felicidad de los ciudadanos. Alguno pretende hacer felices a los españoles parapetado tras una bonhomía sonriente y una palabrería de diseño. Pero semejantes pertrechos resultan inútiles cuando se trata de afrontar catástrofes naturales como la quema de bosques, combatir epidemias sanitarias por intoxicación alimentaria o, incluso, facilitar el éxodo vacacional por carretera de miles de personas. Quien está obsesionado con cambiar la historia no dispone de tiempo para aclarar por qué mueren españoles en Guadalajara, Roquetas o en las lejanas tierras de Afganistán. El drama de una sociedad es ser dirigida por políticos que, camuflados tras una inventada sonrisa y un trasnochado talante, se sienten cautivos de su pasado y desarmados de ideas.

¿Qué sería de media Europa si se desempolvaran los enfrentamientos de la II guerra mundial o de la guerra fría?. ¿Sería beneficioso para Italia iniciar ahora el acoso a los neofascistas o para Polonia hostigar a los ex-comunistas?. Como expresaba aquél reclamo publicitario, España es diferente. Aquí se empieza por maquillar como luchadores por la libertad a los de un bando de la guerra civil, se reabren zanjas para desenterrar a los muertos de ese mismo bando y, ojala, no se termine señalando con el dedo acusador ¿a quién?. La paradoja es que los mismos que alientan la revisión sectaria de nuestro pasado más trágico, se sienten aguijoneados porque se hurgue en la herida del 11-M. Con filantropía de escaparate aconsejan que se deje en paz a las víctimas, que se serene esa propensión revisionista de los atentados con demasiado apego a la teoría de la conspiración, y que se mire de una vez hacia el futuro.

No, no es bueno remover de manera antojadiza la historia. Es un error descolocar el puzzle de nuestro pasado y menos aún sustituir las piezas por otras marcadas, porque la inexactitud provoca que no encajen. Desechemos las versiones maniqueas de la guerra civil. Admitamos que unos y otros cometieron actos deleznables pero también que en ambos bandos hubo gentes con buena fe. Apostemos por la concordia y si alguien siente nostalgia que repase la historia y hasta la literatura: “…Dos bandos. Aquí hay ya dos bandos. Mi familia y la tuya. Salid todos de aquí. Limpiarse el polvo de los zapatos. Vamos a ayudar a mi hijo…Porque tiene gente… ¡Fuera de aquí! Por todos los caminos. Ha llegado otra vez la hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío. ¡Atrás ! ¡Atrás !” (Federico García Lorca, Bodas de Sangre, acto II).

Hace unos meses, con motivo de la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, el Presidente del Gobierno habló de exigencias y de esperanzas; de que todos debemos comprometernos con la defensa de nuestro planeta y de su medio ambiente, del que se está abusando. Dijo que el mundo no pertenece a las generaciones vivas, las cuales tienen la responsabilidad de asegurar a las generaciones venideras un futuro con las mismas o mejores condiciones de vida que las nuestras, en todos los rincones del planeta, cuyo destino comparte todo el género humano, sin distinción de fronteras, de razas, creencias o ideologías. Palabras del presidente a favor del planeta Tierra. Bien pudiera aplicarlas a nuestra entrañable tierra española. De exigencias y esperanzas también hablaba Gregorio Marañón en su obra Españoles fuera de España, cuando escribió “pienso en los raudales de energía derrochados por los españoles en contiendas que son artificios por ellos mismos creados, y que con la mitad de esa energía aplicada al bien común, se hubiera podido hacer de España, la Nación más prospera del continente”.

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