UNA DERECHA SIN COMPLEJOS (ABC 30 de Julio de 2015)

¿Por qué un partido político, cuyos gobiernos logran por dos veces sanear las cuentas públicas y disminuir la tasa de desempleo estimulando la economía y generando riqueza, es objeto de un “cordón sanitario”? ¿Por qué un partido político que obtiene dos mayorías absolutas en poco más de una década es tachado de apestado y radical, sus líderes son tildados de enemigos de la democracia y sus afiliados y votantes son despreciados como ciudadanos de menor cuantía o peor derecho que los simpatizantes de la izquierda? La respuesta no se halla en los predios de la política sino en los de la cultura, en donde la derecha está ausente. Desde la cátedra universitaria, las editoriales del libro, la producción cinematográfica, los laboratorios de investigación, los micrófonos audiovisuales, la columna periodística o cualquier otra atalaya de debate cultural se pregona con insistencia dogmática que ser de derechas es un anatema o que la inteligencia es exclusiva del progresismo.

En 1933 en un semanario socialista de Palma de Mallorca, titulado “El Obrero Balear” se leía la noticia del acuerdo adoptado por el pleno del Comité provincial de la UGT de “celebrar un paro general indefinido en todos los gremios y oficios de Palma, si viene a ésta en campaña, el diputado agrario Gil Robles, por considerar funesta para el pueblo, en general, y para la clase trabajadora, en particular, la actuación y propaganda del diputado de referencia. El paro empezará el día de su llegada a esta isla, terminando cuando se marche”. El cordón sanitario contra la derecha viene de lejos. A la izquierda le ha resultado en ocasiones difícil adaptarse al hábitat de la democracia, debido a esa genética e irrefrenable inclinación a emplear procedimientos más expeditivos que democráticos haciendo de la agitación social su arma. Sus dirigentes solían oponerse a limitaciones de la libertad hasta que accedían al poder. “O nosotros en el poder o el desorden en la calle”, ha sido con frecuencia su consigna. Luego, una vez alcanzado el poder, la libertad duraba lo que las rosas: una mañana. La incoherencia y el sectarismo eran a menudo su especialidad y también su perdición.

El patrimonio ideológico del Partido Popular consiste en la defensa de unos valores de ambición nacional y para la conveniencia pública y de todos, que son tributarios de los principios programáticos sustentadores de la derecha democrática española del último siglo. Maura, Gil Robles, Fraga han sido políticos cuyo pensamiento regeneracionista y reformista ha conformado el ideal conservador adecuándolo a las diferentes coyunturas de la reciente historia de España. Con la promoción de esos valores, el PP ha alcanzado dos mayorías absolutas (en 2000 y 2011), logro este que se le resiste al PSOE desde 1986, y sus Gobiernos han solventado situaciones de crisis económica, logrando, además, provechos históricos y decisivos para España como ingresar en la Europa del euro o evitar una intervención de nuestra economía por las instituciones comunitarias.

Como una derecha de ideas es más sólida que una de intereses, harían bien los dirigentes populares en abandonar esa posición acomplejada que les debilita e inhabilita para actuar con hegemonía en el debate ideológico, librarse de actitudes timoratas ante cordones sanitarios y decidirse, de una vez por todas, a combatir intelectualmente ese discurso cultural dominante que les presenta como una formación rancia y reaccionaria. Una falacia construida por una izquierda que se cree ungida de legitimidad democrática para detentar el monopolio en la expedición de certificados: o estás conmigo y eres un demócrata, o estás contra mí y eres un fascista. Otra farsa que acarrea ese discurso a desmontar es la ocurrencia tan extendida de que si bien los populares suelen ser competentes en economía, sin embargo, no son aptos en la defensa del Estado del bienestar. La mejor política social es la que espolea la economía, fortalece el tejido empresarial y crea empleo, contribuyendo a paliar la penuria, acrecer el bienestar y promover la prosperidad, y permitiendo el avance de amplias capas de la sociedad. Y ahí, el PP ha batido por goleada al PSOE. Por ello, sus Gobiernos deben perseverar en una acción política, jamás disociada de la ética, que acierte a combinar un firme y constante progreso social con la férrea defensa del orden constitucional y de las libertades cívicas haciendo posible una democracia de ciudadanos más que de partidos. Esta ha de ser la ruta favorable no sólo para España, sino también para Europa. Pero, hoy el mayor y más apremiante reto al que se enfrenta el PP estriba en ganar el debate de las ideas mostrándose a los ciudadanos como lo que realmente es: una derecha demócrata, constitucionalista y sin complejos.

 

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