LA FECUNDIDAD DE LO EFÍMERO (Expansión 2 de Octubre de 2014)

Comparada con el sinfín de años que arrastra la Humanidad, la vida de cada ser  humano se revela inmensamente breve, excesivamente frágil, fácilmente destructible. Aún así, hay trayectorias vitales que, desafiando su naturaleza efímera, estampan una huella que permanece indeleble al finalizar su recorrido. La ciencia, la cultura, pero también la economía o la política, son campos en donde las nobles manifestaciones humanas, ya sean materiales o espirituales, labran su surco perdurable y sobreviven a sus creadores. Esa perenne creación resulta mejor propiciada cuando concurren cualidades innatas al autor junto con favorables condiciones del entorno. Si el talento individual, por ejemplo, se ejercita en una atmósfera de libertad el fruto obtenido es aún de gran dimensión alcanzando el beneficio a un mayor número de recolectores.

Decía J.M. Keynes que la economía necesita de un motor que funcione. En los sistemas de libre mercado ese motor fue la iniciativa particular que ha generado mayores cotas de progreso y promoción social frente a los modelos estatalistas o planificados, más proclives a reducir lo económico a escombros. Por ello, la ciencia empresarial moderna considera como factores determinantes para el emprendimiento y la innovación los escenarios libres exentos de directrices y la pujanza creativa e intrépida de los actores intervinientes. Y en esta nueva concepción esos actores ya no se organizan ni actúan con vistas únicamente a una mayor producción con el máximo descenso de costes y a una mejor expansión del consumo bajo el objetivo de obtener grandes beneficios. La hora actual resulta favorable para proponer un espíritu de mayor colaboración por parte de la empresa que la convierta en un magnífico campo en el que conjugar el principio de la libertad individual con las exigencias del bien común y las concepciones sociales de nuestro tiempo. La responsabilidad social corporativa o la emergente economía colaborativa son ejemplo de este nuevo espíritu. Porque económicamente hoy un individualismo excesivo no solo resulta incompatible con el altruismo, sino que además es corto de vista y poco ético.

Recientemente el empresariado español ha perdido a dos de sus máximos exponentes para entender el imparable proceso de modernización e internacionalización de nuestra economía en los últimos treinta años. Comerciantes pioneros, revolucionarios y estrategas, uno en el sector de la banca, otro en el de la distribución, con mucho en común. Curiosamente, su pertenencia a la misma generación. Esencialmente, su vocación y su talento empresariales, su esfuerzo y dedicación inagotables y, sobre todo, el efecto multiplicador de su gestión: lo que recibieron, lo multiplicaron. Comprometidos con el interés general de su nación y el bienestar y progreso de sus conciudadanos crearon riqueza y generaron empleo. Quizás no fueran eruditos en la suprema ciencia económica, pero sí fueron expertos en afrontar las siempre arriesgadas turbulencias de los cambios con coraje y lucidez y actuaron como profundos conocedores de las preferencias del cliente. Ya lo dijo Von Mises: “Quien establece lo que debe producirse no son los empresarios, ni los agricultores, ni los capitalistas, sino los consumidores”. Emilio Botín e Isidoro Alvarez siempre prestos a ayudar elevándose sobre los intereses de partido cuando estuvieron en juego cuestiones de Estado, perseverantes en el apoyo y la promoción de la educación, la ciencia, la cultura o el deporte. Desde su discreción y una sobriedad cuasi monacal valoraban más la sociedad que el poder. Las empresas que dirigieron, Banco de Santander y El Corte Inglés, son hoy señas de identidad nacional que dan brillo a nuestra Marca España.

El reconocimiento patrio a su meritoria trayectoria es generalizado. Pero ha sido inevitable cierta inclinación tendenciosa al reproche y al afeamiento propia de una mentalidad jacobina y decimonónica que sigue anclada en la imagen de empresarios implacables como señores gruesos en un salón de selecto club privado con atmósfera de habanos, y mientras, masas explotadas y fatigadas que salen de grandes y feas fábricas bajo el humo sucio de las chimeneas. Lamentablemente algunos aún andan obcecados en confundir el beneficio con el saqueo pregonando que todo el bien está en el intervencionismo público y todo el mal en la iniciativa privada, responsabilizando a ésta de la crisis económica e, incluso, de las nuevas epidemias y del recalentamiento de la atmósfera.

Las promociones de estudiantes que hoy aprenden en nuestras Universidades a cómo ser  audaces emprendedores y empresarios innovadores, y no simples hombres de negocios, deben fijarse en un modo excepcional de ser y de hacer encarnado en personas como Emilio Botín e Isidoro Alvarez, pero también en miles y miles de comerciantes desconocidos y anónimos que con su libre iniciativa día a día logran sacar adelante en España sus proyectos empresariales con propósito de permanencia y con ambición de prosperidad colectiva. Porque ciertamente, nuestras vidas son muy cortas y sería una ruina malograr su imperecedera fecundidad por egoísmo o cualquier otro comportamiento disolvente.

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